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jueves, 14 de enero de 2016

Adiós, amor.

Querido amante:
Esta carta es para decirte adiós, ya que no has tenido el valor de decírmelo a la cara. Sabía que lo nuestro se acababa, pero esperaba que tuvieses la valentía de hacérmelo saber mirándome a los ojos.
Ahora que todo terminó puedo admitir que me enamoré, sí, me enamoré aunque luché con todas mis fuerzas para no hacerlo, pero en el corazón no se manda. Tenías razón cuando decías que no eras mi tipo, pero no me enamoré de tu físico, aunque con el paso de los días tus ojos y sobre todo tu voz se me clavaron en el alma, lo que realmente me enamoró fue tu mente, una mente brillante. Y creo que mi error fue cuando empecé a halagarte, te empezaste a dar cuenta de mis sentimientos hacia ti, nunca he sido buena escondiéndolos. Supongo que te asusté.
Te confesaré que aquel primer beso que me dejé robar, removió cosas en mi interior que hacía mucho tiempo, o quizá nunca, había sentido. Los pocos cafés que tomamos juntos fueron momentos preciosos para mí. Aquella comida a la que me invitaste la guardé en la memoria, sobre todo después de haber pasado por aquel hotelito sin prisas, recreándonos en nuestros cuerpos, aunque supongo que no supe darte todo lo que necesitabas, decir en mi descargo que no sabía lo que significaba tener un amante y creo que tú tampoco, pero en eso igual me equivoco. Aunque supongo que tampoco eras un amante al uso, solo buscabas donde aplacar tus calenturas.
Tranquilo, no pienso hacerte ningún reclamo, me dejaste muy claro que no querías ningún tipo de compromiso conmigo, pero mucho me equivocaría si no pensase que aquellos abrazos que me dabas no eran precisamente de no sentir nada, todas aquellas veces que me dijiste “lástima que no nos hubiésemos conocido antes ” creo que no eran solo por las ganas de conquistarme, mujeres supongo que para echar un polvo las hay a montones y creo que eras sincero al decir que querías cariño, yo no sabía que lo necesitaba tanto como tú, (si es que era cierto) hasta que me abrazaste la primera vez. Aquellos abrazos que duraban unos cuantos minutos y que casi me rompían de fuertes que eran, aquellos besos al irte ya casi en la puerta, mirando a la calle por si algún conocido pasaba por allí, aquello, lo siento, pero creo que no era fingido, por eso no entiendo en qué fallé. Supongo que pensabas que era una mujer inteligente y culta, bueno inculta no soy, pero tengo mala memoria y me cuesta estar a la altura en según que conversaciones, no retengo los datos suficientes para mantener mis argumentos aunque eso me frustre, pero no lo puedo evitar, mi cabeza piensa dos mil cosas a la vez y al final no se me  quedan grabados los datos suficientes.
De todos modos atesoraré en mi corazón cada beso tuyo, cada caricia tuya, cada abrazo tuyo. Guardaré en mi memoria tus manos acariciando mis pechos, el sabor de tu boca y esa lengua saboreando mi sexo, al igual que el sabor dulce de tu miembro, tus gemidos, las posturas imposibles. He de confesarte también que me hiciste sentir casi bien dentro de mi cuerpo, que has sido la única persona con la que no he tenido vergüenza de mostrar mi desnudez. Sabrás que cuando llegabas al orgasmo me hacías feliz.  Cada vez que entrabas por aquella puerta me sentía viva, casi como una quinceañera y cuando me explicabas cosas de tu trabajo, incluso de tu familia,  o alguna de tus batallitas como tú las llamas, adoraba el sonido de tu voz.
Una vez me dijiste que contigo no tendría nunca ningún problema, que podía hablarte claro y que dijese lo que me pasase por la cabeza, y así lo hice. No sé si fue lo correcto, creo que me dejé llevar por mi lado más infantil, el juego me gustaba y ganarte de vez en cuando en nuestras puyitas me hacía sentir incluso un poquito más lista de lo que en realidad soy. Ahora soy yo la que te dice que te quedes tranquilo, que no te voy a montar ningún sarao, aunque la verdad es que me hubiese gustado que vinieses a decírmelo de frente, dando la cara y una mínima explicación, creo que me la merezco. Me preguntaste una vez qué me decía mi amiga y confidente de lo nuestro, ahora te lo puedo decir, me dijo que pasaría esto precisamente, te confieso que es un poco bruja, que me harías sufrir, sobre todo cuando empezaste a no tener tiempo para una visita por corta que fuese, me decía que no me merecías, ¿cómo podía decir que eras tú quien no me merecía? entonces yo le explicaba que tenías mucho trabajo, que tenías contratos que asumir, su respuesta siempre fue la misma, el que quiere encuentra, no lo justifiques. Pero yo seguía justificándote y lo seguiré haciendo toda la vida.
Creo que me equivoqué el día que fui a aquel evento al que me invitaste, no teníamos que llegar tarde pero los astros se aliaron en contra y todo salió mal, estuve a punto de no ir, pero quería hacerlo, aunque fuese solo por hacer un poco de bulto, ya que todos tus invitados te iban diciendo que no irían por una razón u otra, yo tuve que remover Roma con Santiago y aunque un poco tarde, llegamos, y me encantó verte en tu salsa, has nacido para la oratoria, aunque nunca lo mencionaste, entonces supe que no debí ir, creo que te molestó y me hubiese gustado saber el motivo por el que te sentiste tan incomodo.
A partir de aquel día empezaste a retirarte, quizá fue casualidad, pero te fuiste alejando y ni siquiera te apetecía el sexo virtual que alguna vez tuvimos, también me di cuenta la última vez que empecé a jugar y me dijiste que a ti ya te estaba bien, me quedé un poco descolocada y nunca más lo intenté.
¿Qué fue de tus calenturas? Ya nunca más me dijiste que te “ponía” que “me tenías ganas”, aquello me debió dar una pista de tu alejamiento, pero una persona enamorada no piensa, siempre encuentra una justificación del porqué de tu falta de tiempo, o del porqué ya no te interesaban mis provocaciones, tenías mucho trabajo, me decías, tenías problemas de salud aunque no graves y yo seguía justificándote.
No quiero alargarme más, solo te diré que en el corazón no se manda por mucho que nos empeñemos, él se entrega a quien quiere por mucho que la razón intente impedírselo. Al final creo que ambos hemos perdido, tú a quien más te ha querido, yo, yo solo he perdido el tiempo. Podría decirte muchas cosas pero creo que ya me he desangrado bastante, ahora toca empezar a vendar este corazón tan herido, que va a necesitar muchas tiritas.
Esta desilusión seguro que me servirá para abrir los ojos y endurecer el corazón. Que sepas que no te deseo ningún mal, pero me voy a despedir con una frase de Chabela Vargas.

“Y no le pido yo al cielo que te mande más castigo, que estés durmiendo con otra y sigas soñando conmigo”.


lunes, 4 de enero de 2016

El último beso

El último beso es el más difícil, aunque parezca mentira es así.
Estuviste mucho tiempo diciendo que no te gustaba, que eras una mujer difícil, que a aquellas alturas de la vida no estabas para romances. Pero soy un hombre obstinado y seguí insistiendo, busqué información sobre tu horóscopo, me habías dicho en alguna ocasión que eras muy de tu signo, así que pensé: pues a ver cual es el punto débil de esta mujer, y creo que lo encontré.
Nada de agobiarte con edulcoradas palabras, una vez te dije guapa y casi me pegas, por ahí ya vi que no iba bien, aunque nadie me va a decir cómo tengo que verte y te veo guapa lo quieras o no.
Empecé a cortejarte de forma distinta, sin hablar de amor, sin hablar de sentimientos, pero demostrándolos en cada palabra que te decía. Diciéndote que te cuidases, diciéndote que no corrieses con el coche, cosa que te gusta hacer y yo tanto temo.
Por eso me es tan difícil darte este último beso, que no sería mi último beso pero que sí es el tuyo, un último beso que no estoy dispuesto a dar de ninguna de las maneras.
Esta misiva es en respuesta a esas que me encuentro en internet y que sé que son para mí, así que usaré tus mismas armas, una carta, una carta en la que te expreso mi deseo de seguir como hasta ahora, crees que me estoy alejando de ti pero no es así, sencillamente te estaba dando tu espacio, según tu horóscopo necesitas sentirte libre y eso es lo que hacía.
Sé que te gusta una buena conversación y eso es lo que más me gusta de ti, aunque a veces me desesperes con tu forma de quitarte importancia, no te valoras y te ruborizas cuando lo hacen los demás. Cuántas veces te he dicho lo fantástica que eres y te has ruborizado de arriba abajo, dejando al descubierto ese punto infantil que tanto me agrada.
Hablando de juegos, ese es otro punto que adoro de ti, te va la marcha, o el juego como quieras llamarlo y yo soy muy juguetón, me encanta buscar las pistas que me dejas en el correo, en twitter o en facebook, y que solo nosotros entendemos... y me dices que no eres inteligente, no señor, ese argumento no te lo compro, me ganas y pones a prueba muchas veces mi capacidad.
¿Cómo puedes decir que el de ayer fue nuestro último beso? Lo siento, no puedo darte ese beso que me pides. Quieres que sigamos como amigos, no, me niego, siempre quise algo más y si no puedo tenerlo todo no tendré nada, pero siempre quedará pendiente ese último beso.
Siempre tuyo.
Simón.




Teresa Mateo

domingo, 3 de enero de 2016

Icaria, o querer volar sin alas

Querido Cimón: Usted me dio alas, me alentó a levantar el vuelo. Mi nido no era perfecto, tenía hendiduras por todas partes, entraba el frío por las heridas de mi corazón. Entonces llegó usted y me dio alas, aunque usted sabía que no volaría conmigo.
Durante un tiempo así fue, durante un tiempo usted me hizo sentir única... pero y ahora es cuando viene el pero, usted esperaba algo diferente, supongo, ya que nunca me quedó claro qué era lo que esperaba de mí.
Supongo que no cubrí sus expectativas, supongo que mi intelecto so se pudo comparar al suyo, por eso pronto se cansó. 
Durante un tiempo jugamos a querernos, durante un tiempo sus besos supieron clausurar mis labios y aquello bastó. Durante un tiempo fue usted el ángel, que cual demonio, habitaba en mi infierno. Durante un tiempo me bastó con un trozo de su cuerpo para ser feliz, tranquilo, no se sonría, ese pedacito suyo no es el que está pensando, me conformé con su cerebro, ya que el mío no se pone de acuerdo con el corazón y el suyo es capaz de separar esto nuestro a lo que nunca le pusimos nombre... bueno usted no se lo puso, yo me negaba a llamarlo por él. Fui lo suficientemente valiente para aceptar un sentimiento que tenía que morir en el anonimato. ¿Se sorprende? pues no lo haga, tuve que ahogarlo en el mismo momento en que en mí empezó a aflorar y en usted a morir.
Supongo que recuerda cuando me decía que entendía que no me gustase, que no era mi tipo, cuan equivocado estaba, no soy mujer que se enamore de un físico, me enamoré de la agitación con que provocaba mi mente, empecé a admirarlo y creo que ese fue mi mayor error, se lo hice saber. Le dije que lo idolatraba cuando empecé a saber más de usted, cuando empecé a conocerlo, cuando sus relatos, o "batallitas" como usted las llamaba, me hacían perder la noción del tiempo.  Fue cuando empecé a expresar tímidamente mis sentimientos, aunque llegué a mentirle diciéndole que no se preocupase, que era una mujer fuerte y no me podía hacer daño, que estaba todo controlado, y usted, que nunca sintió lo mismo por mí, supongo que no me creyó y se empezó a alejar, empezó a tomar distancia.
Usted sabía de mis miedos a perder el control, soy animal de costumbres y me atemorizaba sobrepasar algunos límites, ya sé que eran límites impuestos por mí, pero eran mis seguridades ante la inseguridad de lo desconocido. Mi mayor miedo era perder la cordura, cosa que ya ha pasado y ahora estoy sumergida en una tempestad de sentimientos que me llevan a la deriva.
Usted siempre me dijo que no, que no debía dejar de expresarme a mi modo, que con usted no había problemas, que le encantaban mis comentarios un poco fuera de honda, mis pequeñas provocaciones, sensualmente hablando, pero quizá fui un poco lejos al confesar, aunque muy tímidamente, lo que guardaba tan celosamente en mi interior, me costó sacarlo, y creo que me equivoqué, en el arte de la seducción usted me gana por goleada y supo hacerme caer en sus redes, supongo que al principio pensó que para mí sería un juego, igual que para usted, lo intenté, de verdad que lo intenté, pero soy intensa por naturaleza y aunque me costó dejarme fluir, lo conseguí. Así que cuando por fin empecé a desplegar mis alas, las abrí demasiado y como Ícaro volé demasiado cerca del sol, yo no tuve un Dédalo que me advirtiese que la cera se podía derretir y que quien quería que volase a mi lado, sería quien me haría perder el poder de volar.
Suya por siempre Clío.


Un relato de Teresa Mateo