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jueves, 29 de octubre de 2015

Un día cualquiera

Se levantó más temprano de lo normal, quería tener todo a punto para su aniversario, medio siglo ya de vida y treinta de casados. Le hacía ilusión, que tontería, pensaba, pero ella era así, siempre atenta a las fechas señaladas, siempre pensando en lo que a ellos les podría hacer más felices, aunque ese día el aniversario fuese el suyo.
Hizo lo que cada mañana al levantarse, lo primero la cocina, preparar la comida del mediodía, siempre empezaba por ahí, después lo que diera tiempo ya que trabajaba todo el día fuera de casa, Daba igual si se encontraba bien o mal, ella se levantaba siempre temprano, ya que sus rodillas exigían un "precalentamiento" y de vez en cuando se tenía que sentar y darles un respiro hasta que se acababan de "engrasar" que decía ella.
Después de hacer lo de cada día empezó a preparar la fiesta de su aniversario, llevaban treinta años casados ya, se decía pronto, además coincidía con su cumpleaños y nunca en treinta años se les ocurrió regalarle una tarta con las velas encendidas y a punto de soplar, algo que siempre dijo que le hubiese gustado. Siempre se quedó en el hubiese, el gusto nunca llegó.  Tampoco es que hubiesen sido un matrimonio perfecto, últimamente se soportaban y eso era mucho. De pronto apareció su marido por la cocina. ¿Qué haces? le preguntó. Ella contestó enseñándole los preparativos que tenía listos para la cena de aquella noche ya que había invitado a sus hijos con sus parejas, entonces cómo se le hacía tarde y ella de momento tenía que trabajar fuera de casa, con la pensión de parado de su marido no les alcanzaba para pasar el mes, le dijo por enésima vez que le haría especial ilusión que alguno de ellos se presentase con una hermosa tarta decorada con las cincuenta velas, era algo que secretamente esperaba cada vez que cumplía años y nunca llegaba. Aquella mañana su marido parecía que estaba de buen humor y se atrevió a pedírselo... ya que nunca le regalaba nada...
No le hizo el menor caso, ni siquiera se molestó en decir que no lo iba a hacer, ella en su fuero interno pensó que aquella vez le daría la sorpresa, aquella vez era algo más especial, volvían a estar solos en casa, los hijos se habían emancipado y ella se había propuesto encender una chispa a su aburrido matrimonio.
Llegó la hora de la cena y no apareció la tan ansiada tarta, ni siquiera un beso, el único regalo fue el que les hicieron los hijos, un pack de esos de moda para pasar un fin de semana en un Spa... Bueno, igual era el empujón que ella estaba buscando para reactivar la escasa vida sexual con la que su marido de vez en cuando la "premiaba".
  -Menuda mariconada de regalo que te han hecho tus hijos -dijo el marido una vez a solas.
  -Pues a mí me ha hecho ilusión, qué día te parece que podremos ir -preguntó ella ilusionada.
  -Cómo no vayas tu sola, conmigo no cuentes. Yo prefiero estar tumbado en el sofá de mi casa antes que en esas camillas que sabe dios quién habrá pasado por ellas.
Ante aquella elocuencia la esposa calló, por la mañana llamaría a sus hijos y les diría que devolviesen el regalo o lo usasen ellos, que su padre no quería ir.
Se acostó esperando por lo menos alguna caricia o ¿por qué no? esperaba que aunque solo fuese para celebrar la primera vez que estuvieron juntos (La noche de bodas) su marido se comportaría como aquella noche por lo menos... toda la noche se la pasó esperando, toda la noche con la temperatura quemándole la piel y mojándose las ganas.
Por la mañana, se levantó como cualquier otro día, con las mismas ganas y con las mismas insatisfacciones de cada noche desde hacía ya unos cuantos años.
  -Gracias por mi regalo de aniversario -dijo irónica al marido.
 -¿Qué regalo querías que te hiciera? ya sabes que no tengo un duro -contestó el marido haciendo alusión a que ella se quejaba de la escasa paga que aportaba a la economía doméstica.
  -Hay regalos que no cuestan dinero.
No creyó que supiera de qué le estaba hablando.
Teresa Mateo
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