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jueves, 25 de julio de 2013

Capítulo sexto Otoño en la piel, primavera en la sangre






Los Ángeles
USA

Capítulo
6




 -Guy, te llaman al teléfono, creo que es otra periodista, de esas que te hacen entrevistas a solas.
 -Basta, por favor Luz María, ya está bien con tus celos, me estás cansando.
Vivían en uno de los barrios más elitistas de Los Ángeles, y la casa en que habitaban, de un diseño ultramoderno, era casi todo acero y cristal, lo que le daba un aspecto duro a la vez que frágil. El arquitecto que la construyó era joven pero había sabido captar la esencia del minimalismo, por eso, Guy, se enamoró en cuanto la vio, la decoración también entraba dentro de los cánones del menos es más, estaba decorada en un blanco austero, casi sin detalles, con lo que las estancias eran amplias y diáfanas, sobre todo tenia luz natural todo el día y eso le encantaba. Aunque ya llevaban más de dos años en ella, más parecía una casa de soltero que la de un matrimonio, apenas tenía detalles, los únicos toques femeninos que se le podían notar, era algún que otro centro de flores frescas y algunas plantas, pero que era el jardinero el que se encargaba de mantener.
Fue hasta el teléfono con cara de pocos amigos, contestó la llamada y dejó a su mujer a propósito con la intriga, se negaba a darle explicaciones, ya se encargaría ella de averiguar de qué iba aquella llamada y quizás antes de lo que esperaba.
La verdad es que no era periodista, sino abogada, los celos enfermizos de su mujer le habían llevado a tomar una decisión drástica... pediría el divorcio.
Había querido mucho a su esposa pero los celos crecían de manera exponencial a su popularidad, a más fans más celos pero triplicados y aquello había llegado al limite, al fin y al cabo ni siquiera tenían hijos. Ella no quiso por temor a perder la figura y con ello el cariño suyo, lo que le llevó a no pensar nada más que en sí misma,  en su aspecto  físico. Gimnasio, cirujano plástico y esteticistas, eran sus únicos “amigos” y al final, era todo menos la mujer que había conocido hacía casi cinco años. Estaban cada vez más distanciados, no por el tamaño de la casa, que tenía construidos más de ochocientos metros cuadrados, el problema era que ella se pasaba el día en el gimnasio que se había hecho construir, y el resto del tiempo en la piscina, casi siempre rodeada de “amigas” que le contaban chismes para de ese modo, avivarle los celos enfermizos, era como una obsesión, cuanto más daño le hacía lo que le contaban, más necesitaba que le dijeran y como consecuencia más descuidaba a su marido, era un circulo vicioso y él ya estaba cansado.
Después de tanto tiempo, pensaba que tenía superado el pasado, el desencanto, al que le había llevado las constantes salidas de tono de su mujer, le había hecho volver a pensar en su “española”.
¿Qué habría sido de ella?  Nunca volvieron a tener contacto, ella no le llamó al igual que él cumplió la promesa de dejarla ir, ni tan solo fue para enviarle una nota, aunque Beatriz le dijo muchas veces que le daría la dirección en Barcelona, nunca llegó a pedírsela, tuvo que hacer un gran esfuerzo de voluntad pero lo logró y ahora de pronto el recuerdo de aquellos días se hacía otra vez presente en su memoria, sin proponérselo cada vez que estaba a solas, creía notar su presencia, le costaba cada vez más concentrarse en los guiones y su esposa cada día que pasaba se le hacía más insoportable, por eso tenía aquella cita con una abogada especialista en divorcios, porque el suyo no sería fácil.
Cuando terminase su próxima película tenía previsto tomarse unos meses de vacaciones y quizás se atrevería a visitar España, saber, si aquello que le dijo alguna vez era verdad y la costa del Mediterráneo era el mejor lugar del mundo para vivir, sin saber cómo, había llegado a sus manos el disco que ella le había recomendado y cuando escuchó por primera vez la canción de Serrat, dedicada a su mar Mediterráneo, no pudo dejar de sonreír acordándose de las palabras que ella le había dicho, pensó que sería bueno conocerlo.
 -Buenas tardes, tengo una cita con la abogada, la señorita Allison Cole, gracias.
En ese instante salía la abogada del despacho, con lo que denotó que le estaba esperando.
 -Hola, como estas, pasa, pasa, creo que no tengo buenas noticias- Le dijo la abogada nada más entrar en su gabinete. -Cuando te casaste creíste que seria para toda la vida y no tuviste la idea de hablar conmigo o con algún otro abogado, te habrías ahorrado como mínimo muchos quebraderos de cabeza.
 -¿Que quieres decir con eso?
 -Sencillamente que no tuviste la precaución de firmar una separación de bienes y ahora será más difícil el litigio, pero no te preocupes encontraremos una solución, si te apetece podemos salir a cenar esta noche y concretamos los detalles- se ofreció ella muy sensualmente y algo más cariñosa de lo aceptable en una letrada.
 -Perdona, pero no quiero que te confundas, estoy preparando un divorcio, lo que menos me interesa en este momento es cualquier tipo de relación, por favor, entiéndeme, tú eres muy guapa y estoy seguro que acompañantes a cenar no te faltan, ahora mismo no soy la mejor compañía, te lo aseguro- atajó antes de llegar a más.

El divorcio fue bastante sonado, la maquilladora sin haber dado un palo al agua pretendía llevarse la fortuna, que con tanto esfuerzo le había costado ganar.
Por suerte no había hijos y se pudo resolver aunque con arduas negociaciones por parte de los abogados, y un coste tanto material como emocional considerable.
 Aquel divorcio en realidad, y aunque no lo quisiera demostrar de cara a las fans, le había vuelto a dejar muy tocado.
Cuando acabó todo, Allison le confesó que le hubiera gustado que “intimaran” un poco más.
 -Pero bueno, no pudo ser, de verdad eres un gran hombre, echaré de menos nuestros momentos juntos, aunque solo hayan sido profesionales.
 -Gracias por entenderlo, comprende que este no es el momento, a lo mejor más adelante, nunca se sabe- contestó evasivo, como para quedar bien o quitarse de encima aquella mujer, que aunque era muy bella y sensual, no podía en ese momento sentir nada por ella.