El hombre se transformó en un monstruo, no sólo por su aspecto físico,
sino también por la manera en que se había ido agriando su carácter. Aquella
pérdida fue tan adversa, tan impactante que no se había podido recuperar.
Peter lo había tenido todo en la vida; dinero, posición, amor. La vida le
sonreía y de qué manera. ¿Qué hacía en aquel sórdido lugar? No reconocía para
nada aquel edificio en ruinas que ahora parecía ser su hogar.
No recordaba exactamente cuándo ni cómo llegó allí. Miraba en derredor y no entendía nada.
Un raído colchón tirado en un suelo plagado de inmundicia, unas cajas de cartón
puestas de cualquier manera hacían de guardarropa. Estaban adosadas a la pared,
para que no se mojasen con las goteras de la insistente lluvia que azotaba el
pedazo de muro que todavía se mantenía en pie. Se arrebujó un poco más en la
andrajosa manta con la que se refugiaba del intenso frío y de la persistente
humedad. A su cabeza llegaron unos flashes, una explosión, un coche que salta
por los aires. Y después de eso todo se funde en negro. Los demás recuerdos son
de él, o cree ser él. Un hombre de éxito en lo personal y en lo profesional, un
magnate de los negocios al que siempre le salía todo bien. Ya se sabe, el
dinero llama al dinero. Pero entonces algo falla, algo se tuerce y empiezan a
caer las empresas, una tras otra. Aquello parecía obra de algún conjuro. La
cabeza le iba a estallar de nuevo, cada vez que evocaba lo que parecía ser su
vida anterior algo le impedía llegar al final del desenlace. Boom, todo explota
por los aires y su mente vuelve al negro total, aunque hoy no, hoy duele pero
de momento el negro no es absoluto. Se sentía mareado, tenía hambre y sed pero
sabía que en aquel momento no podía salir de allí o sería su final.
Unas sirenas ululaban en la noche neoyorkina. Unos pasos se acercaban.
Intentó esconderse en una esquina, donde menos visible fuese. ¿De qué tenía
miedo? De momento eso no lo había averiguado, pero llegaría, estaba seguro que
llegaría.
Los tacones de una mujer resuenan y parece que se acercan, se encoje todo
lo que puede debajo del retal que tiene por manta. Ese taconeo le hace pensar
en otro, le parece estar escuchándolo en aquel instante. Otro flash asoma a su
cabeza, una mujer, no, una mujer no, su mujer. Una risa escandalosamente falsa.
Un móvil en su mano y él dentro del coche. Acababa de leer una carta que había
encontrado dentro. De pronto recordó prácticamente todo. Al terminar de leer la
maldita carta miró por la ventanilla del coche hacía donde estaba ella, en el
justo instante que esta apretaba una tecla de su teléfono. Supuso que fue su
instinto de supervivencia, o sencillamente no era su hora. Empujó la puerta con
todo el ímpetu que le daba la desesperación y siguió recordando. Rodó unas
cuantas vueltas envuelto en llamas. Alguien llegó corriendo al aparcamiento con
un extintor. Tarde, era muy tarde. Su vida acababa de perder todo sentido. La
persona que más amaba en el mundo le había quitado todo, hasta la vida. Que
intentase matarle lo había convertido en lo que era. En aquel último flash
había recordado todo y aquello se convertiría en la razón de su existencia. Sí,
era un monstruo, nunca volvería a ser la persona de antes, no tanto por su
aspecto físico, que se podía disimular, sino por su alma, que ahora estaba
envenenada de odio y clamaba venganza.