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jueves, 24 de marzo de 2016

Una visita inesperada

   
   Estaba decidida, aquella relación no la llevaba a ninguna parte, así que había pensado romper aquella "pseudoamistad" con derecho a roce, ya que de roces últimamente nada de nada.
   Se conocían desde hacía unos años, pero en realidad hacía muy poco que eran amantes, bueno si a aquella relación se le podía llamar de alguna manera.
   Desde que la amistad había pasado a ser algo más, parecía que todo se torcía para que no pudieran verse, aquello no era algo que Rhona hubiese buscado, llevaba mucho tiempo sola y aunque siempre le había gustado su compañía, como single era feliz... hasta que Jaime dijo que para él era mucho más que una amiga, que sentía cosas por ella que no había sentido por nadie más.       Rhona no había querido pensar en esa posibilidad, aunque hacía mucho tiempo que sentía por él algo más que amistad, pero nunca se atrevió a pensarlo siquiera en voz alta, eso sí, los sueños que tenía últimamente siempre eran con él, y eran sueños muy calientes. No por casualidad el "amigito" que se había comprado llevaba su nombre.
   De ahí la sorpresa cuando sonó el timbre de la puerta y apareció él con una enorme sonrisa en la cara. En la mano llevaba una copa con un cóctel, el alexander que le debía desde hacía algún tiempo, le dijo.
   Rhona se lo quedó mirando, le quitó la copa de las manos, le dio un sorbo y con el dulce líquido en la boca lo besó. No conocía una sensación mejor que el sabor de su boca, bueno su pene también sabía rico y con solo pensarlo se estaba humedeciendo.
   Jaime la agarró por las nalgas y la atrajo hacía él, no podía negar su excitación, pero prefirió de momento abrazarla, llevaba tanto tiempo esperando aquel momento, que temió correrse allí mismo antes de empezar.
   -No sabes las ganas que te tenía -decía él entre beso y beso, gemido y gemido.
   -No más que las mías, con lo abandonada que me tienes.
   -Ya sabes de mis problemas, no puedo dejar la empresa así como así sin levantar sospechas.
   -Bueno, es más emocionante, sobre todo cuando eres el jefe, no tienes por qué dar explicaciones.
   -Muy simpática ella.   
   -Lo sé, lo sé, mejor dejemos el tema, estoy muy caliente y no quiero que me enfríes jajaja –reía con mirada felina. 
   Mientras decía esto le iba desabrochando la camisa, dejando al descubierto el vello canela de su pecho y lamiendo con ansia sus pezones.
   -No sé como he podido resistir tanto tiempo sin verte, no sabes cómo me pones, me enciendes solo con el roce de tu maravillosa lengua.
   -Pues esto no es nada para lo que te espera -decía ella mientras le quitaba el cinturón de los pantalones dejando al descubierto su erecto miembro.
   -Tengo una sed -dijo de pronto él.
   -¿Sed? amor, por favor, estaba pensando comer, deja la sed para luego -hizo un mohín arrugando los labios.
   -La sed que tengo la pienso saciar en este momento -decía mientras la tumbaba en la cama y metía la cabeza entre sus piernas.
   Rhona gimió de placer, el roce de su cabeza entre las piernas la podía llevar al éxtasis, pero lo que la llevaba de verdad era esa lengua jugando con su clítoris. Las piernas le temblaban mientras las manos de él acariciaban sus muslos. De pronto levantó la cabeza y empezó a trepar por su estómago deteniéndose en los pechos, amasándolos con las manos y  pellizcándole suavemente los pezones, para acto seguido meterlos en su boca y jugar con la lengua. Rhona estaba a punto del orgasmo, los espasmos eran cada vez mayores pero él no quería que se corriera tan pronto, así que se detuvo y se tumbó a su lado acariciándola solo con un dedo, haciéndola estremecer y gemir arqueando la espalda.
   -Te quiero dentro, muy dentro -pidió ella.
   -No seas impaciente, todo a su debido tiempo -contestó Jaime alargando el momento, aunque también lo estaba deseando.
Rhona respiraba agitada, se volvió hacia él y empezó a besarlo de nuevo, esperando que la llenara, que la follara de una vez.
   Por fin pareció dar resultado su estrategia y Jaime la penetró con la misma urgencia que ella demandaba.
   -¿Esto es lo que quieres? pues tómalo, es todo tuyo nena.
   -Sigue así, te necesito muy dentro, este coño te ha extrañado mucho -reprochaba ella.
   Jaime empezó a moverse rítmicamente, mientras Rhona arqueaba la espalda y rodeaba su cuerpo con las piernas para que la penetración fuera más profunda, los gemidos se intensificaron y los suspiros llenaron la habitación, las embestidas se incrementaron hasta que en la última un líquido caliente y viscoso inundó su vagina acompañado de un éxtasis superlativo.
   En aquel momento sonó el teléfono de Jaime.
   -No lo cojas, por favor -dijo Rhona sin querer despegarse de él.
   -Tengo que hacerlo.
Descolgó y como ella temía le dijo que se tenía que ir, aunque eso sí, prometiéndole que repetirían... antes del verano...







martes, 1 de marzo de 2016

DESTINO: GRANADA

Queridos lectores, ya está a la venta mi tercera novela DESTINO: GRANADA
Espero que tenga la misma aceptación que las anteriores.
Os dejo una pequeña sinopsis y os presento a los protagonistas.
Kate Cameron.
Protagonista femenina, una mujer escocesa, ya no tan joven que está desencantada del amor. A sus 39 años y después de el último fracaso se dedica a cuidar de sus sobrinos, hasta que se cansa y decide darse una oportunidad a ella misma, quiere hacer un viaje, siempre adoró Granada, ella estudió historia del arte, especializándose en arte nazarí. 
Estaba decidida, se iría a Granada y pondría en orden su caos, intentaría empezar de cero.
Sebastián Suárez.
Protagonista masculino, un joven taxista colombiano, que guarda algún que otro secreto.
ha renunciado a la fortuna de su padre y se ha hecho a sí mismo.
Criado por el servicio, se dedicaba a seducir a cuanta mujer caía en sus manos, pero sin enamorarse de ninguna, todas eran demasiado superficiales para él.
Pensaba que todas eran como su madre, superficial y frívola, que no dudó en abandonarlo cuando era un niño, desde entonces desconfiaba de todas las mujeres.

Prólogo:





-¿Qué te vas a dónde?
—Te has enterado perfectamente, me voy una temporada a Granada.
—Definitivamente te has vuelto loca. —Se ofendió Griselle, su hermana mayor.
 —Sabes que no, estoy cansada de hacer siempre lo que se espera de mí. No me habéis dejado tener vida propia y ahora necesito ser alguien, necesito hacer algo por mí.
—Ya eres alguien, deja de decir sandeces.
—Sabes muy bien que no son sandeces y no voy a cambiar de opinión. En cuanto tenga el pasaje me voy una larga temporada. Dejaré de ser el blanco donde descargan tus amistades sus burlas. O ¿creías que no me daba cuenta de los comentarios? “Pobrecita, se ha quedado para vestir santos”. O, “Claro, es tan sosa, con esas pecas y ese pelo color zanahoria”. “¿Quién se va a casar con ella?” Y vosotras, que se supone que sois mis hermanas, acolitando y riendo las gracietas de vuestras amistades. Pues eso se acabó, he tomado una determinación y pienso cumplirla.
—Si no te has casado, es porque no has querido —la cortó tajante.
—Si no me he casado, es porque no me habéis dejado —replicó Kate—. Siempre que me fijé en algún hombre, lo espantabais Anastacia y tú, diciéndole sabe Dios qué. Solo estabais esperando que escogiera a vuestro candidato, y ni muerta me casaría con ese sinvergüenza.
—No, a ti te pretendía el príncipe Carlos. ¡Espera, no! Tu tenías que haberte casado con el rey Felipe, así vivirías en España, ya que tanto te gusta —su sarcasmo destilaba crueldad.
—A lo mejor, si no hubiese estado ocupada criando a vuestros hijos, lo habría hecho.
—Dijo esto último apretando los dientes, por no sacar trapos más sucios que aquellos, (que los había). No creyó conveniente en aquel momento decir nada más. Subió corriendo las escaleras que llevaban a su habitación y en media hora tenía hecho el equipaje.
De eso hacía como quince días, quince días en que todo el mundo se negaba a creer que fuese capaz de realizar su propósito.
Y ahora estaba allí, sentada en un banco; en un país extraño, con un idioma extraño, rodeada de extraños, sin saber qué hacer... y muerta de frío. Cuando llegó le pareció una temperatura estupenda, pero a medida que se echaba la tarde encima, la temperatura había descendido considerablemente. En ese momento tenía un frío insoportable, y no era solo que hiciera demasiado fresco, es que además lloviznaba y la humedad le calaba los huesos. Los nervios también contribuían al malestar que sentía, la hacían tiritar, además la ropa que llevaba era demasiado fina para aquel clima.

¿Cómo había llegado a esto? ¿Qué había pasado para que todo le saliese tan rematadamente mal? Se preguntaba.