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lunes, 29 de julio de 2013

quinto capítulo "Otoño en la piel, primavera en la sangre"


BARCELONA
Capítulo
5



 -Tenemos que hablar- Solté, así sin pensarlo demasiado, porque si no, el valor me abandonaría antes de empezar.
Estaba completamente decidida a no dejar pasar más tiempo y que el daño fuese mayor, nunca me propuse para nada que las consecuencias de mis errores las pagaran otros y mi queridísima prima cada vez que me veía me recordaba mis culpas, por lo tanto no estaba dispuesta a que me siguiera chantajeando emocionalmente.
Ricard hacía días que estaba con la mosca detrás de la oreja, por lo tanto no le cayó de sorpresa mi invitación al dialogo.
 -Dime, que es eso tan importante que tienes que decirme, aunque te advierto que si no me va a gustar, mejor no me lo digas.
 -Verás, es algo que tienes que saber para poder tomar una decisión sobre nuestro futuro.
 -Tengo muy claro nuestro futuro- contestó un poco incómodo- sabes que mi futuro está ligado al tuyo, mi idea de nosotros es estar toda la vida juntos.
Aquellas palabras me desmontaron, hicieron de mí una madeja de nervios o peor aún, me sentía una persona despreciable.
 -Escúchame y no digas nada hasta que acabe, por favor no me lo pongas más difícil, sé que te voy a hacer daño con lo que te voy a decir pero es necesario, no puedo seguir callando y fingir que no pasa nada.
 -Sé lo que me vas a decir y no te negaré que me duele, pero sabes que yo te quiero y estoy dispuesto a reconocer a ese niño como mío, no te preocupes, tu reputación quedará intacta- habló como de corrido, como sin querer dar tregua a sus palabras y que pudiesen traicionarlo y decir otra cosa que a mí quizás me hubiese gustado más, porque de esta manera me sentía mucho peor.
 -¿Cómo sabías lo que tenía que decirte?
 -¡Vamos, Txell! Que no nos conocemos de ayer, desde que volviste no has vuelto a ser la misma y sabes que yo he puesto medios para que no te quedaras embarazada.
 -Entonces ¿lo has sabido desde un principio? O peor ¡te lo ha dicho Laia!. Ha tenido que ser ella, sabía yo, que no era capaz de dejar su boquita cerrada, pero me va a oír cuando la vea, esto no se queda así.
 -Tranquila, estuve averiguando y le sonsaqué, aunque no diga nada, tonto, tampoco soy.
 -Pues tú mismo, tienes todo el derecho a decidir que hacer con nuestro matrimonio si no quieres seguir conmigo lo entenderé- contesté alzando la voz algo más de lo debido.
 -No te diré que esto vaya a ser fácil, pero si tú estas dispuesta, por mí no hay problema, asumiré la paternidad y nadie tiene por qué saber nada, eso sí, te pido por favor que me des tiempo para asimilarlo, una cosa es tener dudas y otra distinta es que sea cierto, pero tranquila lo superaremos poniendo los dos de nuestra parte y no por gritar más me harás cambiar de opinión, eso sí, si lo que quieres es dejarme eres tu quien ha de decidir, yo no puedo obligarte a que me quieras.
-Sabes que no puedo tomar una decisión yo sola, pero también entendería que me quisieras abandonar, sé que lo que hice no estuvo bien, casi te agradeceré que me dejes, no me sentiré tan infame, ya veré como seguir con mi vida, lo que me pase solamente será culpa mía.
Se quedó callado y dejó que cayera sobre mí el peso de nuestro futuro.
En ese momento me di cuenta que yo sola no sería capaz de afrontar el reto de una separación, aquello mataría a mis padres y tampoco era justo, Ricard me estaba tendiendo una mano y yo sabía que el precio sería alto, pero intentaría sobrellevarlo de la manera menos dolosa para los dos, me propuse que nuestra relación como mínimo fuese lo más cordial posible y que mi “matrimonio” fuese de lo más convencional y viable.

Pasaron los meses y la cosa se hizo evidente, como había perdido tanto peso, al principio no se noto que el embarazo estaba más adelantado de lo que parecía por lo tanto el niño nació supuestamente sietemesino, pero robusto y fuerte. Como la criatura no fue demasiado grande, aunque no tuvo que ir a la incubadora, nadie sospechó nada o por lo menos nadie dijo nada, la única que hizo un comentario fuera de tono, como no, fue mi amada prima, la cual empezaba a cansarme con sus insinuaciones.
 -Prima, el niño es clavadito a su papá ¿no crees?- manifestó irónica.
 -Laia por favor, ¿no entiendes que este no es el mejor momento para tus comentarios?
 -No te enfades solo estoy constatando un hecho, pero bueno los recién nacidos cambian mucho, tranquila igual no se nota demasiado, al fin y al cabo el “supuesto” padre tampoco es que sea moreno- me iba susurrando al oído de forma maléfica.
Sonreí como si me hubiese dicho algo bonito y como pude intenté ignorarla, aunque me sentía hasta mareada con su mala fe, era capaz de divulgarlo a los cuatro vientos y me resultaría difícil negar la evidencia máxime cuando ella había sido testigo de mi desliz.
Con el paso del tiempo logramos llevar un matrimonio aparentemente normal, aunque solo de puertas afuera, no es que Ricard se portara mal con el niño o conmigo pero desde luego las cosas distaban mucho de ser perfectas como queríamos hacer creer.
Por otro lado tenía sobre mi cabeza una espada de Damocles amenazante, aunque en este caso Damocles tenía nombre de mujer y se llamaba Laia, la cual no dejaba pasar ninguna oportunidad de amargarme la existencia y recordarme que si no hubiese sido por ella, yo jamás habría conocido a Guy y en este momento no tendría un hijito tan lindo o como me decía ella “el padre putativo no era tan guapo como el padre biológico”.
Ricard decía que no, que aquello era cosa del pasado y estaba totalmente olvidado, pero yo me daba cuenta que por mucho que intentara disimular cada vez que miraba al niño estaba buscando rastros de cómo sería el padre e  imaginaba, que mi prima tenía mucho que ver en que él, no olvidase mi desliz.
Procurábamos no tocar el tema, se había convertido en un tema tabú, así que cuando por algún accidente salía a colación, se ponía pálido y de muy mal humor, así que yo intentaba evitarlo a toda costa, también procuraba no hablar nunca de Nueva York bajo ninguna circunstancia.
Al principio de nuestra vida matrimonial la relación de pareja era como la de cualquier otro matrimonio de nuestro tiempo, hacíamos vida conyugal y convivíamos como si nada hubiese pasado, nuestras relaciones eran de lo más normal en todos los sentidos, aunque la verdad a mí me costaba cuando estábamos juntos no comparar y por desgracia mi marido siempre salía perdiendo. Cuando éramos novios no me di cuenta, por mi inexperiencia y el hecho, de no haber tenido relaciones con él anteriormente, no supe valorar lo que se me venía encima, fue  una vez casados cuando comprendí que no era lo que yo esperaba en un marido, no es que no fuese bueno, es que no sabía darme lo que yo necesitaba, él es un hombre de pocas demostraciones afectivas y a mí me gusta o mejor dicho, necesito que me demuestren que me quieren y no necesariamente con palabras, un gesto, una mirada, una caricia de soslayo... me complacen mucho más que una joya y mi marido, todo lo arregla con un regalo, caro, pero sin pasión.
Para él, hacer el amor era como cumplir un trámite, un desahogo para el cuerpo, pero no ponía demasiado énfasis en complacerme, a lo mejor es que desde un primer momento no supe como llegar hasta su interior, el caso es que las relaciones eran cada vez más esporádicas y no demasiado satisfactorias, “habiendo probado el néctar, ¡que difícil conformarme con tan poco!”


A medida que transcurrían los meses se hacía más evidente que de aquel árbol no pudo haber salido aquel vástago, no había que ser experto en genética para darse cuenta que ni los rasgos ni la complexión del niño tenían nada que ver con el “padre”, el niño crecía alto y fuerte, tenía el pelo color del trigo maduro y los ojos clavaditos a su autentico padre, verdes y de lo más expresivos, aunque si alguien aparte de mi prima lo notó, se guardó muy bien de decirlo, mi marido no era demasiado alto y aunque tenía una buena complexión, nada que ver con “el otro”, y por otra parte, mi fiel Laia, se presentaba allí cada dos por tres para que yo no pudiera cometer ningún otro desliz, me amenazaba, cada vez que tenía  ocasión, con divulgar los errores de mi pasado, al vivir en una sociedad tan encorsetada, cualquier escándalo seria muy perjudicial, así que me tenía en sus garras y yo tragaba sapos y culebras, cada vez que la veía aparecer por la pequeña librería que teníamos, con la excusa de buscar alguna novedad literaria.
 -¿Por qué te molestas prima?, Sabes que si me haces una llamada te puedo enviar lo que me pidas- argumentaba yo cada vez que asomaba su nariz  por allí, quizá con mayor ironía de la necesaria.
 -No sufras, no es ninguna molestia, además vengo a traer noticias frescas, os traigo la invitación a mi boda, supongo que no me fallareis- sonrió con malicia, sabia que odiaba las reuniones familiares y no estaba muy segura que no me tuviese preparada alguna encerrona.
 -Descuida no faltaremos, estamos seguros que será un día muy especial y ahora si me disculpas, tengo mucho trabajo- conseguí balbucear porque la verdad era que me ponía cada vez más nerviosa cuando la veía, se me llevaban los demonios cuando veía pintada en su cara aquella sonrisa tan cínica y mordaz.
 -No he acabado prima, tengo otro notición que estoy segura que te va a encantar cuando te lo cuente.
 -Pues suéltalo ya, te he dicho que tengo trabajo, estamos preparando la presentación de un libro y se me agota la paciencia- gruñí
 -Haya paz, Laia ¿qué es eso tan importante que nos tienes que decir?- preguntó mi madre que pasaba por allí y se quedó escuchando y vigilando, puesto que sabía que nuestra relación otrora de hermanas se había deteriorado desde que volvimos de aquel viaje, aunque ninguna nunca quiso dar explicación alguna.
 -Lo suelto ¿vale? Pues no es otra cosa que me voy a vivir a Francia, ya sabéis que Jean Claude siempre quiso volver a su país de origen y le ha salido una muy buena oportunidad que no piensa rechazar, así que en cuanto nos casemos nos mudamos de país, no me digas primita que no te pone contenta el notición.
La verdad es que por un momento me temí lo peor, pero parecía ser que se había cansado de martirizarme, por lo menos de momento y sí, en aquel instante pensé que era lo mejor.
A pesar de todo nuestra vida transcurría de forma monótona y la verdad bastante aburrida, los dos nos volcamos en nuestros respectivos trabajos y dejamos pasar el devenir del tiempo.
Yo tenía mis libros y me sentía bastante realizada, me encargaba de preparar los eventos y presentaciones y aunque era una librería modesta tenía mucha solera e historia, la había fundado mi abuelo y no queríamos que desapareciera, al ser un negocio familiar y al haber fallecido mi padre unos meses atrás, me toco hacerme cargo de la parte administrativa y publicitaria de la pequeña empresa, por eso teníamos que trabajar el doble, con la competencia que llegaba de parte de las grandes cadenas y aunque nunca tendrían la esencia que desprendía la nuestra. Quizás por eso a los escritores les gustaba presentar sus trabajos con nosotros y los compromisos no faltaban, gracias a dios.
Ricard también se volcó en su profesión y cada vez estaba más horas fuera de casa, él era técnico informático y podían llamarlo a cualquier hora y en cualquier momento para reparar algún programa o cosas por el estilo, la verdad es que a mí no me molestaban demasiado sus ausencias, ni prestaba demasiada atención a sus salidas a deshora, tampoco es que me preocupase en exceso por estar al tanto de su trabajo, sencillamente no me engañaba con excusas y yo no le molestaba con preguntas incomodas.
Con esta falta de alicientes y dejando mucho de mí por el camino, fueron pasando los mejores años de mi vida sin saborear lo que pudo haber sido y de lo que me arrepentí en alguna ocasión, por ser tan conservadora y no ser capaz de dejarlo todo por un hombre, que posiblemente tampoco me hubiese hecho feliz, pero que ya nunca podría averiguar.
Una mañana empecé a sentirme mal, tenía mareos y un peso en el estomago que no me dejaba retener la comida, en un primer momento pensé que tenía una gastroenteritis no quería ni pensar en estar esperando de nuevo, si ni siquiera dábamos oportunidades a la naturaleza para que siguiera su curso, nuestras relaciones eran tan esporádicas que jamás imagine que pudiera pasar, sencillamente yo le dejaba hacer cuando él lo pedía y no era precisamente muy a menudo, supongo que lo hacía por aquello de que no alcanzara a argumentar que no existían relaciones entre nosotros, con lo cual yo me desahogaba a solas en la intimidad de mis noches, tan solitarias pero tan llenas de recuerdos, que por mucho tiempo que pasara cada vez que tenía necesidad de amor, el solo hecho de evocar las noches que pasamos a solas, era suficiente para que mi cuerpo se estremeciera de un placer morboso y acababa amándome a mí misma, pero con la presencia inmaterial de mi gran amor de juventud.
Mi malestar no fue tan pasajero, es más, creo que fue bastante premeditado, él quería convencerse de que era fértil y así dejar un delfín, con lo que se sintiera mas hombre, sus conquistas no le servían a tal propósito, así que en uno de nuestros escasos coitos hizo lo posible por plantar su semilla.
 -Tienes mala cara- dijo cuando nos sentamos a cenar.
 -Es que no me he sentido bien en todo el día.
 -Si no estás bien deberías visitar al medico que te haga un chequeo.
 -No es nada, no te preocupes veras como pronto se me pasa.
 -No estaría yo tan seguro, te veo como cuando estabas embarazada, a lo mejor tenemos una sorpresa- dejó caer como un mazazo.
Como si fuera de lo más normal que el marido estuviera más al tanto que la esposa de un posible embarazo, así que me dejó a cuadros aquel comentario.
Con aquel embarazo a traición quiso demostrar su hombría, no sospechaba que de esa manera cada vez nos distanciábamos más el uno del otro.