El regalo de aquel cumpleaños tenía que ser sonado, estaba decidida a que
su madre, la persona más abnegada del mundo, tuviese aquello que toda su vida
había deseado y, que por unas circunstancias u otras, nunca había podido lograr,
así que sacó todos los ahorros de su vida y le compró aquel barquito que ella
siempre contemplaba, con nostalgia, desde la ventana de su habitación con la melancolía
de la edad y los sueños incumplidos.
Se hacía mayor y su vida había sido un constante trabajar. Primero, la
postguerra la dejó huérfana de padre muy joven, así que como era la mayor de
los diez hermanos, le tocó sacarlos adelante. En aquella época no había tele,
decían ya de mayores cuando se referían a aquellos tiempos, para reír a
continuación los niños escuchando a sus mayores y poner la imaginación a volar suponiendo
mil maneras en que sus abuelos se “entretenían” sin la tele para tener tantos
hijos, no sabían de la misa la mitad. Entonces el sexo no era cosa de dos, era
cosa del marido sin importar demasiado si la mujer no tenía ganas, si de verdad
le dolía la cabeza, o era por su brusca manera de poseerla, sin pensar en lo
que ella quería o necesitaba, sin unos besos o caricias para calentar el
ambiente, sencillamente tomaban lo que según ellos les pertenecía, sin importar
demasiado la opinión de la persona que tenían al lado, y ojo, la mayoría no lo
hacían porque no las quisieran, tampoco entendían otra manera, era lo que el
cura les decía, a ellas, que tenían que obedecer en todo a sus maridos, a ellos,
que eran de su propiedad, incluso las madres a la hora de casarlas les daban
igual consejo, así que pasaban la vida obedeciendo y sin rechistar, porque era
lo que les había tocado, y si el marido entregaba el sueldo íntegro en casa y
no se lo gastaba en la cantina, tenían suerte, era un buen marido.
Pero por bueno que fuera su marido, que lo fue, el día que aquel fatídico
accidente se lo llevó dejándola viuda casi tan joven como lo había sido su abuela,
no se entristeció demasiado.
Para su madre la suerte había sido que las cosas no eran como en los
tiempos de su abuela y ella solo tuvo cuatro hijos, tampoco le había dado mucho
más tiempo, su marido era marino y entre travesía y travesía le hacía un niño,
o más bien una niña, buscando el niño, que decían antes, así se cargaban de
hijos, si no era el niño era la niña, o buscaban la parejita, y si no, era un
“accidente” y la mujer siempre estaba sometida a los deseos del hombre de la
casa.
Estos eran otros tiempos, y María Dolores, o Mariloli como la llamaban
familiarmente, veía a su madre siempre detrás de la ventana, con la mirada
perdida en algún punto del horizonte, siempre desde que tenía uso de razón le notaba
aquella triste mirada, sobre todo cuando pensaba que nadie la veía, ella le
preguntó en infinidad de ocasiones pero su madre siempre adujo que eran
tonterías de juventud, y no dio nunca una explicación directa o satisfactoria
del por qué de aquella tristeza infinita.
Mariloli al principio pensaba que podía ser por su padre, pero sus padres
no habían sido especialmente cariñosos el uno con el otro, los dos eran buenos
a su manera, su madre al estar siempre en casa era más cariñosa con sus hijos.
Su padre, siempre de travesía en travesía, cuando volvía, a veces incluso
intercambiaba el nombre de alguno de sus hermanos pequeños, cosa que a su madre
le molestaba enormemente, por eso ella siempre estuvo pendiente de su madre que,
aunque de aspecto frágil, era una mujer muy fuerte, no habría podido
sobrellevar tanta carga de no serlo, madre muy joven, sin ayuda de nadie, ya
que a su padre al poco de casarse lo trasladaron de puerto y se fueron los dos
solos, sin familia ninguna a la que acudir en momentos difíciles y los hubo,
luego vinieron los hijos, Mariloli fue la primera y se llevaban el que más un par
de años, en menos de nueve años, que fue lo que duró su matrimonio, fueron
familia numerosa, de las de antes, que ahora con tres ya lo son, después, con
la pequeña de pecho todavía, el accidente. El barco de su padre sufrió un
terrible incendio y en mitad del mar en una espantosa deflagración se deshizo
en pedazos de chatarra y víctimas humanas, no sobrevivió nadie.
Ella era muy pequeña y prácticamente no recordaba nada de todo aquello,
solo recordaba vagamente a sus dos abuelas, que llegaron desde dos puntos muy
diferentes de la geografía española, a hacerse cargo de todo, cada una quería
llevar a su casa a alguno de sus nietos, creían que “la Consuelito”, como
llamaban a su madre por su aspecto aniñado, no iba a ser capaz de sacar
adelante a cuatro criaturas ella sola, sin el apoyo de su marido, decían, pero
ella se negó en redondo, su casa estaba allí, y allí se quedaría ella con sus
hijas.
De aquello habían pasado más de treinta años y Consuelo seguía con la
misma mirada perdida en la ventana de su casa, la que daba al rompeolas.
—Feliz cumpleaños, mamá —dio dos besos Mariloli a su madre dándole un
sobre como regalo.
—Te has acordado, gracias mi amor —contestó como si se hubiese olvidado
alguna vez.
—Mamá, ¡cómo crees que me voy a olvidar de algo tan importante!
Consuelo sacudió la mano delante de ella con un bah, no hacía falta que
me trajeses nada y, un sobre, miedo me da, no quería abrirlo, tenía la sospecha
que su hija algún día le hiciera algún regalo que no mereciese, ella solo había
hecho lo que pudo con ellas, y ellas le habían salido buenas hijas, las tres
menores bien casadas, que decía ella, la mayor no, con la mayor tenía una
espinita clavada, había salido con un par de chicos de jovencita pero ninguno
fue de su completo agrado, y ella se hacía mayor y no quería que se quedase
sola, las cosas ahora no eran como antes, pero una mujer sola…
—¿Qué piensas mamá? —preguntó de pronto Mariloli.
—En que deberías buscarte un marido, o una pareja como decís ahora, pero
alguien que te haga compañía.
—Mamá, no vuelvas con lo mismo, sabes que soy feliz sola, no necesito a
ningún hombre en mi vida si no es para pasarlo bien, jajaja.
—Los años pasan, y llega un momento que la soledad te invade y es bueno
compartirla con alguien.
—Y ¿por qué no te has buscado tú alguien? Llevas sola prácticamente toda
la vida, aplícate el cuento —respondía siempre de la misma forma, haciendo
callar a su madre.
Consuelo abrió el sobre con manos temblorosas, un sobre demasiado grande
para ser un cheque regalo del Corte Inglés, pensaba, esta hija mía siempre
sacando los pies del plato. Sacó los documentos y no entendía bien qué
significaba todo aquello, parecía una escritura de compra venta.
Mariloli la miraba con ojos embelesados pensando que su madre sería la
mujer más feliz del mundo, pero al ver la cara de espanto que había puesto se
quedó petrificada.
—¿Qué significa esto? —preguntó su madre con una voz que ella casi no
reconocía.
—Es tu regalo, mamá, siempre miras aquel barquito del muelle, creo que te
recuerda a papá, por eso he pensado regalártelo, para que puedas subir y estar
más cerca de él.
—¡Qué sabrás tú! —espetó con una rabia que dejó a su hija muda.
—Qué tengo que saber, mamá —preguntó cuando pudo articular las palabras.
—Perdona, hija, no debí decir eso —quiso rectificar, pero su hija había
visto una faceta de ella completamente desconocida.
—Si no he acertado con el regalo lo siento, pero creo que te ha salido de
muy adentro esa exclamación, así que no te vas a escapar de que me des una
explicación.
—No hay nada que explicar, son cosas de vieja —intentó zanjar el tema.
—Odio los barcos, solo eso, no entiendo de dónde has sacado que me
gustasen.
—Pero si te pasas la vida contemplándolo, yo pensé…
—Ese es tu problema, todo lo das por supuesto, siempre te he dicho que no
me gustaba hablar de aquella época, pero nunca me lo has respetado, siempre
queriendo hurgar en mi pasado —se quejaba Consuelo con una intensa rabia en la
mirada.
María Dolores no entendía nada, toda la vida pensando que su madre sentía
nostalgia o que añoraba a su padre de alguna manera y ahora ella le salía con
aquella furia, con una ira de la que su madre nunca había hecho gala, siempre
había sido una mujer cariñosa y amable.
Consuelo después de decirle a su hija que se sentara y la esperase se fue
a la cocina, preparó café y unas pastas, lo sirvió y con toda la parsimonia que
le daba una edad en la que las prisas habían dejado de tener sentido, se sentó frente a su hija y empezó a relatar
su historia, algo tan inverosímil como ella misma, en aquel momento escuchaba a
su madre hablar y no la conocía, aquella mujer no podía ser su madre.
—Tú eres una mentira, ahora ya lo sabes —terminó Consuelo su relato.
María Dolores se quedó muda, había estado viviendo una mentira toda su
vida y su madre se lo acababa de decir como si no pasara nada, como si ella no
contase para nada. Cómo encajar que su padre no era su padre, que su madre
estaba enamorada de otro hombre, un marinero compañero de su esposo, que la
había enamorado sabiendo que tenía otra familia, que le hizo creer que se
fugarían juntos, que la esperaría en el barco, un barco al que el marinero
nunca subió. Consuelo se quedó esperando desolada, con un incipiente embarazo
del que nadie sabía nada, ni siquiera el padre de la criatura.
A Consuelo se le cayó el mundo encima al acercarse el mejor amigo de su
enamorado que venía a entregarle una nota de despedida, con un escueto “Lo
siento”, al leerlo, Consuelo se desmayó y cuando despertó estaba en un
dispensario de la cruz roja, donde le dijeron lo que ya sabía, Agustín que así
se llamaba el que la socorrió se apiado de ella y le propuso matrimonio, ella
por el qué dirán aceptó, y consintió vivir aquella mentira, Agustín no fue un
mal marido, pero ella nunca pudo perdonarse haber sido tan ingenua, intentó
llevar una vida lo más normal posible, pero la rabia del engaño nunca pudo
superarla, amaba a su hija tanto como a las otras, pero odiaba al padre de esta
y cada vez que miraba aquel barco era para no olvidar que vivía para odiar.
Teresa Mateo
Teresa Mateo