En casa se habían quedado su hermano Juan y su cuñada Gemma, esta era un
poco más persona que la mujer de su hermano Javier, mientras, cuidaban a su
madre y le hacían creer que todo estaba bien. Por desgracia o por suerte, en
aquel momento para ella los períodos lúcidos pasaban rápido y volvía a su mundo
interior. Vivía en un mundo en el que no cabía la realidad. Un mundo lleno de
tinieblas en el que cada vez se sumergía más a menudo y le costaba más salir de
esa zona nebulosa en que se mantenía ajena a la realidad.
Gemma estuvo recogiendo lo que habían preparado para la cena de
nochebuena, que había quedado intacto, era una mujer activa y no podía estar
mano sobre mano. No quería pensar, tenía un mal presentimiento y a medida que
pasaban las horas sin noticias de Ramiro, ese presentimiento se acentuaba. Juan
no hacía más que dar vueltas arriba y abajo de la casa, cosa que estaba sacando
de quicio a Gemma. Entendía perfectamente que estuviese nervioso, pero sería
más productivo ayudándola a ella o sacando a su madre a pasear para distraerla,
que desgastando las baldosas del suelo.
—Juan, por favor, ¿puedes parar un poco de dar paseos? Cariño, todos
estamos nerviosos, pero no por eso aparecerá antes.
—Lo sé, pero no puedo evitarlo, esto me huele muy mal, no entiendo cómo
se ha podido perder de esta manera —le dijo bajando la voz para que no lo
escuchase su madre.
Le costaba pensar que le hubiese pasado otra cosa que no fuera que se
había despistado, aunque en su fuero interno sabía que aquella era la más
improbable de todas las hipótesis. Ramiro era un niño grande y como niño que
era, sus costumbres eran fijas. Su día a
día era uno calcado del otro, por eso todos en la casa tenían esa sensación en
la boca del estómago. Todos menos Marina, en su mundo apenas se daba cuenta de
que su hijo hacía más de dieciocho horas que no aparecía por casa, ella, que
desde que con tres añitos, los pediatras detectaron que Ramiro padecía una
discapacidad intelectual, debido a un medicamento prescrito durante el
embarazo, no se había separado de él en ningún momento. Ahora, solo en alguna
esporádica ocasión se daba cuenta que no estaba, pero no recordaba cuánto
tiempo hacía desde que lo había visto por última vez, así que preguntaba por
Ramirito, así le llamaban en casa, ocasionalmente, entonces Juan le decía que
acababa de salir, que en un rato volvería y ella volvía a sumirse en su mundo
de sombras nuevamente.
Juan accedió a la recomendación de su mujer y sacó a su madre a pasear,
más por él que por ella, pero tenía que hacer algo. Mientras tanto, Gemma
terminaba de ordenar la cocina esperando una llamada de su cuñada, se ponía en
la piel de ella y la verdad era que no podía dejar de admirarla, a sus treinta
y dos años llevaba tiempo haciéndose cargo de una madre enferma y un hermano
que, aunque se valía perfectamente por si mismo, había que estar pendiente de
él, ya que si no le decías que comiera él no comía, y si no le decías que se
duchase él no sabía que lo tenía que hacer, incluso le tenía que ayudar con el
afeitado, la maquinilla eléctrica no la sabía hacer servir y con las
desechables se cortaba, así que cada dos o tres días, Yolanda, incluso lo
afeitaba.
Gemma se quedó pensativa, se estaba nublando, el tiempo se había vuelto
desapacible y húmedo, los nubarrones cada vez oscurecían más la montaña y el
olor a tierra mojada se sentía en el ambiente. De pronto un escalofrío atravesó
su columna vertebral, cruzó los brazos abrazándose a sí misma, no sabía bien si
para darse calor o ánimos, así que por hacer algo cogió un par de troncos y los
echó en la chimenea atizando las brasas para que a continuación prendieran y
caldearan un poco más la estancia. Nadie se había acordado de avivar el fuego y
este prácticamente se había apagado. Viviendo en una casa rural la calefacción
eléctrica no tenía sentido. En la chimenea se quemaban todos los rastrojos y
troncos de la poda de los árboles del pequeño huerto que tenían detrás de la
casa, y que ya solo acogía unos cuantos frutales, que cada vez más se iban
retorciendo en nudosas y viejas ramas, como si se solidarizasen con Marina.
Ella los había cuidado siempre con tanto cariño que ahora notaban que no eran
las mismas manos las que lo hacían, perdían vitalidad al mismo ritmo que lo
hacía ella.
Javier después de llegar a su casa se arrepintió de haberse ido. No había
estado a la altura. No obstante, vio a Montse revolverse inquieta en el sofá,
para ella aquello no tenía la menor relevancia, ya que ella no empatizaba con
la familia de su marido. Tampoco era un secreto; hacía tres o cuatro visitas al
año y con eso cumplía. En realidad siempre pensó que su familia política no
estaba a su altura. No le supuso ningún esfuerzo marcharse, así que llegó a su
casa y tranquilamente se fue a dormir. Habían quedado con su familia para comer
el día de navidad en un restaurante bastante lujoso y quería estar perfecta. No
así Javier; en aquel momento tenía una sensación de culpa y remordimiento, un
desasosiego que no lo dejaba en paz. Se puso en pie de pronto y le dejó una
nota a su mujer. Una nota en la que le decía que sintiéndolo mucho aquel día no
estaba para fiestas, que lo excusase ante sus familiares, pero tenía que estar
con sus hermanos. No podía dejarlos solos en aquellas circunstancias.
Llegó a casa de su madre casi a mediodía. Al entrar por la puerta, Juan,
por unos segundos, pensó que era Ramiro, estaba a punto de preguntarle dónde
había estado cuando vio que era Javier.
—Ah, ¿eres tú? —dijo con malestar.
—¿Esperabas a otra persona? —respondió con igual tono.
—Pues claro. No te pongas mordaz que no te pega. Ramiro no ha aparecido,
pero ni siquiera has preguntado por él.
—No me has dado tiempo. No estés a la defensiva, estoy aquí, ¿no?
—Está bien, tenemos que estar unidos, pero no creas que voy a olvidar el
desplante de anoche.
Javier agachó la cabeza mientras su mirada se posaba en algún punto
indeterminado de la alfombra. Movió el pie intentando sacar una inexistente
mancha para evitar a toda costa el contacto visual con su hermano.
Fuera, el día cada vez se oscurecía más. Un espantoso trueno sobrecogió a
los dos hermanos. Se miraron y esta vez Javier preguntó por su hermana menor.
Juan le informó que se había ido a pegar carteles y todavía no había vuelto,
que estaba a punto de llamarla cuando él había aparecido por la puerta.
En el pueblo, el grupo que se
había formado estaba de vuelta. Habían salido a la desbandada sin un plan de
búsqueda. Sin nadie que coordinara la expedición, cosa que Alex imaginaba.
Nadie quiso escuchar a un poli de ciudad, así que se sumó a la búsqueda como un
vecino más; pensó que cuando vieran que las cosas no salían como esperaban, se
decidirían a dejarle actuar como le habían enseñado en la academia. No se había
separado de Yoli en ningún momento, a ella no le parecía necesario, pero él la
convenció y le dijo que si aparecía era mejor que él estuviese a su lado, por
si había que hacer algún informe, (aquello no era del todo cierto, no era capaz
de decirle que una de las posibilidades era que Ramiro estuviese muerto). Alex
les dejó muy claro que si lo encontraban y estaba herido, sobre todo, que no lo
tocasen. Les avisó que podía ser peor. Gracias a las benditas series de policía
de la tele, todo el mundo estuvo de acuerdo.
De pronto empezó a tronar y a caer una lluvia torrencial. Yolanda quería
seguir buscando a toda costa pero Alex se negó rotundamente. Casi a la fuerza
la obligó a volver. Con esa lluvia no podían caminar por el monte, se hundían
los pies en el fango y no quería sumar una desgracia más, le dijo inflexible.
Casi a la fuerza la condujo a su casa con una promesa: en cuanto
escampara haría venir a los perros rastreadores y las patrullas que hiciesen
falta. De aquella manera no podía seguir, le dijo. Además no había comido nada
en todo el día y si quería ayudar tenía que alimentarse. Sin fuerzas, le dijo,
no sería de mucha ayuda, con eso la acabó de convencer.
Invitó a Alex a pasar cuando llegaron. Le presentó a su otro hermano,
puesto que a Juan ya lo conocía. Se saludaron aunque con cierto recelo. Javier
desconfiaba de todos los hombres que se acercaban a su hermana, cosa que a ella
le indignaba, pero aceptaba por ser el que siempre había estado allí para ella.
Era el más cercano en edad y cómplice de
sus travesuras infantiles.
Se dieron la mano como caballeros, pero ninguno se quitó el ojo de
encima. Yoli se daba cuenta que sin conocerse de nada había una tensión entre
ellos inexplicable, así que le dijo a su cuñada que llevase a su madre a la
cocina, que tenían que hablar. Una vez solos invitó a Alex a explicar los
planes de búsqueda, este se metió a fondo, intentando agradar al hermano tanto
como a ella e intentando que lo que decía no sonase ni demasiado optimista, ni
demasiado pesimista, cosa que era bastante complicado, dadas las
circunstancias.
Terminado el discurso se dispusieron a cenar algo. Había sido un día muy
duro y estaban exhaustos, ninguno tenía hambre, pero como les dijo Alex, en
aquel momento no podían desfallecer, y alimentarse bien era primordial para
todo lo que les esperaba. Sin querer ser fatalista les dijo que estuviesen
preparados para cualquier noticia, mala o buena. También les dijo que haría
todo lo que estuviera en su mano para que aquel caso se esclareciera lo antes
posible, dicho esto, Alex declinó la invitación a cenar con ellos, aludiendo
que tenía trabajo que hacer y se marchó.
Cuando Alex llegó a comisaría, bien entrada la noche, lo primero que hizo
fue poner en marcha un dispositivo de búsqueda urgente. Estaba dada la voz de
alarma pero el protocolo que se había seguido era el normal; pidió perros
rastreadores, patrullas de montaña, etc. Movilizó los refuerzos necesarios para
escudriñar el monte de arriba abajo. Aunque llevaba lloviendo torrencialmente
toda la noche, esperaba, cuando dejase de llover, hallar alguna pista que diera
con su paradero.
Una vez que tuvo todo preparado, salió a desayunar. Salió sin una idea
preconcebida, era un hombre metódico. Siempre hacía las comidas en el bar de al
lado de la comisaría, pero esa mañana ni siquiera se dio cuenta que se había
alejado más de lo normal. Caminaba ensimismado en sus pensamientos, concentrado
en el problema que se le avecinaba. Nunca pensó tenerse que enfrentar de esa
manera al dolor de una familia. Un dolor que le estaba afectando demasiado… de
nuevo.
—¿Qué tomará el agente? —preguntó Maruja displicente.
Se la quedó mirando como si la mujer, en realidad, fuera un fantasma o un
extraterrestre. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí.
—Capitán —sonrió Maruja al decirlo— le pongo algo o ¿ha venido a pasar el
rato?
—Inspector, solo soy inspector —aclaró sin darse cuenta de la mofa de la
dueña de la cafetería—. Un café con leche y un cruasán, gracias.
Maruja se fue a preparar el encargo, cuando volvió se lo puso delante,
entre el periódico y él, y, sin pedir permiso, se sentó a la mesa.
—Puede sentarse, está usted en su casa —reaccionó por fin.
El retintín de Alex no le pasó inadvertido, pero le daba igual. Estaba
acostumbrada a lidiar con todo tipo de personas y un inspector de tres al
cuarto llegado de la gran ciudad no la asustaba a ella. Aunque seguiría
llamándole capitán, “le va bien el grado”, pensaba.
—Gracias, lo sé —contestó ligeramente agresiva— ya que está aquí,
capitán, le quiero preguntar cómo va la búsqueda de Ramiro, ¿lo han encontrado
ya? ¿Tienen alguna pista, por lo menos?
—Lo siento, no puedo darle ningún tipo de información. Usted no es
familiar del desaparecido.
—A mí no me vengas con tecnicismos. Esto es un pueblo pequeño, nos
conocemos todos y somos como una familia… Bueno, casi todos —puntualizó insolente—.
Además, veo que no está de servicio, o sea, que se lo estoy preguntando a un
amigo, ¿o me equivoco con usted?
—No, no estoy de servicio, pero eso no quiere decir que pueda ir dando
información de un caso sin el consentimiento explicito de sus familiares más
directos.
—Mire, capitán…
—Inspector, ya le dije antes que solo soy inspector.
—No se enfade, le estoy dando categoría, además, te queda bien lo de
capitán, te veo — poniéndole una mano en el brazo lo tuteó de repente. Podía
ser su madre, no se iba a andar con remilgos, pensó, haciéndolo callar cuando
empezaba a protestar—. Mira, te lo voy a decir claro, esa criatura tiene que
aparecer. Así que en vez de estar tomando cafecitos ¿por qué no estás pateando
el bosque?, o el pueblo o lo que sea que haya que patear hasta que aparezca.
—Mire, doña Maruja, lo primero, no puedo ni debo darle explicaciones. Me
doy cuenta que no soy santo de su devoción, pero hago mi trabajo lo mejor que
puedo. No tenemos pistas. No tenemos un rastro que seguir. Por lo tanto vamos a
ciegas, pero no descartamos ninguna vía de investigación. Se está montando un
dispositivo. Estoy esperando que lleguen los perros y el material necesario.
Los voluntarios están peinando la zona, por el momento no podemos hacer nada
más.
—Sigues con tu palabrería de policía de ciudad. Resumiendo, que no tienes
ni idea, vaya, mucho policía de ciudad, mucho material, muchos perros, pero na
de na —se levantó Maruja y se fue rezongando para atender a los demás
parroquianos y a las “marujas” de turno, que con la excusa de comprar el pan,
se ponían al día las unas a las otras.
Alex salió de la panadería-cafetería con ganas de dar un puñetazo en
algún sitio, eso era lo más ingrato de la profesión, por mucho que hicieras,
apenas había tenido tiempo de dar una cabezada, que vale, que no era culpa de
nadie, pero que encima le dijeran que no hacía nada porque estaba tomando un
café. Aquella mañana lo necesitaba algo más fuerte que el de la máquina de la
comisaría. Necesitaba despejarse un poco y seguir con el ritmo de trabajo que
se había impuesto. Aquello lo superaba, otra vez le llegaban a la mente las
palabras de su instructor: “te implicas demasiado” pero se había hecho policía
para eso, para ayudar, ¿cómo hacer para no implicarse?, se preguntaba.
La mañana de Yoli no había empezado mejor. Apenas había podido cerrar los
ojos en toda la noche. Se imaginaba a Ramiro en las peores circunstancias. Lo
veía en un país de esos en que las vidas humanas no valen nada. Un ricachón
necesitaba un trasplante de algún órgano y se lo habían cogido a su hermano.
Cuando volvía a cerrar los ojos lo veía tirado en una cuneta, incluso siendo el
objeto de culto de una secta y Ramiro el cordero a sacrificar para una ofrenda
a algún Dios pagano. Se levantó muy temprano. Se duchó y preparó café para sus
hermanos y su cuñada que todavía estaban allí. Recogió la casa y levantó a su
madre para llevarla al centro de día. Gracias a Dios en pocos días le
concederían una plaza en una residencia, ya que su estado cada vez era más
precario. Circunstancia que le daría a ella un respiro, menos mal, pensó, si no
fuera así no podría hacer todo lo que tenía pensado. Lo primero pedir unos días
en la empresa donde trabajaba, si no se los daban se iría, para ella la
búsqueda de su hermano era primordial. Después de eso se uniría a la
investigación, decidió, aunque antes hablaría con sus hermanos. Ellos tenían
que volver a sus vidas. Ella intentaría mantenerlos informados, les dijo, pero
no podían dejar sus obligaciones, así que los convenció de volver a sus
rutinas, aunque a regañadientes, pero lo hizo.
Pasó por la panadería de Maruja, le dijo que le hiciera un bocadillo, ya
que no pensaba volver hasta que Ramiro no apareciese, y se fue directamente a
comisaría. Allí estaban distribuyendo las zonas a rastrear por los voluntarios
que se iban apuntando.
Fue directamente hacía el despacho de Alex, este la hizo pasar
inmediatamente. Cada vez que la veía, no sabía qué le pasaba pero se alegraba,
quizá más de la cuenta y en aquel momento eso era contraproducente. No había
sanado todavía de su última experiencia, menos debía involucrarse con ninguna
persona implicada en un caso suyo, y ese caso era suyo, eso lo tenía claro, por
mucho que le hubieran dicho desde la central que si era necesario le enviarían
algún especialista y, si hacía falta, también un psicólogo.
—¿Se sabe algo de mi hermano?
Alex se la quedó mirando con ternura, aquella criatura tenía algo que le
deshacía los huesos, le mermaba la voluntad y lo dejaba sin habla, tanto que…
—Lo siento —tardó en contestar algo más de lo normal— esto… están
llegando los perros, ya he distribuido a los voluntarios. Ahora, en cuanto
lleguen los de la científica, intentaremos buscar alguna pista o alguna huella.
Si recuerdas algo, por insignificante que parezca, me llamas, a la hora que
sea.
Yolanda se quedó sin palabras, ella que iba pensando tirarle la
caballería por encima en aquel momento no supo qué decir.
—Has debido levantarte muy temprano para que te haya dado tiempo de todo
eso.
—No me he acostado. He dado una cabezada en esa butaca —señaló con la
barbilla un incómodo sillón que había en una esquina de la oficina. Yolanda la
miró pensando que así tenía las ojeras que tenía. Supo que algo había pasado
cuando lo vio tan desaliñado, aunque tampoco esperaba eso. Las pocas veces que
se habían visto, siempre iba impecable. Aunque no era el típico gentleman, sino
que era una elegancia algo más de andar por casa. Siempre lo había visto con jerseys gruesos.
Hacía mucho frío en aquellas latitudes y suponía que no estaba acostumbrado. En
las grandes ciudades no sabían lo que era el frío, pensaba. Sus tejanos siempre
impolutos, aunque inapropiados para el clima y, lo que le sorprendía más, solía
calzar mocasines. Nunca lo había visto con zapatillas deportivas o botas de montaña
que era lo que usaban los hombres de por allí, y eso que imaginaba ella que
para su trabajo serían más cómodas y sobre todo, llevaría los pies más
calientes, sonrió, a pesar de aquellos pensamientos tan inoportunos dadas sus
circunstancias, pero la vida sigue, pensó. Esto va a ser duro, Yoli, se dijo.
Debes continuar, ser fuerte, no desfallecer en la búsqueda, pero tampoco
negarte una sonrisa.
