teresa196mateo@gmail.com

sábado, 18 de mayo de 2019

Un día para olvidar Capítulo 1

Ramiro volvía para casa contento. La carretera por la que subía estaba desierta, solo los álamos que la bordeaban eran sus compañeros de viaje en aquella oscura tarde. Un gélido viento había empezado a soplar y el frío era más acusado que un rato antes, aunque él nunca parecía sentirlo. Ramiro era un hombre fibroso, caminaba mucho, todo el día lo pasaba de aquí para allá y eso le impedía engordar, aunque no fuese algo que le preocupase demasiado. Mientras sus pies lo llevasen a dónde le apeteciera ir, él seguiría corriendo. Era algo que llevaba haciendo desde que empezó a caminar hacía ya cuarenta y cuatro años.
Estaba oscureciendo y eso no le gustaba demasiado. Apretó el paso. Tenía que llegar a casa cuanto antes, no quería que su madre o su hermana se enfadaran con él, bueno, más su hermana que su madre, pensó. No entendía por qué su madre había dejado de regañarle, aunque siempre lo hacía con cariño, incluso cuando se quitaba la zapatilla. Casi la oía silbar cuando le pasaba por el lado. Su madre nunca tuvo muy buena puntería, o mejor dicho, nunca apuntó a dar. Aunque ahora la que le ponía los puntos sobre las íes era Yolanda, su hermana pequeña. Sonrió al recordarla. Se había vuelto un poco gruñona, como su madre, se dijo, pero era su hermana y por gruñona que fuese no la dejaría de querer. Él quería mucho a su madre y también a su hermana… sí, también a su hermana. Todo esto lo iba pensando porque era nochebuena y vendrían sus otros hermanos a casa a celebrarla. ¡Qué bien! Se frotaba las manos pensando en la cantidad de regalos que le iban a traer. Por otro lado, su equipo de fútbol le había regalado la última gorra de la selección, se la miró disfrutándola, era la gorra del equipo del pueblo, y esta le faltaba. Su equipo era el mejor, y él conocía a todos los jugadores. Estaba tan contento con el regalo que se lo quería enseñar a todo el mundo, pero se hacía de noche y aquel día no pasaba nadie por la carretera que llevaba a su casa. Echó a correr. Quería llegar cuanto antes y enseñarles la gorra a su madre y a su hermana. Ellas también estarían contentas, pensó, era navidad y también habría regalos para ellas. Una enorme sonrisa se instaló en su rostro. Un rostro de cuarenta y cinco años, en una mente de tan solo siete.
Un coche aceleraba tras él en la carretera. Le pareció que corría mucho. Empezó a sentir miedo y se pegó a la pared tal como le habían dicho siempre en casa, “la carretera para los coches, la acera para los peatones”, siempre que notaba peligro repetía esta frase como en una letanía. Desde que era muy pequeño su madre le había inculcado frases así, como si fueran canciones, para que las tarareara y se las repitiera, de este modo le era más fácil recordarlas, ya que tenía la tendencia, como cualquier niño, de andar muy cerca del bordillo o saltando con un pie arriba y otro abajo jugando.
A medida que iba cumpliendo años su madre no lo podía tener todo el día bajo sus faldas, tuvo que darle un poco de autonomía, por mucho que fuese un niño en el cuerpo de un hombre.
De pronto el coche se puso a su altura. Aminoró la marcha. A Ramiro se le aceleró el corazón. Le daba pánico la oscuridad y se había hecho de noche muy temprano a consecuencia de la tormenta que se avecinaba. También temía lo desconocido. La carretera estaba desierta. Su madre le regañaría, no le gustaba que se le hiciera tarde en la calle. Se frotó la nariz con un tic nervioso. Sus pasos eran cada vez más rápidos. Notaba que el auto se le acercaba peligrosamente por mucho que él se pegase a la pared. De pronto, al ir a cruzar la carretera, el coche se paró delante de él cortándole el paso. Ramiro se estremeció temblando de miedo. Aunque al ver que era una persona conocida se relajó ligeramente, a lo mejor lo que quería era llevarlo en coche a su casa y su madre no se enfadaría. ¡Qué bien! Pensó.
—¡Ramiro! —lo llamó.
—Ho… hola —dijo mirando por la ventanilla que el conductor había bajado previamente.
—Acércate, quiero decirte una cosa —le gritó desde dentro—. Lo que has visto esta tarde no tiene importancia. Solo quiero decirte que no se lo digas a nadie, ¿vale?
—Se lo diré a mi madre. Estabas haciendo cochinadas. Os he visto. Se lo diré a tu madre y también se lo diré a su madre, eso no se hace. ¡Marranos! —contestó Ramiro retorciendo la gorra nueva entre las manos.
—¡No se lo vas a decir a nadie!, ¿lo oyes? Escúchame bien —suavizó el tono—. Es algo que hacemos los mayores. No tiene importancia. A ti también te gustaría hacerlo. Te propongo una cosa. Desde hoy ese será nuestro secreto.
—Mamá me dice que no debo tener secretos. Se lo tengo que decir.
—Haz lo que quieras, pero si se lo dices a lo mejor te pasa algo malo y tu madre se pondría muy triste…
Ramiro arrancó a correr intimidado mientras repetía que su madre no le dejaba tener secretos, que eran unos cochinos. El coche arrancó tras él para ponerse de nuevo a su altura. No podía dejar que abriera la boca. Pisó el acelerador asustando más a Ramiro. Le empezó a faltar el aire en los pulmones. Acrecentó el ritmo de la carrera jadeando por el esfuerzo. El coche paró. Ramiro pensó que le daría un respiro, que le estaba gastando una broma. La persona que conducía aumentó el volumen de la canción que sonaba en la radio, llevaba puesto un CD de villancicos y ese le gustaba especialmente: Santa Claus is coming to town, empezó a tararear. Ramiro miró hacía atrás desesperado al ver que el coche volvía a perseguirlo. Casi sin aliento aumentó la velocidad de nuevo. Sus pies se enredaron. En su cabeza las imágenes daban vueltas vertiginosamente. El corazón bombeaba sangre a un ritmo frenético. Ramiro cayó al suelo perdiendo el control de los esfínteres. Veía sin poder evitarlo como el coche se acercaba sin piedad y le pasaba por encima. Un dolor traspasó su columna vertebral. Quiso arrastrase para quitarse de en medio. Intentó llamar a su madre, pero de su boca no salía sonido alguno, solo una bocanada de sangre que lo ahogaba por momentos. En un instante de lucidez su cabeza le decía que debía apartarse de allí, pero el cuerpo no le respondía. Al momento, el coche, que había dado marcha atrás, volvía a acelerar pasando de nuevo sobre el maltrecho cuerpo de Ramiro. Esta vez no hubo dolor, solo un estallido dentro de su pecho. Ya todo fue oscuridad.   
La música seguía sonando. La persona que conducía bajó a mirar los desperfectos del coche. Al pasarle a Ramiro por encima uno de sus zapatos había salido disparado en una rocambolesca carambola y le había estropeado ligeramente el parachoques. Sacó un pañuelo de su bolsillo y limpió la zona, como si de aquella manera pudiera borrar todo rastro de lo que había ocurrido, como si fuese una simple mancha. Arrugó la nariz con disgusto. El coche era nuevo. Miró con rabia, no, no era rabia, era asco lo que sentía por Ramiro que estaba tendido en el suelo. Se acercó y con la punta del zapato le dio la vuelta. Aquel suceso estaba retrasando sus intenciones. Menuda molestia, se dijo.
Sacó unos guantes del maletero, los mismos que servían para no ensuciarse las manos al cambiar las llantas. Arrastró a Ramiro y lo levantó como pudo, aunque era un hombre delgado pesaba más de lo que podía parecer a simple vista. El esfuerzo de levantarlo le hizo jadear y sudar copiosamente pese a la baja temperatura. Cuando por fin lo introdujo en el maletero respiró con alivio. Se sacó los guantes y los arrojó con coraje sobre el cuerpo inerte de su victima. A lo lejos divisó las luces de un coche que se aproximaba por la carretera. Otro contratiempo, se dijo, resoplando. Bajó de golpe la puerta del maletero y se acomodó la ropa limpiando los restos de una suciedad imaginaria que se le hubiera podido adherir. El coche, al pasar por su lado aminoró la marcha hasta parar y preguntarle si necesitaba ayuda.
—No, gracias, se me había pinchado una rueda. Pero ya la cambié. Todo está bien —paseó la vista por la rueda. En ese momento vio un zapato de Ramiro. Con el pie lo empujó detrás de la llanta esperando que el inoportuno conductor no se hubiese dado cuenta.
—Perfecto, buenas noches y ¡Feliz navidad!
—¡Feliz Navidad!
Hizo ademán de subir al coche, pero en cuanto el otro auto se perdió en la distancia se agachó, recogió el zapato y lo tiró con rabia dentro del capó.

Llegó a la casa y metió el coche en el garaje. Repasó con mejor luz la zona del impacto por si había algún otro desperfecto. Cogió un paño y lo limpió de nuevo sacándole brillo. La abolladura era minúscula, apenas una rozadura. En la penumbra le había parecido más grave, y, aunque apenas se veía era una fatalidad para él que era un perfeccionista. Si alguien se fijaba podía tener problemas. En cuanto pudiera lo llevaría al taller, pero no en el pueblo, algún curioso podía hacer preguntas.
Se quedó pensando qué hacer con el cuerpo. La adrenalina corría por sus venas. La satisfacción de que las cosas salieran bien era lo mejor de todo aquello. Entró en la casa, le gustaba aquella casa, siempre le había gustado. Conectó la televisión, necesitaba relajarse. En casi todas las cadenas la programación era especial de nochebuena, música y humor se mezclaban. Rió a carcajadas con un sketch. Se sentía bien y se contagió del buen humor del programa. Al final estaba siendo una noche redonda. Al rato salió al jardín tropezando con unos materiales que los albañiles habían dejado esparcidos por el césped. Perjuró al golpearse el tobillo con una pala. Aquello le dio una idea. Necesitaba deshacerse del cuerpo. Estaban construyendo una piscina en el espacioso jardín y el agujero ya estaba abierto detrás de la casa. No se lo pensó dos veces. Se puso manos a la obra, cogió la pala y empezó a cavar con bastante esfuerzo, le costó ya que la tierra estaba muy dura. Agrandó un  poco más el agujero. Fue al garaje a buscar el cadáver de Ramiro, lo arrastró por la parte del jardín que no tenía césped evitando de ese modo huellas innecesarias. Lo hizo rodar hasta la parte más profunda y empezó a echar paladas de tierra sobre él renegando del peso de Ramiro. Le estaba suponiendo un esfuerzo demasiado grande, se quejaba entre dientes. Cuando terminó era bastante tarde ya que repasó milímetro a milímetro el terreno. Hasta que no quedó todo como estaba en un principio, no descansó. Al terminar echó un vistazo supervisando por última vez la zona. Viendo que todo estaba correcto entró en la casa de nuevo; se duchó, puso en  una bolsa las ropas que había usado y se vistió de fiesta, ya que había quedado para celebrar la nochebuena. Antes de salir se preparó una copa, se la tomó con calma y se fue a su cita con una enorme sonrisa de satisfacción.

Como todas las nochebuenas desde hacía más de cuarenta años, desde su primer año de casada, se juntaban todos a cenar. Antes con sus hermanos y padres, ahora con sus hijos, al igual que hacen la mayoría de las familias españolas. La nochebuena es para celebrar. Es una fiesta para estar con los seres queridos y pasar una noche de risas y cantos. La familia de Marina Delgado estaba bastante dispersa, pero ese día era sagrado. Ese día se reunían todos sus hijos, con sus respectivas parejas, alrededor de la mesa. Se explicaban las vivencias del tiempo que llevaban sin verse, unos más que otros, y aunque tuvieran sus discrepancias, siempre fueron una piña al lado de su madre, ahora por desgracia aquejada de Alzheimer. Este año con más motivo era una noche familiar. Ahora el peso de la casa, desde que su enfermedad se apoderó de su mente, había recaído en Yolanda, la menor de sus cuatro hijos.
La cena estaba preparada. Los aperitivos repartidos por la gran mesa de comedor, engalanada con el mejor mantel de lino. La vajilla de los días de fiesta y la cristalería que solo salía de la vitrina en días como aquel.
Solo faltaba Ramiro. Marina no se daba cuenta, un par de años atrás ya estaría poniendo el grito en el cielo y removiendo mar y tierra preguntando por Ramiro. No podían comunicarse con él, hacía tiempo que le tuvo que requisar el móvil porque no sabía usarlo. No le servía más que para que los niños del pueblo llamasen a diestro y siniestro. Ramiro era así, no tenía nada suyo, si tenía algo en las manos y “otro” niño se lo pedía, él se lo daba. Era generoso en exceso, como cualquier niño de su edad mental.

 Era raro que tardase tanto, era el mayor de los hijos de Marina, pero era como un niño, por lo tanto, cuando se le decía que debía llegar a una hora siempre solía volver a tiempo. Más de una vez si algún vecino lo veía por la calle y era un poco tarde lo acercaba con el coche, pero aquella noche no pasó. Nadie encontró a Ramiro a mitad de camino. Nadie lo acercó a casa. Habían pasado más de dos horas de la hora convenida para volver, y era más raro aún siendo la fecha que era, ya que Yolanda, su hermana, le había dicho que vendrían sus otros hermanos y le traerían regalos, palabra mágica que le hacía estar todo el día feliz.
Yolanda estaba nerviosa. No hacía más que mirar el reloj. Sus hermanos acababan de llegar. Juan, que era dos años menor que Ramiro preguntó por él, no entendía que su hermana lo dejase salir solo y menos en una noche como aquella, así se lo recriminó. Javier era un poco más pasota y dijo que ya llegaría, que siempre estaban encima de él, que le dieran un poco de margen, dicho lo cual, se acercó a la mesa y se sirvió una copa mientras esperaba que Yolanda y Juan dejasen de discutir. Las dos cuñadas se mantuvieron al margen, como cada vez que se hablaba de Ramiro. No fuese a ser que les tocase llevarlo a sus casas por temporadas, tema que alguna vez quiso tocar Yolanda, sobre todo desde que se había agudizado la enfermedad de su madre, pero al que siempre daban largas con la mayor educación y al final quedaba todo en agua de borrajas.
—Juan, tú no tienes ni idea de lo que es lidiar con mamá en el estado que está, y con Ramiro a la vez. Sabes que si no sale a la calle se pone muy nervioso y a veces se encierra en sí mismo y cuesta mucho que vuelva a estar bien, además aquí no hay peligro, esto es muy pequeño y todo el mundo lo conoce. También sabes que si tarda, siempre hay algún vecino que lo trae de vuelta a casa. Supongo que se habrá despistado jugando con algún chaval en el campo de fútbol, sabes que cuando se pone a jugar se le olvida todo, voy a ver si lo veo —contestó Yoli intentando disimular la angustia que sentía. 
—Te acompaño —informó Juan.
—Está bien, vamos antes de que sea más tarde.
—¿Queréis que os acompañe? —comentó Javier casi por obligación.
—No, vosotros os quedáis por si aparece, y si lo hiciera, avisáis.
—Está bien, lo que vosotros digáis.
Salieron los dos hermanos con el coche. Bajaron al centro del pueblo muy despacio por si subía por la carretera poder verlo. Llegaron a los sitios donde solía estar. El primer lugar al que acudieron era un club de fútbol al que era asociado y donde ayudaba a los camareros a recoger las mesas cuando había partido. Él era el último en salir y el primero en entrar. Era el niño mimado del club, casi una mascota, si Ramiro no estaba cuando empezaba un partido los jugadores lo extrañaban.
El club estaba cerrado, no era día de partidos ni de partidas. Todo el mundo estaba en sus casas con sus familiares celebrando de una u otra manera la nochebuena.
Dieron vueltas por todo el pueblo. Apenas había gente por la calle, pero a las pocas personas que encontraron le preguntaron por Ramiro. Nadie lo había visto desde hacía unas horas.
Yolanda miró a su hermano con creciente preocupación. Aquello ya no entraba dentro de la normalidad en lo más mínimo. Aquello no parecía un despiste. Definitivamente a Ramiro le había pasado algo. Juan había llegado a la misma conclusión a la vez que su hermana.
Llamaron a casa por si había alguna novedad y no les hubiesen avisado, era la última esperanza, aunque muy remota, que les quedaba, pero no hubo suerte. Ante lo inevitable decidieron ir a la policía a poner una denuncia por desaparición.

—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó un joven con cara de pocos amigos, a nadie le gusta trabajar en una noche como esa.
—Venimos a denunciar la desaparición de mi hermano —fue Yoli la que habló.
—¿Cuánto tiempo hace de la desaparición?
—No lo sabemos con certeza, unas horas.
—Le informo que hasta pasadas cuarenta y ocho horas no se considera desaparición. Dígame el nombre de la persona desaparecida.
—Ramiro Duperly Delgado.
—¿Edad? —seguía preguntando el policía con una profesionalidad exenta de emoción.
—Cuarenta y cinco años, pe…
—Señorita, con esa edad y en una noche como esta…
El policía se la quedó mirando con una media sonrisa en la cara. Juan se lo miró a su vez preparado para saltar, había dejado a su hermana menor que hablara ya que estaba estudiando criminalística y se desenvolvía bastante bien en esos ámbitos. Él no tenía la paciencia de Yolanda para seguir contestando las preguntas que les iban haciendo a cuentagotas, y en aquel momento le hervía la sangre. El policía, que parecía recién salido de la academia, seguro le había tocado guardia por eso, no tenía las tablas suficientes para lidiar con casos como aquel, se dijo Juan, respirando hondo para mantener la calma.
—Si no me hubiese cortado le habría podido explicar que mi hermano padece una discapacidad, su edad mental es la de un niño de siete años, por lo tanto requiere prioridad absoluta, si puede llamar a algún superior se lo agradecería, porque veo que para usted nuestra angustia carece de importancia —contestó Yolanda con toda la calma que pudo reunir.
Cuando el joven policía estaba a punto de ser devorado por dos pares de ojos, los de Yolanda y Juan, apareció un superior, notando la tensión que había en el ambiente preguntó si había algún problema.
—Desde luego que lo hay, ha desaparecido mi hermano y llevamos dos horas dando vueltas a las mismas preguntas sin adelantar nada —contestó Juan que no pudo callar por más tiempo.
—Señorita, tengo que rellenar el expediente —se dirigió a Yolanda el joven policía esperando que su superior no le metiese bronca.
—Está bien, acaben de rellenar el informe y pasen a mi despacho, veremos que se puede hacer, todo depende del tiempo que lleve desaparecido, creo que eso ya se lo habrá dicho mi compañero.
—No hace falta que nos lo diga —terció la hermana— sé perfectamente que han de pasar dos días en cualquier situación, pero es que mi hermano es discapacitado, se le debe considerar un menor, y como tal, hay que actuar de inmediato.
El agente de mayor rango se disculpó por su subordinado y les dijo que en cuanto hubiesen respondido todas las preguntas del informe pasasen inmediatamente a su despacho.
Al terminar con el agente, llamaron con los nudillos a la puerta del oficial y pidieron permiso para entrar en el despacho del superior. Alex Moreno, inspector; ponía el letrero de la puerta al igual que el de encima de la mesa. Yolanda entró primero pasando su hermano tras ella, el inspector les dijo que tomaran asiento y que le explicaran a él con detalle qué era lo que había pasado, si tenía enemigos o alguien le quería algún mal a Ramiro.
Tanto Yolanda como Juan fueron describiendo la personalidad de Ramiro; su ternura, su disposición a ayudar en todo lo que se le pedía, su minusvalía y cómo todo el mundo en el pueblo lo quería, e incluso lo mimaban en exceso, dándole caprichos como a cualquier niño, aunque él ya no lo fuera.
—Es imposible no quererlo —remató Yolanda su declaración.
—Es complicado decir qué puede haberle pasado, pero ahora mismo pongo a la patrulla a buscarlo, daremos el aviso y si se ha extraviado esperemos que para medianoche lo tengáis con vosotros —prometió el inspector sabiendo que no debía hacer aquello, él no podía tener la seguridad de que lo fuesen a encontrar, era un caso bastante extraño, si siempre hacía el mismo recorrido y nunca se había perdido ¿por qué había de hacerlo precisamente el día de nochebuena?, pero viendo la cara de angustia de la joven pensó que le vendría bien un poco de ánimo. No entendía qué le había pasado, él intentaba ser un buen policía y lo primero que le habían enseñado en la academia era a no dar falsas esperanzas, a no decir algo que no pudiera cumplir, “bueno ya estaba hecho”, pensó.
Juan y Yolanda llegaron a casa casi rozando la medianoche, la cena se había enfriado, nadie tenía ánimos para sentarse a la mesa y disfrutar del suculento banquete que habían preparado, no era un velatorio porque esperaban encontrarlo pronto, pero se parecía mucho, cada dos minutos uno u otro se asomaba a la ventana a ver si llegaba una patrulla con su hermano, pero por mucho que se asomasen la patrulla no llegaba, los teléfonos no querían sonar ni con buenas ni con malas noticias, silencio, la casa se había sumido en el más absoluto silencio.
Al despuntar el alba del día de navidad más desastroso de sus vidas, Yolanda no podía soportar más tanta inactividad, se levantó, se sentó ante el ordenador y estuvo confeccionando unos carteles para distribuir por todo el pueblo, aunque toda la gente lo conocía, eran días en que familiares y amigos se juntaban, por lo tanto, había mucha gente desconocida. Yolanda no descartaba la posibilidad de que alguien lo hubiera visto. Cuando los tuvo listos les advirtió a sus hermanos que se iba a repartir los carteles.
—¿No sería mejor que llamásemos a la policía antes de tomar ninguna iniciativa por nuestra cuenta? —Dijo Javier siempre dentro de su habitual pasotismo.
Para Javier nunca había prisa por nada, no parecía tener sangre en las venas, todo le daba bastante igual, mientras no le faltasen sus caprichos, el resto del mundo sobraba, Yolanda estaba alucinada, ni la desaparición de su hermano mayor había conseguido que se le moviera un pelo.
—La policía está más que avisada, si no han pasado por aquí será por que no ha habido novedades —se enfadó Yoli—, no te estoy diciendo que me acompañes, no sea que te ensucies tu inmaculado Armani, ah, no, que es de imitación, trabajas tanto que no te llega para vestir de marca por mucho que te mueras de ganas, no necesito a nadie, si quieres puedes irte a tu casa, duermes y si tienes una comida con la estirada familia de tu mujer no faltes, no sea que no te perdonen y no te vuelvan a dejar entrar en sus círculos.
—Hostia, Yoli, te has pasado, solo he dicho que esperemos a ver qué dice la policía —se quejó Javier, aún a sabiendas que su hermana tenía razón.
—Y yo te he dicho que no te preocupes que ya me muevo yo, han pasado muchas horas, pero quizá para vosotros es lo mejor, así desaparece la tara de la familia.
Yolanda estaba que se subía por las paredes, había dicho cosas de las que era consciente que después se arrepentiría, pero la pasividad de su hermano y su cuñada era superior a sus fuerzas. Con aquella frase había dado en el clavo, la mujer de su hermano, abogada de profesión, aunque nunca había ganado un caso, tenía muchos aires de grandeza, venía de una familia de abogados y aunque ella no se distinguía por su capacidad, trabajaba en el bufete de su padre, así pasaba desapercibida y si cometía un fallo ellos le cubrían la espalda. Montse era tan egoísta que no soportaba ver algo que “desentonase” en su entorno y ella sabía que Ramiro le repugnaba, un hombre al que había que regañarle como a un niño, o que a veces no sabía qué cubierto había que usar en cada ocasión, le molestaba. También sabía que ella habría sido incapaz de hacerle nada, no tenía el valor ni la inteligencia para ello, y tampoco su hermano se lo hubiese perdonado si le pasaba algo a Ramiro por culpa de ella, y ella estaba loca por Javier, eso también le constaba.
Metió los folios en una carpeta y salió dando un portazo, si se quedaba allí seguiría despotricando contra la insensible de su cuñada y el poca sangre de su hermano. Bajó hasta el centro del pueblo y empezó a colocar carteles en todas las farolas, tiendas, bares, cualquier sitio era bueno con tal de dejar la foto de su hermano desaparecido la noche anterior. Estaba poniendo un celo cuando una mano se posó sobre la suya.
—Yo te ayudo —dijo una voz a su espalda.
—Gracias, puedo sola.
—Perdona, pensé que te iría bien un poco de ayuda.
—¿Ayuda, dices? Menuda ayuda que es la policía de este pueblo, en toda la noche no habéis sido capaces de encontrar a una persona desamparada y asustada.
—Créeme que estamos haciendo todo lo posible, pero no es fácil, no tenemos ninguna pista que nos indique un camino a seguir. Ven, tomemos un café y hablemos, no estoy de servicio esta mañana, así que será en plan amigos si te parece bien.
—No tengo tiempo para cafés.
—A ver, esa actitud no ayuda, debes dejar que la policía haga su trabajo, estas cosas son lentas, pero no creas que no hacemos nada, te entiendo, de verdad que lo hago, pero no comer no te va a devolver a Ramiro.
—Está bien, tomemos ese café.
Entraron en la cafetería-panadería que tenían enfrente, era el día de navidad y no había nadie por la calle, solo los madrugadores de turno estaban, como todas las mañanas, desayunando, así que se sentaron en un rincón algo apartado para conversar con tranquilidad.
—Buenos días, madrugadores —saludó Maruja con una sonrisita pícara—, ¿qué os pongo?
—Madrugadora a la fuerza —contestó Yoli— ¿No habrás visto a Ramiro por aquí?
—No, chiquilla, es muy temprano, si casi ni han puesto las calles esta mañana, ¿no celebrasteis la nochebuena qué estáis levantados tan pronto?
—Pues no mucho, la verdad, por eso te he preguntado, mi hermano no volvió a casa anoche, estamos desesperados, si no te importa estoy poniendo estos carteles a ver si alguien lo ha visto —decía mientras se le empañaban los ojos.
—¡Pero chiquilla!, ¿qué me estás contando? —Se cuadró delante de ellos limpiándose las manos en el delantal— ¡Dónde se ha podido meter esa criatura! Hay, Dios mío, no gana una para disgustos, ahora mismo llamo a Manolo y le digo que te ayude a buscar, ¡¡Manolo!! —gritó desde mitad de la cafetería.
—Señora, no hace falta, de verdad, para eso estamos los policías, para buscarlo —comentó Alex algo molesto.
—Entonces eres policía, vaya, ya decía yo que no te había visto mucho por el pueblo, seguro que eres de la capital, pues te voy a decir algo, aquí vuestros métodos no funcionan, aquí lo que funciona es el boca a boca y esa criatura tiene que aparecer como que me llamo Maruja.
Al momento apareció “su” Manolo, como ella lo llamaba cariñosamente, Maruja le explicó, con muchos aspavientos, lo que había pasado. Al momento empezó a correr la voz, los vecinos a los que avisó Manolo se pusieron en marcha, en nada, había un grupo de vecinos dispuestos a todo para encontrarlo. Alex no daba crédito, estaban preparando delante de él y sin contar con su inestimable ayuda una patrulla de búsqueda, aquello era inaudito pasaban olímpicamente de la autoridad, llevaba poco tiempo destinado en aquel recóndito pueblo, pero pensaba que la ley y la justicia funcionaba igual en todas partes, por grande o pequeño que fuese el municipio.

Si Alex había pedido el traslado a un sitio pequeño como aquel era por aislarse del mundo, de los conflictos a los que se había visto abocado, cada vez con más frecuencia, todos decían que era un buen oficial, pero él no estaba seguro. Se involucraba demasiado en los problemas de la gente y ya le había acarreado algún que otro disgusto, sobre todo el último; se vio envuelto en una pelea de pareja, el marido le estaba propinando una brutal paliza a su mujer pero ella no quería denunciar, así que lo denunció él, no podía quedarse con los brazos cruzados, él era policía para eso, para evitar que personas como aquella siguieran haciendo daño. Era consciente que las mujeres la mayoría de las veces no denunciaban por miedo a futuras represalias, pero eran vecinos y le dijo que si surgía algún problema él estaría allí para ayudarla y si quería separarse y necesitaba cualquier cosa también, incluso le ofreció un cambio de identidad, le aseguró que su marido nunca la podría encontrar, pero ella se opuso, su vecina llegó incluso a decirle que le gustaba que su marido le pegase. Sabía que era miedo, que lo decía por el terror que le producía cuando llegaba borracho o colocado con sustancias algo más peligrosas. No pudo hacer nada, se culpaba por no haberla obligado a salir de aquel infierno. Ahora era demasiado tarde, ella estaba muerta, era una más de la larga lista de mujeres asesinadas en sus domicilios por la persona que se supone que tanto las aman y eso para él fue el detonante de una incipiente depresión, por eso pensó que en un pueblo pequeño de montaña y bastante aislado esas cosas no pasarían, al menos por un tiempo necesitaba poner orden en sus pensamientos y en sus sentimientos, si se paraba a analizarlos no estaba seguro si lo hizo porque era su obligación, o porque se estaba enamorando de aquella vecina, que nunca más le daría los buenos días con aquella triste sonrisa.
—¡Alex! —Chasqueó Yoli dos dedos delante de su cara— ¿te ocurre algo?
—Eh… esto, no, no me pasa nada, estaba pensando —mintió azorado.
—¿En qué pensabas? Si puede saberse, claro —preguntó Yoli curiosa.
—Pensaba… pensaba en lo solidarios que son los vecinos.
—Prueba otra vez.
—¿Cómo dices?
—Que pruebes otra vez, mientes muy mal —respondió ella con más curiosidad que antes.
—Por qué dices que miento, no miento, estaba pensando en lo curioso del caso —siguió mintiendo descaradamente.
Para nada iba a explicar allí, delante de todos, sus debilidades, porque eso eran para él, debilidades, era ser débil, se decía, el no ser capaz de desvincular el trabajo de las emociones. Ya se lo dijo en una ocasión el instructor de tiro, “Alex, esto es igual que ser médico, no te puedes implicar y tú te implicas demasiado.” Volvió a su ensimismamiento, Yoli estaba pendiente de su rostro, por momentos, casi se podía leer los pensamientos que iban pasando por su mente.
Terminaron el café y Yolanda se levantó con prisas, le pesaba haber perdido aquel tiempo precioso en el que podía estar pegando carteles y alguien dar noticias de su hermano. Alex salió de su ensimismamiento al notar que algo a su alrededor se movía, fue a la barra a pagar las consumiciones pero Maruja no se lo consintió, les dijo que esos cafés corrían por su cuenta. Al salir a la calle ya se estaba corriendo la voz, un grupito de vecinos estaban hablando con Manolo de lo que podían hacer, intentando coordinar a los que llegaban y ponerlos al corriente del caso. En menos de una hora ya había una expedición de búsqueda preparada.



viernes, 8 de marzo de 2019

Envenenado Recuerdo


El hombre se transformó en un monstruo, no sólo por su aspecto físico, sino también por la manera en que se había ido agriando su carácter. Aquella pérdida fue tan adversa, tan impactante que no se había podido recuperar.
Peter lo había tenido todo en la vida; dinero, posición, amor. La vida le sonreía y de qué manera. ¿Qué hacía en aquel sórdido lugar? No reconocía para nada aquel edificio en ruinas que ahora parecía ser su hogar.
No recordaba exactamente cuándo ni cómo llegó  allí. Miraba en derredor y no entendía nada. Un raído colchón tirado en un suelo plagado de inmundicia, unas cajas de cartón puestas de cualquier manera hacían de guardarropa. Estaban adosadas a la pared, para que no se mojasen con las goteras de la insistente lluvia que azotaba el pedazo de muro que todavía se mantenía en pie. Se arrebujó un poco más en la andrajosa manta con la que se refugiaba del intenso frío y de la persistente humedad. A su cabeza llegaron unos flashes, una explosión, un coche que salta por los aires. Y después de eso todo se funde en negro. Los demás recuerdos son de él, o cree ser él. Un hombre de éxito en lo personal y en lo profesional, un magnate de los negocios al que siempre le salía todo bien. Ya se sabe, el dinero llama al dinero. Pero entonces algo falla, algo se tuerce y empiezan a caer las empresas, una tras otra. Aquello parecía obra de algún conjuro. La cabeza le iba a estallar de nuevo, cada vez que evocaba lo que parecía ser su vida anterior algo le impedía llegar al final del desenlace. Boom, todo explota por los aires y su mente vuelve al negro total, aunque hoy no, hoy duele pero de momento el negro no es absoluto. Se sentía mareado, tenía hambre y sed pero sabía que en aquel momento no podía salir de allí o sería su final.
Unas sirenas ululaban en la noche neoyorkina. Unos pasos se acercaban. Intentó esconderse en una esquina, donde menos visible fuese. ¿De qué tenía miedo? De momento eso no lo había averiguado, pero llegaría, estaba seguro que llegaría.
Los tacones de una mujer resuenan y parece que se acercan, se encoje todo lo que puede debajo del retal que tiene por manta. Ese taconeo le hace pensar en otro, le parece estar escuchándolo en aquel instante. Otro flash asoma a su cabeza, una mujer, no, una mujer no, su mujer. Una risa escandalosamente falsa. Un móvil en su mano y él dentro del coche. Acababa de leer una carta que había encontrado dentro. De pronto recordó prácticamente todo. Al terminar de leer la maldita carta miró por la ventanilla del coche hacía donde estaba ella, en el justo instante que esta apretaba una tecla de su teléfono. Supuso que fue su instinto de supervivencia, o sencillamente no era su hora. Empujó la puerta con todo el ímpetu que le daba la desesperación y siguió recordando. Rodó unas cuantas vueltas envuelto en llamas. Alguien llegó corriendo al aparcamiento con un extintor. Tarde, era muy tarde. Su vida acababa de perder todo sentido. La persona que más amaba en el mundo le había quitado todo, hasta la vida. Que intentase matarle lo había convertido en lo que era. En aquel último flash había recordado todo y aquello se convertiría en la razón de su existencia. Sí, era un monstruo, nunca volvería a ser la persona de antes, no tanto por su aspecto físico, que se podía disimular, sino por su alma, que ahora estaba envenenada de odio y clamaba venganza.


viernes, 20 de julio de 2018

Cita de trabajo


—¿Hay alguien? —preguntó al ver que el cuarto estaba vacío.
No obtuvo ninguna respuesta, empujó la puerta, esta cedió y ella asomó la cabeza, no vio nada, solo polvo y desolación, parecía como si allí nunca hubiese habitado nadie, sin embargo la mesa estaba puesta para dos comensales, miró el papel que llevaba en la mano, salió a la calle y volvió a mirar el número, la dirección era correcta, no entendía nada.
—¡¡Holaa!! —gritó un poco más fuerte, pero no acudía nadie. Qué extraño, pensaba, para qué me citan aquí si luego no se presentan, necesito este trabajo, pero la casa me da grima, parece una casa encantada de las que salen en las películas de terror, y eso sí que no, con lo cagueta que soy, se repetía precisamente para infundirse valor.
Entró de nuevo, al fondo había una puerta, pensó que a lo mejor la persona que la citó no se había dado cuenta de la hora, aunque mirando aquella zahúrda no sabía si haría bien en coger aquel trabajo, todo parecía llevar mucho tiempo sin que le pasaran un trapo, todo no, se dijo, la mesa estaba puesta de un modo impecable y vajilla y cubertería relucían, así que alguien tuvo que hacerlo.
De pronto apareció una especie de mayordomo con una mesita auxiliar en la que llevaba una sopera de la que emanaba un aroma delicioso, aunque con el calor que hacía la verdad era que no apetecía mucho. Entró, se paró delante de la mesa y empezó a colocar los platos como si ella no estuviera, como si fuera transparente.
—Oiga, por favor —se dirigió al mayordomo sin obtener respuesta alguna— ¿me puede prestar un poco de atención? Será solo un momento.
Silencio fue lo único que obtuvo de él hasta que empezó a sonar una música al fondo, si no estaba equivocada era un allegro de Bach, el concierto nº 5 en Re Mayor, aquello era surrealista ¿Qué estaba pasando allí? ¿Se estaban riendo de ella? No quería estar más tiempo dentro de aquella habitación, dio media vuelta sobre sus pasos y se dirigió a la salida.
La mano del mayordomo cogió el pomo de la puerta, pensando ella que le franquearía el paso, pero la sorpresa fue mayúscula cuando lo que hizo fue darle media vuelta y cerrar con llave.
—La persona que entra en este cuarto, no sale —oyó una voz como de ultratumba.
Se asustó, ahora sí lo estaba de verdad, ella había aceptado un trabajo por Internet, no un secuestro, que era lo que aquello parecía, el corazón le bombeaba a mil, el sudor corría por sus sienes y le empezó a faltar el aire, no podía ser cierto, ella solo había respondido a un anuncio en el que buscaban niñera.
Una puerta chirrió al fondo, no vio salir ni entrar a nadie, algo le rozó el brazo, tembló de pies a cabeza, una mano se posó en su hombro y la obligó a sentarse. Más que una mano parecía una garra, la estancia estaba en penumbra, el terror se estaba apoderando de ella, el aire no entraba en sus pulmones cuando el mayordomo empezó a servirle la sopa. El olor para nada casaba con el aspecto, un líquido oscuro y viscoso. Se echó hacía atrás y crujió la silla, la mano del mayordomo la colocó en su sitio de un empellón, se le cortó de golpe el hilo de aire que con tanta dificultad llegaba a sus pulmones.
Frente a ella apareció un bebé sin saber cómo ni de dónde. El bebé era raro, sus movimientos eran lentos, pesados, mecánicos. Lo miró con atención y le pareció un muñeco de esos que parecen reales, le dio grima, alargó la mano para tocarlo y empezó a llorar, el llanto era enlatado, eso sí lo notó a la primera. A qué venía aquella broma macabra, si es que lo era. Los nervios estaban a punto de estallarle, la ansiedad hacía presa de ella.
—Debes acunar al bebé —sonó la voz de nuevo— necesitamos saber si serás una buena nurse.
—Perdón, pero creo que no me interesa el trabajo —dijo sollozando con un  casi imperceptible hilo de voz.
—Entonces no se hable más, eres libre.
De pronto se encendieron todas las luces, aparecieron globos y serpentinas.
—¡¡Felicidades!! —Corearon los que suponía eran sus amigos apareciendo de un falso decorado.
Es una broma de cumpleaños, le explicaron al cogerla del suelo casi desmayada del susto ¿Por qué hoy es tu cumpleaños, no?



martes, 6 de marzo de 2018

Recuerdos


Los años no pasaban en balde, cada mañana le costaba más levantarse de la cama, no porque le gustase estar acostada, nada más lejos de la realidad, sencillamente los huesos ya no la sostenían como antes, aquella energía que emanaba de su menuda figura cada vez disminuía un poco más. Ella que había sido un torbellino en su juventud, ahora necesitaba media vida para realizar las tareas que en un par de horas habría tenido listas hacía tan solo unos años.
Aquella mañana se había levantado triste, no sabía el por qué, ni el como, ni el cuando, pero la nostalgia hacía mella en su corazón, cogió un álbum de fotos y las fue repasando una a una, pasando las arrugadas manos con ternura por cada una de ellas. Cuántos recuerdos había encerrados en aquellas páginas, enganchados con tanto mimo durante toda una vida.
Miraba un retrato y rememoraba momentos que nunca volverían, entonces pasaba el dedo por encima de los ojos, le atusaba el pelo como solía hacerlo cuando estaba con vida, se llevaba la foto a los labios y le daba un tierno beso. Pasaba otra lámina y repetía la misma operación, esta vez con otro miembro ausente ya de su vida.
—¿Por qué, Señor, te los llevaste a todos? Qué hago en este mundo, si no tengo con quién compartirlo —se preguntaba cada día de su vida desde que esta se había cebado tan cruelmente con ella.
Pasaba otra lámina y empezaba de nuevo el ritual, ojos, pelo, beso, abrazo.
Aquella mañana le costaba dejar atrás los recuerdos, eran ya demasiados años sola, sin nadie a quien hablar, a quien regañar o a quien besar cuando sale por la puerta, bueno, hablaba con la doctora de vez en cuando, se sentaba en la sala de espera una hora antes de que le tocase su turno y si no hablaba al menos escuchaba voces humanas, y de tanto en tanto alguna persona solitaria como ella entablaba conversación, aquellos eran los únicos momentos en que no pensaba demasiado, escuetos momentos en los que olvidaba lo mucho que pedía encontrarse pronto con ellos, aquellos ratitos no sabía si eran para bien o para mal, ya que al volver a casa, con una bolsa de magdalenas y un par de bricks de leche, por no cocinar muchos días pasaba con eso, se sentía más sola, y volvía a preguntarle a Dios por qué la había dejado tan sola.
Aquel día no tuvo ganas ni del vaso de leche con la magdalena que se comía para desayunar, hacía días que no tenía hambre, comía algo porque había que hacerlo, y las pastillas de la tensión, junto con los calmantes para el dolor de huesos, no le sentaban bien.
Volvió a coger el álbum y lo abrazó con fuerza, allí estaba la foto de aquella jovencita de veinticuatro años que el cáncer le arrebató siendo casi una niña, tan guapa ella, tan joven. Y la otra, la de Pepe, aquel día que hicieron aquella barbacoa para los amigos y una tormenta les impidió llegar, los perros se pusieron las botas, una tímida sonrisa brotó de sus labios, menudo fin de semana, de película, la tormenta casi inunda la casa, las carreteras quedaron inservibles y ellos aislados, fue un buen fin de semana, y los perros, asustados como gallinas, pero para comerse la carne que se mojó no se asustaron, pensaba ahora ya con una gran sonrisa al recordarlo.
Debería desayunar, ¿Había tomado las pastillas aquella mañana? No lo recordaba, bueno, seguro que no, pensó, tampoco tenía hambre, no le apetecía levantarse del sofá, ahora que había encontrado una postura cómoda y no le dolía demasiado la espalda, igual sí que se las había tomado.
No recordaba qué estaba haciendo, bueno, quizá debería desayunar, pensó de nuevo, esta memoria, nunca me acuerdo de lo que hice hace dos minutos, señor, ¿por qué estoy tan sola? Debo estar pagando algún pecado de otra vida, si no, no entiendo este castigo. Creo que ya desayuné, sí seguro, porque me he debido tomar las pastillas o me dolería la espalda mucho más, aguantar tanto dolor, ¿para qué? se preguntaba de nuevo.
Se miró las manos, unas manos nudosas con los dedos retorcidos por la artrosis, tenía una foto en la mano, la miró sorprendida, mamá, que guapa estabas en esta foto, fue de las primeras, con aquel color sepia que le había dado el tiempo, parecía una artista de cine, qué guapa estaba su madre, y eso que era mayor.
Volvió a coger el álbum y lo apretó contra el pecho, allí estaban las personas que había amado en aquella azarosa vida, su hija, su marido, su madre, a su padre nunca lo conoció, lo mataron en la guerra, aquella guerra que dividió para siempre a las familias, a su madre nunca quisieron hablarle los familiares de su padre, quizá por eso estaba tan sola, no llegó a conocer a ninguno de ellos, que estaba en el bando equivocado, decían; ¿y ellos sabían cual era el correcto? Le tocó y punto, zanjaba su madre el tema, siempre le dijo que era muy guapo su padre, que se parecía a Errol Flynn, por eso ella ¿Dónde estaba aquella foto? Bueno, seguro que salía por allí, guardaba una foto recortada de una revista y lo miraba haciéndose cuenta que era su padre, en verdad era guapo, muy guapo, ajá, sonrió al encontrar el recorte en un separador.
—Hola, mi Príncipe —le dijo al caniche que se acomodaba en su regazo— ¿dónde te habías metido? ¿Has comido, Príncipe? No recuerdo si te puse de comer, supongo que sí, o ya estarías ladrando, que no perdonas nada.
Volvió a abrazar el álbum de fotos, pasó de nuevo las rugosas manos por la portada, la que había decorado con un collage de las fotos más relevantes, así si no quería abrirlo las podía ver, cuando tenía los brotes de dolor le costaba incluso pasar las páginas.
Príncipe empezó a lamerle la cara, ella no solía dejarlo, pero en aquel momento no le molestaba, era el único que le daba un poco de calor en aquella soledad, se relajó y cerró los ojos, estaba tan cansada, daría una cabezadita antes de comer, o ¿había comido ya? ¿Qué hora sería? Pasaban tan lentos los días. Bueno, daba lo mismo, tampoco tenía hambre, se le aflojaron las manos y el álbum de fotos resbaló de su regazo, su boca se curvó hacía arriba en una mueca de felicidad, allí estaban sus seres queridos, habían venido a verla, qué ilusión, quiso llamarlos para que se acomodaran a su lado, la mano cayó laxa en el sofá.
Príncipe aulló con desesperación lamiendo sus mejillas, estuvo así largo rato, hasta que, con una carita de pena que solo pueden poner los hijos peludos, de nuevo se acomodó en su regazo.



jueves, 1 de marzo de 2018

Carnaval en Venecia

Bajó del avión a media tarde, estaba previsto que llegase en un vuelo anterior pero no pudo ser, su jefe, siempre tan exigente, no la dejaba marchar dándole las últimas instrucciones.
El hotel estaba abarrotado, no había pensado la época del año que era, carnaval, y en Venecia, lo que faltaba, “bueno”, pensó, al toro por los cuernos.
—¿Me pedirá un taxi?
Signorina, esto es Venecia, il Vaporetto hoy no está en servicio y un Traghetto será complicado encontrarlo.
—¿Cómo se supone que debo llegar a mi destino?
—Disfrute, signorina, hoy no es día de trabajo, es carnaval —contestó sonriente el recepcionista entregándole un antifaz rosa rodeado de plumas.
Salió del hotel esbozando una sonrisa, le habían dicho que los italianos se parecen mucho a los españoles, desde luego, a ninguno le molestaba una fiesta de más, pues a ella sí, sería su sangre medio alemana. Cogió el maletín, no sabía qué hacer con el antifaz, lo colgó del asa y empezó a caminar por el trocito de mini acera que bordeaba el canal, una góndola se paró a su lado, el gondolero le dijo que si quería la llevaba, que al pasajero no le importaba, se quedó pensativa un momento, pero al final accedió, tenía que llegar a su destino, no es que la esperasen con urgencia, pero no le gustaba perder tiempo, tenía que reorganizar una empresa, cuanto antes mejor.
Le dio un poco de reparo, el caballero en cuestión iba disfrazado y no dejaba entrever su aspecto, ella era desconfiada, pero en ese momento no se lo podía permitir. Subió, el personaje se levantó, la ayudó y besó su mano con afectado gesto.
Las plumas del sombrero la hicieron estornudar, pero el personaje no abrió la boca, por un momento pensó que era mudo, ella con su pobre italiano le dio una tarjeta con la dirección a la que se dirigía, Arlequín, fue el nombre que le puso mentalmente, ya que iba vestido de blanco y negro, se la dio al gondolero asintiendo.
Después de un rato surcando las cenagosas aguas del canal, la góndola se detuvo ante lo que parecía un palacio, se hacía oscuro, pero aquello no se parecía en nada al lugar donde debía ir.
Hanno arrivato a suo destino—dijo el gondolero.
—Perdone, este no es mi destino —exclamó Emma.
Nadie pareció hacerle caso, Arlequín bajó y le tendió la mano ayudándola a ella.
El corazón le palpitaba acelerado, se resistía a entrar pero al parecer no le quedaba más remedio.
Abanti, signorina.
Entró en un salón iluminado por enormes lámparas, una orquesta esperaba la orden para ejecutar sus piezas y un camarero apareció, bandeja en mano, con sendas copas de champán.
Se quedó sorprendida y alarmada, allí no había nadie más aparte de la orquesta que en aquel momento a un gesto de Arlequín empezó a tocar, ¿Dónde se había metido? Pensaba, mientras una angustia hacía presa de su garganta, intentó tomar un sorbo de champán pero con la copa en los labios lo pensó mejor, ¿y si le habían puesto algo para dominar su voluntad? Ella sabía cosas de su empresa que no podían ser desveladas, estaban preparando algo grande y el espionaje industrial todos sabemos que es capaz de cualquier cosa con tal de hacerse con la información de la que era depositaria, de ahí el viaje, tenía que estar todo listo para que cuando llegase el jefe, en un par de días, pudiera dar la noticia a la prensa.
—Gracias, no me apetece —volvió a soltar la copa en la bandeja que el camarero sostenía.
—Perdone, no sé de qué va todo esto, pero tengo que marcharme, si fuera tan amable y buscarme un medio de transporte que me lleve a mi destino se lo agradeceré, desde luego le pagaré lo que me pida —intentaba que su voz sonase de lo más normal, pero sabía que no era así, las palabras le salían entrecortadas y el tono más agudo de lo habitual. Estaba aterrorizada, aquello parecía un secuestro, pero en qué secuestro te ponen música de orquesta, te reciben con champán y te invitan a bailar, se decía, mientras el desasosiego era cada vez más fuerte, pensó que si seguía allí le daría un ataque de ansiedad, si es que ¿por qué no le había hecho caso al recepcionista del hotel? Debería haberse puesto el antifaz y haberse mezclado entre la gente, disfrutando de la celebración y olvidarse por una vez de ser tan jodidamente responsable.
Signorina, acepte la copa, per favore, le va ha hacer falta —decía el musculoso camarero.
¿Qué le iba a hacer falta? Dios, aquello se estaba pasando de rosca, ¿dónde se había metido?, se le aceleró el pulso, intentó parecer tranquila aunque sabía que con los nervios que tenía aquello era imposible, se giró mirando en derredor a ver si había una posible vía de escape por algún lado, nada, imposible, las puertaventanas que daban al jardín estaban todas cerradas, y en la puerta estaba, como un poste el mayordomo, un armario ropero del tamaño del primo de Zumosol.
Emma estaba al borde de las lágrimas, no era lo normal en ella, siempre le decían que sabía controlar sus emociones, que su carácter era muy teutón en ese sentido, pero aquello no se parecía en nada a lidiar con trabajadores malhumorados o con un jefe adicto al trabajo, aquello, aquello… se desmoronó, llegó como pudo a una silla, se sentó evitando que las piernas le fallaran. La orquesta seguía tocando baladas románticas ajena a su desconcierto.
Arlequín se acercó a ella, le tendió una mano en el típico gesto de sacarla a bailar, ella negó con la cabeza y con los ojos vidriosos suplicó que la dejara marchar.
—Relájate, trabajas demasiado, esto es una muestra de lo que vales para la empresa —dijo Arlequín con una voz familiar—, no es nada, comparado con lo que vales sobre todo para mí.

Se quitó la máscara dejando al descubierto su identidad, Emma quiso matarlo allí mismo, con sus propias manos, pero en lugar de eso, se desmayó. 


Necesidad de ti


Llevo demasiados días sin verla, estoy seguro que debe estar molesta conmigo, pensaba Jaime sentado en su oficina y notando como el deseo se abría paso en sus venas.
No se lo pensó más, la necesidad de abrazarla, de besarla, de tenerla entre sus brazos era superior a sus fuerzas, llevaba días disperso, las montañas de trabajo se acumulaban sobre la mesa de su escritorio y no era capaz de darles salida, no se lo pensó dos veces, ni siquiera la llamaría, se presentaría en su casa, cuándo lo viese seguro que no le tiraría la caballería encima. Al llegar casi a la puerta de su casa recordó que a dos calles había una coctelería en la que preparaban aquellos alexander que a ella tanto le gustaban, sería la manera de hacerse perdonar la ausencia y el no haberla llamado en unos cuantos días.
Con el cóctel en la mano llamó al timbre y solo pensar lo que le esperaba en cuanto ella le abriese la puerta una sonrisa se instaló en su cara, la primera idea había sido camuflarse detrás de un enorme ramo de rosas, pero estaba seguro que le diría que aquello estaba muy trillado, por eso pensó que el cóctel la pillaría por sorpresa y eso era precisamente lo que él buscaba aquella tarde, darle una mayúscula sorpresa, se la merecía por toda la paciencia que tenía con él.
Cuando Rhona abrió la puerta en lo primero que se fijó fue en sus ojos, estaba triste y sabía que él era el culpable, así que la compensaría en la medida de lo posible, y tenía unas ganas locas de compensarla, de hacerla feliz como a ella le gustaba, aunque ella seguro que pensaría que lo hacía por egoísmo, pero nada más lejos de la realidad, lo hacía por los dos, tampoco era cuestión de mentirse a sí mismo.
Le encantó la manera en que ella atrapó la copa entre sus manos, la forma de sorber el cóctel con la pajita, el primer trago pasando por su garganta y el regusto que le dejó al besarlo.
—No te imaginas las ganas que tenía de verte —le dijo.
Rhona le contestó si solo de verla, ¿cómo podía poner en duda las ganas que tenía siempre de ella? Pero si era obvio, había dejado el despacho diciéndole a la secretaria que si alguien preguntaba estaba reunido, algo que no solía hacer nunca, el trabajo era lo primero, aunque Rhona cada vez se le metía más adentro, dichosa crisis que no le permitía delegar más. Se dejó arrastrar de la corbata, eso le gustaba, le encendía que ella se mostrase un poquito salvaje en alguna ocasión, así demostraba ella que tenía tantas ganas como él, la tarde prometía.
Encendió unas velas que enardecieron más aún si eso era posible las ganas que tenía, si por él hubiera sido habría pasado de preliminares, pero eso era imposible, a las mujeres les gustaban y esta era especialista en ellos, debía ser sincero con él mismo, también le gustaban cómo le ponía cuando lo arrastraba de la mano para llevarlo a la ducha, el chorro del agua caliente mojando sus cuerpos, esa sensación cuando le pasaba el gel, afrodisíaco según ella, cosa que no necesitaba, pero reconocía que olía bien, y no sería el gel, pero la sensación mientras sus manos lo enjabonaban estaba consiguiendo que lo creyese, y le dijo cursi porque dibujó un corazón en la mampara de la ducha, más cursi había sido él al meterse en la cama abrazarla por detrás y decirle que no necesitaba nada más, y en realidad así era, cómo le gustaba el roce, piel con piel, qué sensación tan maravillosa. Se hubiera quedado la vida entera así, hasta tuvo la osadía de decírselo, y ella se revolvió mimosa ajustando más si cabía su silueta a la de él, lástima de aquella llamada, ¿por qué tenía la sensación que su mujer tenía un radar para saber cuando estaba con ella?



miércoles, 17 de enero de 2018

Una travesía accidentada

El regalo de aquel cumpleaños tenía que ser sonado, estaba decidida a que su madre, la persona más abnegada del mundo, tuviese aquello que toda su vida había deseado y, que por unas circunstancias u otras, nunca había podido lograr, así que sacó todos los ahorros de su vida y le compró aquel barquito que ella siempre contemplaba, con nostalgia, desde la ventana de su habitación con la melancolía de la edad y los sueños incumplidos.
Se hacía mayor y su vida había sido un constante trabajar. Primero, la postguerra la dejó huérfana de padre muy joven, así que como era la mayor de los diez hermanos, le tocó sacarlos adelante. En aquella época no había tele, decían ya de mayores cuando se referían a aquellos tiempos, para reír a continuación los niños escuchando a sus mayores y poner la imaginación a volar suponiendo mil maneras en que sus abuelos se “entretenían” sin la tele para tener tantos hijos, no sabían de la misa la mitad. Entonces el sexo no era cosa de dos, era cosa del marido sin importar demasiado si la mujer no tenía ganas, si de verdad le dolía la cabeza, o era por su brusca manera de poseerla, sin pensar en lo que ella quería o necesitaba, sin unos besos o caricias para calentar el ambiente, sencillamente tomaban lo que según ellos les pertenecía, sin importar demasiado la opinión de la persona que tenían al lado, y ojo, la mayoría no lo hacían porque no las quisieran, tampoco entendían otra manera, era lo que el cura les decía, a ellas, que tenían que obedecer en todo a sus maridos, a ellos, que eran de su propiedad, incluso las madres a la hora de casarlas les daban igual consejo, así que pasaban la vida obedeciendo y sin rechistar, porque era lo que les había tocado, y si el marido entregaba el sueldo íntegro en casa y no se lo gastaba en la cantina, tenían suerte, era un buen marido.
Pero por bueno que fuera su marido, que lo fue, el día que aquel fatídico accidente se lo llevó dejándola viuda casi tan joven como lo había sido su abuela, no se entristeció demasiado.
Para su madre la suerte había sido que las cosas no eran como en los tiempos de su abuela y ella solo tuvo cuatro hijos, tampoco le había dado mucho más tiempo, su marido era marino y entre travesía y travesía le hacía un niño, o más bien una niña, buscando el niño, que decían antes, así se cargaban de hijos, si no era el niño era la niña, o buscaban la parejita, y si no, era un “accidente” y la mujer siempre estaba sometida a los deseos del hombre de la casa.
Estos eran otros tiempos, y María Dolores, o Mariloli como la llamaban familiarmente, veía a su madre siempre detrás de la ventana, con la mirada perdida en algún punto del horizonte, siempre desde que tenía uso de razón le notaba aquella triste mirada, sobre todo cuando pensaba que nadie la veía, ella le preguntó en infinidad de ocasiones pero su madre siempre adujo que eran tonterías de juventud, y no dio nunca una explicación directa o satisfactoria del por qué de aquella tristeza infinita.
Mariloli al principio pensaba que podía ser por su padre, pero sus padres no habían sido especialmente cariñosos el uno con el otro, los dos eran buenos a su manera, su madre al estar siempre en casa era más cariñosa con sus hijos. Su padre, siempre de travesía en travesía, cuando volvía, a veces incluso intercambiaba el nombre de alguno de sus hermanos pequeños, cosa que a su madre le molestaba enormemente, por eso ella siempre estuvo pendiente de su madre que, aunque de aspecto frágil, era una mujer muy fuerte, no habría podido sobrellevar tanta carga de no serlo, madre muy joven, sin ayuda de nadie, ya que a su padre al poco de casarse lo trasladaron de puerto y se fueron los dos solos, sin familia ninguna a la que acudir en momentos difíciles y los hubo, luego vinieron los hijos, Mariloli fue la primera y se llevaban el que más un par de años, en menos de nueve años, que fue lo que duró su matrimonio, fueron familia numerosa, de las de antes, que ahora con tres ya lo son, después, con la pequeña de pecho todavía, el accidente. El barco de su padre sufrió un terrible incendio y en mitad del mar en una espantosa deflagración se deshizo en pedazos de chatarra y víctimas humanas, no sobrevivió nadie.
Ella era muy pequeña y prácticamente no recordaba nada de todo aquello, solo recordaba vagamente a sus dos abuelas, que llegaron desde dos puntos muy diferentes de la geografía española, a hacerse cargo de todo, cada una quería llevar a su casa a alguno de sus nietos, creían que “la Consuelito”, como llamaban a su madre por su aspecto aniñado, no iba a ser capaz de sacar adelante a cuatro criaturas ella sola, sin el apoyo de su marido, decían, pero ella se negó en redondo, su casa estaba allí, y allí se quedaría ella con sus hijas.
De aquello habían pasado más de treinta años y Consuelo seguía con la misma mirada perdida en la ventana de su casa, la que daba al rompeolas.
—Feliz cumpleaños, mamá —dio dos besos Mariloli a su madre dándole un sobre como regalo.
—Te has acordado, gracias mi amor —contestó como si se hubiese olvidado alguna vez.
—Mamá, ¡cómo crees que me voy a olvidar de algo tan importante!
Consuelo sacudió la mano delante de ella con un bah, no hacía falta que me trajeses nada y, un sobre, miedo me da, no quería abrirlo, tenía la sospecha que su hija algún día le hiciera algún regalo que no mereciese, ella solo había hecho lo que pudo con ellas, y ellas le habían salido buenas hijas, las tres menores bien casadas, que decía ella, la mayor no, con la mayor tenía una espinita clavada, había salido con un par de chicos de jovencita pero ninguno fue de su completo agrado, y ella se hacía mayor y no quería que se quedase sola, las cosas ahora no eran como antes, pero una mujer sola…
—¿Qué piensas mamá? —preguntó de pronto Mariloli.
—En que deberías buscarte un marido, o una pareja como decís ahora, pero alguien que te haga compañía.
—Mamá, no vuelvas con lo mismo, sabes que soy feliz sola, no necesito a ningún hombre en mi vida si no es para pasarlo bien, jajaja.
—Los años pasan, y llega un momento que la soledad te invade y es bueno compartirla con alguien.
—Y ¿por qué no te has buscado tú alguien? Llevas sola prácticamente toda la vida, aplícate el cuento —respondía siempre de la misma forma, haciendo callar a su madre.
Consuelo abrió el sobre con manos temblorosas, un sobre demasiado grande para ser un cheque regalo del Corte Inglés, pensaba, esta hija mía siempre sacando los pies del plato. Sacó los documentos y no entendía bien qué significaba todo aquello, parecía una escritura de compra venta.
Mariloli la miraba con ojos embelesados pensando que su madre sería la mujer más feliz del mundo, pero al ver la cara de espanto que había puesto se quedó petrificada.
—¿Qué significa esto? —preguntó su madre con una voz que ella casi no reconocía.
—Es tu regalo, mamá, siempre miras aquel barquito del muelle, creo que te recuerda a papá, por eso he pensado regalártelo, para que puedas subir y estar más cerca de él.
—¡Qué sabrás tú! —espetó con una rabia que dejó a su hija muda.
—Qué tengo que saber, mamá —preguntó cuando pudo articular las palabras.
—Perdona, hija, no debí decir eso —quiso rectificar, pero su hija había visto una faceta de ella completamente desconocida.
—Si no he acertado con el regalo lo siento, pero creo que te ha salido de muy adentro esa exclamación, así que no te vas a escapar de que me des una explicación.
—No hay nada que explicar, son cosas de vieja —intentó zanjar el tema.
—Odio los barcos, solo eso, no entiendo de dónde has sacado que me gustasen.
—Pero si te pasas la vida contemplándolo, yo pensé…
—Ese es tu problema, todo lo das por supuesto, siempre te he dicho que no me gustaba hablar de aquella época, pero nunca me lo has respetado, siempre queriendo hurgar en mi pasado —se quejaba Consuelo con una intensa rabia en la mirada.
María Dolores no entendía nada, toda la vida pensando que su madre sentía nostalgia o que añoraba a su padre de alguna manera y ahora ella le salía con aquella furia, con una ira de la que su madre nunca había hecho gala, siempre había sido una mujer cariñosa y amable.
Consuelo después de decirle a su hija que se sentara y la esperase se fue a la cocina, preparó café y unas pastas, lo sirvió y con toda la parsimonia que le daba una edad en la que las prisas habían dejado de tener sentido,  se sentó frente a su hija y empezó a relatar su historia, algo tan inverosímil como ella misma, en aquel momento escuchaba a su madre hablar y no la conocía, aquella mujer no podía ser su madre.
—Tú eres una mentira, ahora ya lo sabes —terminó Consuelo su relato.
María Dolores se quedó muda, había estado viviendo una mentira toda su vida y su madre se lo acababa de decir como si no pasara nada, como si ella no contase para nada. Cómo encajar que su padre no era su padre, que su madre estaba enamorada de otro hombre, un marinero compañero de su esposo, que la había enamorado sabiendo que tenía otra familia, que le hizo creer que se fugarían juntos, que la esperaría en el barco, un barco al que el marinero nunca subió. Consuelo se quedó esperando desolada, con un incipiente embarazo del que nadie sabía nada, ni siquiera el padre de la criatura.
A Consuelo se le cayó el mundo encima al acercarse el mejor amigo de su enamorado que venía a entregarle una nota de despedida, con un escueto “Lo siento”, al leerlo, Consuelo se desmayó y cuando despertó estaba en un dispensario de la cruz roja, donde le dijeron lo que ya sabía, Agustín que así se llamaba el que la socorrió se apiado de ella y le propuso matrimonio, ella por el qué dirán aceptó, y consintió vivir aquella mentira, Agustín no fue un mal marido, pero ella nunca pudo perdonarse haber sido tan ingenua, intentó llevar una vida lo más normal posible, pero la rabia del engaño nunca pudo superarla, amaba a su hija tanto como a las otras, pero odiaba al padre de esta y cada vez que miraba aquel barco era para no olvidar que vivía para odiar.
Teresa Mateo