domingo, 11 de junio de 2017

Cuando me recuerdes

Cuando me recuerdes, escucharás mi voz.
Pensarás en mí, notarás las caricias de mis manos.
Soñarás mi cuerpo temblando bajo el tuyo.
Cerrarás los ojos percibiendo mi perfume.
Sentirás mi presencia y notarás mi ausencia.
Echarás de menos mis besos en tu cuello.
Evocarás tu lava ardiente en mi interior.
Cuando me imagines, añorarás las veces que fui tuya.
Recordarás cuando mi sexo te llevaba al éxtasis.
Llevarás el fuego de mis entrañas tatuado en la piel.
Cerrarás los ojos cada vez que mi silencio haga ruido.
Nunca olvidaras la sensación del amor a destiempo.
Nadie logrará dejar en ti una huella como la mía.
Cuando me recuerdes será tarde
Porque ya para mí, ya sólo eres recuerdo.
Teresa Mateo

jueves, 11 de mayo de 2017

Happimun


Desde el momento en que don Sátrapa Régulo fue proclamado comandatario supremo de Happimun, todo cambió, desde el mismo instante de su proclamación empezó a dar órdenes, quería un país acorde con su nombre y pensaba lograrlo, les comunicó a los habitantes desde el púlpito del cabildo cupular.
—¡Queridos habitantes de Happimun!, desde este momento proclamo la felicidad de todo el mundo—empezó su discurso.
A medida que Sátrapa hablaba los humanoides decían a los presentes cuando aplaudir y cuando vitorear, en ese mundo nadie obraba por su cuenta, siempre había que estar pendiente de lo que tocaba en cada ocasión.
Los asistentes, por obligación, como todo en el país, tenían que ser felices, se habían erradicado las enfermedades, los habitantes no tenían que trabajar, todo estaba robotizado, pero la gente no era feliz, pensaban que con el cambio de presidente las cosas cambiarían, aunque era tan difícil hacer algo por cuenta propia, las moradas tipo panal de abeja no dejaban mucho a la improvisación, menos aún cuando ni siquiera había que salir al jardín a regar las plantas ya que el riego estaba calculado por la temperatura, humedad y horas de luz que también estaban reguladas ya que era un sol artificial, era un mundo en el que todo eran sombras, los happimunenses no tenían nada que hacer en todo el día, tan solo aburrirse y se les notaba en la cara.  
Así que Sátrapa ordenó que todo el mundo fuese feliz. Decretó de inmediato el tipo de alimentos que se debían comer en los hogares, para que todo fuese perfecto, dijo, todo el mundo comería lo mismo, vestiría de igual modo, también dictaminó la hora en que cada uno debía ir obligatoriamente al gimnasio; a dar un paseo. Los autos estaban programados para llevarlos a un sitio diferente cada día de la semana. Los asistentes humanoides se encargaban de hacer los informes sobre el comportamiento de los habitantes de cada celda, así se llamaban las amplias viviendas, cuatro personas en cada una, aunque las mujeres ya no tenían que parir, todo era in Vitro, ya que el sufrimiento también estaba prohibido.
Sátrapa se había empeñado en que la estructura de familia se semejase a la de unos documentales que había encontrado en un desván olvidado, habían excavado un montículo y debajo había una especie de bunker , en realidad un bloque de pisos del siglo XX con objetos antiguos, de hacía cientos de años, las imágenes guardadas le parecieron tan divertidas que quería que todo el mundo viviese lo que allí se hacía, de ahí que todos debían sonreír por obligación, se veía a hombres y mujeres en jardines jugando con niños que decían llamarse hermanos. En el mundo actual los hijos eran designados por el programa, en cuanto las personas llegaban a una madurez se les otorgaba una vivienda y dos criaturas, niño y niña, pero Sátrapa no estaba satisfecho, no veía en los ojos de sus súbditos el brillo que se apreciaba en los de las imágenes que celosamente guardaba bajo siete llaves, ya que había prohibido todo contacto con el arcaico pasado.
Con lo que Sátrapa no contaba era con que Extraño, un personaje al que todos llamaban loco porque no acataba las normas y predicaba en contra del régimen, tuviese un escuchante, y no uno cualquiera, era hijo natural de Sátrapa, porque aunque todos los habitantes eran creados por el centro de vientres de Happimun, él quiso probar qué era aquello de hacer el amor que había visto en aquellas cosas que los antiguos llamaban películas, le había gustado tanto que todos los días durante unos meses mantuvo relaciones con su compañera, y esta quedó embarazada a la antigua usanza, aunque se mantuvo en secreto y se desprogramó a los humanoides para  que no pudiesen hablar del tema.
Savage, el hijo de Sátrapa siempre iba tras Extraño, por mucho que este le dijese que no debía, en su adolescencia era insumiso y al ser hijo de quien era no acataba órdenes.

Nadie sabía a ciencia cierta de donde había salido Extraño, apareció un día envuelto en sedas y se instaló en una celda deshabitada, las autoridades pensaron que era un engendro que hubiesen desterrado de Warsmun la galaxia enemiga, pero nadie le pudo sacar una palabra de su procedencia, al final lo dejaron por loco, pero el loco había sido enviado por el ser supremo de toda supremacía para devolver la felicidad al arcaico mundo conocido por los antiguos como Planeta Azul.




martes, 11 de abril de 2017

Susana...



Susana esperaba la llegada del féretro, estaba sola, nadie acudió con ella al cementerio, nadie le dio las condolencias, nadie pensó en lo que ella estaba sufriendo.
Por fin llegó el coche fúnebre, dos hombres bajaron, abrieron al portón de atrás, sacaron el ataúd y lo depositaron sobre una plataforma con ruedas. Tras el coche fúnebre fueron llegando los familiares y amigos, todos llorando, con demasiada afectación según pensó ella. Una nube negra como el infierno atravesó sobre los dolientes, parecía que la habían puesto allí expresamente, como decoración de lo que a ella le pareció una farsa. Cuando estaba con vida nadie le preguntaba cómo se encontraba, no entendía aquel paripé.
Llegó por fin el sacerdote, ofició la ceremonia y los sepultureros empezaron con su trabajo. Metieron la caja en el nicho, lo tapiaron y pusieron con pintura las iniciales y la fecha, todo tan aséptico y frío que parecía que le calaba hasta el fondo de sus frágiles huesos.
La nube empezó a dejar ir carga, unas enormes gotas empezaron a caer con algún que otro granizo, toda su vida había estado marcada por una nube negra, ni siquiera en su entierro pudo desprenderse de ella, pensaba Susana mientras el agua resbalaba por su pelo.
—Era tan joven —decía una mujer acercándose a la señora enlutada y que llevaba unas enormes gafas de sol.
Una sonrisa acudió a sus labios al pensar en lo incongruente de la escena, lloviendo a cántaros en aquel momento y la buena mujer con gafas oscuras, tranquila, pensó de nuevo, no hay prensa, no se ha enterado casi nadie de aquel accidente, curioso accidente que se llevó por delante lo mejor que le había pasado en su vida, a nadie le había gustado aquella relación, no quería pensar mal, pero era muy extraño que el coche en el que viajaban se saliera de la carretera de aquella manera, y entendía el vacío que le estaban haciendo, ninguna de las dos familias vio nunca con buenos ojos su relación, pero no les importó, solo importaba su amor, intenso, loco, desequilibrado a veces, tranquilo y balsámico otras.
De pronto una figura llegó tarde, bajó de un coche oscuro y depositó en el suelo una enorme corona de flores ¿qué hacía allí su madre? no lo entendía, ella nunca se había preocupado por saber de ella, nunca fue una buena hija, siempre metida en problemas, siempre haciendo lo contrario de lo que se esperaba de ella, y cuando ella fue feliz, tampoco era la felicidad que su madre tenía pensada para ella.
—Susana, tienes que estudiar derecho, como tu padre, tienes que seguir la tradición familiar —parecía que la estaba escuchando.
Por eso no entendía qué hacía allí, a ella nunca le gustó su pareja, siempre el qué dirán estaba presente en todas sus relaciones, pero la última, la última fue la gota que colmaba el vaso. Nunca aceptó que su pareja fuese una mujer, nunca aceptó que ella intentase ser feliz a su modo, de nuevo se repitió “¿qué hace ella aquí?” Se acercó un poco más, nadie la miró, nadie le dio el pésame a ella que era la que más había perdido, era como si no estuviese presente, peor no le importaba, si su amor no estaba, no tenía nada  por qué vivir.
—Mamá —dijo estirando una mano para tocarla— mamá —repitió.
Ni se inmutó, ni la miró, tanta crueldad le pareció innecesaria, ya no tenía lo que más había querido en su vida, incluso estaba dispuesta a sentar cabeza, como le pedía su madre siempre con aquella exigencia de quien todo lo hace bien en la vida, todo menos esta hija díscola a la que para su desgracia le gustaban las mujeres y no el novio que ella le tenía “apalabrado”.
—Lo siento, mamá, nunca me entendiste, ¿por qué lloras una muerte que no sientes? Nunca te gustó mi novia.
Silencio de nuevo, el roce de su mano en el brazo de su madre ni se notó, unas lágrimas caían por el rostro de Susana, ni en el peor de los trances su madre estaba allí por ella, solo era por las apariencias, malditas apariencias, se acercó un poco más, se sentía liviana, ni siquiera le molestaba la lluvia que caía sobre ella y parecía traspasarle el alma, pasó a su lado y miró la corona que había depositado en el suelo esperando que los trabajadores la pusieran en su sitio cuando estuviese la lápida puesta, leyó la cinta blanca que la adornaba “Susana, siempre te recordaremos, tu madre y hermanos D.E.P.”

¿Susana? No, Susana era ella, y ella estaba allí, de pie, en el entierro de su gran amor, o su gran amor había sido ella misma, se miró los brazos translúcidos y se desvaneció.





viernes, 3 de marzo de 2017

El mentiroso

   En la vida puedo perdonarlo todo menos la mentira, es superior a mis fuerzas, por eso me siento tan mal, había puesto todas mis esperanzas en él, pero me falló, muy buenas palabras, mucha pseudocultura, siempre terminaba las frases con un latinajo que creí que lo sacaba de algún diccionario de latín que se debía saber de memoria, pero todo mentira al fin y al cabo.
   Nos conocimos en la puerta de un cine de moda, nunca había asistido sola a una sesión, pero la persona que debía acompañarme tuvo un imprevisto y yo me negaba a perderme aquella película, así que como ya estaba arreglada para salir, y aunque era bastante tarde, me presenté en la sala casi al punto de empezar el pase del film. No había reservado la entrada, siempre lo hacíamos pero al quedarme sola estuve dando vueltas a la idea demasiado tiempo, soy bastante tímida y me gusta ir acompañada por el mundo.
   Al llegar a la taquilla y decirme la señora de la ventanilla que me había quedado sin poder entrar me quedé con cara de boba, si es que siempre me pasa igual, la indecisión me puede y cuando me decido suele ser tarde, por mucho que me diga que no volverá a pasar... siempre pasa.
   Fue divertido cuando se me acercó todo un gentleman y me dijo si quería hacerle el favor de acompañarlo, le había fallado su pareja y le sobraba una entrada, mi corazón dio un vuelco, era un hombre muy apuesto, rondaría los cincuenta y cinco, estatura media, manos grandes y muy cuidadas,  pero como estábamos en carnaval, llevaba la cara tapada por un antifaz que no me permitía verle los ojos, aunque los adiviné de un verde intenso, pelo claro y con alguna que otra cana que le confería apostura. Me tragué como pude la timidez y le dije que por qué no, entramos, vimos la película y la verdad no era para tanto como las criticas decían, pero la velada estuvo muy bien, salimos del cine y me invitó a una copa, la verdad es que lo pasé muy bien, lo que no entendía era por que no se sacaba aquel maldito antifaz.
   Aquel encuentro dio paso a una amistad con derecho a roce, de vez en cuando se presentaba en mi casa, sin avisar, pero siempre con los ojos tapados, un antifaz, unas gafas de sol muy oscuras, no había manera de verle la cara. llegaba, hacíamos el amor, a veces traía la cena comprada previamente en algún restaurante de lujo, sí, el lujo le iba y mucho, tenía una conversación de lo más amena y divertida, una voz suave que te acunaba mientras explicaba las muchas vivencias que según él había experimentado en la vida. Nunca quedábamos en domingo, por eso deduje que era un hombre casado, tampoco quería salir a pasear, decía que le gustaba la tranquilidad de mi casa, que ya había pasado demasiado tiempo en la calle, y yo, tonta de mí, siempre lo creí, pero es que en la cama era una fiera, me encantaba la manera que tenía de hacerme el amor, siempre había algo nuevo, a veces era de una forma casi salvaje, otras era tierno como un niño, ese no saber cómo sería la próxima vez me enloquecía, así que hacía todo lo que me pedía, pero él nunca accedió a dejarme ver sus ojos y yo fantaseaba con ellos.
   Aquella fatídica mañana me levanté con ganas de pasear, así que me puse cómoda y salí a caminar, no hacía demasiado tiempo que vivía en aquella ciudad, así que quise explorar los edificios tan hermosos que todavía no había visitado, me alejé bastante más de lo previsto y quedé encantada cuando al volver una calle en una placita deliciosa, escondida entre unos grises y feos edificios había una pequeña iglesia, parecía que estuviese allí toda la vida, no soy experta pero juraría que llevaba por lo menos dos siglos allí plantada, pequeña pero majestuosa, o a mí me lo pareció, así que entré y paseé por las imágenes, la talla de la virgen de la Esperanza era preciosa y se me ocurrió pedirle un favor, necesitaba saber de quién me estaba enamorando, le pedí que aquel desconocido del que ni siquiera sabía su nombre se quitase esa máscara y me dijese quien era en realidad, si debía seguir enamorándome de él o como mi corazón me decía solo era un farsante, ya que de su vida actual nunca me decía nada y aunque en un principio aquel juego me pareció divertido, ya era hora de poner los pies en la tierra y tomar una decisión.
   Llegó la hora de la misa y pensé que no perdía nada por quedarme a escuchar el sermón, no era especialmente religiosa, pero el sosiego que se respiraba en la iglesia me ayudaba en aquel momento, me daba una paz interior que llevaba días necesitando.
   Apareció el párroco acompañado de un monaguillo, mientras el cura se arrodilló y rezó en silencio frente a la cruz de cristo, su acólito preparaba todo para la misa, el padre se giró se arrodilló y se persignó, entonces levantó la cabeza y empezó la misa.
  En aquel momento entendí los latinajos, entendí el ocultar su cara, en aquel momento quise gritar que era el mejor amante que nunca había pasado por mi lecho, en aquel momento hubiese preferido romperme una pierna y no haber salido a pasear, pero no, la virgen me concedió lo que le pedí mucho antes de lo esperado. 
   Los ojos como había imaginado eran de un verde intenso.



martes, 14 de febrero de 2017

Otro San Valentín

Hoy es 14 de febrero, dicen que es el día de los enamorados, otros dicen que es un día comercial, que son inventos del capitalismo, que todos los días deberían ser el día de los enamorados.
Voy a contar como sería según Marta un día del amor perfecto, pero que está segura que nunca va a tener, al menos eso dice.
Marta es una trabajadora incansable, fuera y dentro de casa, no sabe mandar, así que sus subordinados son felices con ella, antes que ellos lleguen ya tiene la mitad del trabajo hecho, y entre los trabajadores está su marido, nunca aceptó eso de ser su subordinado y ese malestar minó el cariño que se tenían, así que hace bastante tiempo que el día de los enamorados no tienen mucho sentido para ella, tampoco es que antes su Manolo hubiese sido demasiado detallista, pero alguna cosita se acordaba de regalarle, incluso alguna vez había tenido el detalle de reservar mesa en algún restaurante. Pero todo eso se acabó, hacía bastante tiempo que se había instalado en su casa el desanimo. Manolo ya no era el de antes, se había dejado llevar de la vida y ni siquiera por convencionalismo era capaz de dar un beso de más, sus besos estaban contados, uno por la mañana al despertar, un simple roce de labios, no sea que Marta quiera más, el otro beso del día es el de la noche, exactamente igual, parecen besos calcados, dados con esa desgana del que los da porque es lo que toca, sin nada de sentimiento, cuanto menos pasión. 
Y hoy es el día, el día de los enamorados, será como cualquier otro, un beso al despertar, sin emoción alguna, irán a trabajar, volverán del trabajo, comerán los dos uno delante del otro, la televisión puesta, por aquello de que algo de ambiente hay que tener, aunque sea sintético, después cada uno hará sus tareas y por la noche el ritual será el mismo, cena en silencio, beso sin emoción y a dormir.
Por eso siempre piensa cómo sería su San Valentín perfecto, no necesita regalos caros, o quizá los que necesita son los más caros de todos, ella con un abrazo por sorpresa tiene bastante, un beso por que sí, un te quiero a traición, sin necesidad de nada más que el sentimiento, la necesidad de decirlo, ella se conforma con un regalo que no valga dinero, un regalo de los que no hay dinero para pagarlo, un regalo que sabe que en su actual circunstancia nunca llegará...

sábado, 14 de enero de 2017

Un paréntesis en su vida

Ella era una chica normal, hasta que decidió hacer un paréntesis, a su pueblo había llegado la modernidad, y ella se sentía una chica moderna, acortó sus faldas, se maquilló con algo más que carmín y se apuntó a un taller literario, quería dar salida a su creatividad. Con la modernidad llegó gente nueva, lo qué más alboroto causó, en aquella primavera de los sesenta, fueron las motos y los moteros.
  Todo era tan nuevo, “tan americano” pensaba ella, influenciada por las películas que llegaban de tarde en tarde. Uno de ellos, el que se parecía a Marlon Brando se enamoró de ella, de todas las chicas del pueblo, el más guapo la había escogido a ella, porque ella era una chica moderna, se dijo.
  En dos meses se casaron y al llegar de la luna de miel empezaron los problemas, el guapo motero quería de ella una asistenta, y su dinero, ya que eso de trabajar no iba con él. Dos meses después y seguidos de alguna que otra paliza, siempre eso sí, por el bien del amor, llegó una separación demasiado moderna para los cánones del pueblo.
  Aquel matrimonio había coartado su modernidad, su libertad e incluso su personalidad.

Dos años después de aquello, superados los fantasmas, su primer libro obtuvo todos los premios. ¡Qué gran historia!, decían los críticos, solo ella sabía que aquella triste historia era la suya, que aquella historia había supuesto un paréntesis en su vida.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Un regalo nada navideño

Jamás pensó ser la otra, siempre dijo que eso no iba con ella, por mal que fuesen las cosas en su matrimonio, nunca imaginó poder estar en tan ingrato, o grato, papel, dependiendo desde luego del lado en que cada uno se encuentra.
La otra, que palabra más fea para definir a la persona con la que te apetece hacer el amor, con la que te apetece estar, besar, abrazar, acariciar, incluso con la que irías al fin del mundo si te lo pidiera. La persona a la que conoces cada poro de su piel, a la que le cuentas cada pestaña, a la que no te cansas de besar y con la que estarías todo el día haciendo el amor, ¿la otra? 
No voy a entrar a valorar el por qué fue la otra, cada uno tiene sus motivos y aunque deba reconocer que se lo puso difícil al final acabó siéndolo.
Está bien, ser la otra es no ser nadie, lo sabemos, máxime cuando de lo único que se trataba era de sexo, sí, confesó, estaba necesitada de sexo y surgió, como surgen las cosas en esta vida, por casualidad, una conversación tonta llevó a una amistad tonta, les apetecía estar juntos, tomaban café casi todos los días en la misma cafetería y estaban tan bien la una con el otro que una cosa llevó a la otra, y de pronto, les apeteció acariciarse las manos, un beso fugaz era un placer, los momentos robados siempre fueron los mejores del día… y digo bien, fueron.
Hablo siempre desde mi perspectiva de mujer y confidente, ellos no tienen la misma percepción de las cosas que nosotras, por eso desde un principio le dejó claro que a su mujer nunca la iba a dejar, la comodidad de lo que tenía desde hacía muchos años no la tiraría por la borda por un calentón, le dijo. Ella le respondió con algo similar, ella y su marido tampoco tenían intención de separarse, se habían acostumbrado a soportarse mutuamente y ya les estaba bien, hacían sus vidas cada uno por su cuenta y dejaban pasar los días.
Cuando parecía que las cosas estaban mejor, algo cambió, ella se dio cuenta de que él tardaba más tiempo de lo normal en saludarla, faltaba muchos días a la hora del café. Después empezaron a llegar las excusas para no verse, ella saludaba y él parecía que lo hacía de puro trámite, hasta que prácticamente dejó de dar señales de vida, dejó de contestar los mensajes, dejó de decirle las ganas que tenía de estar con ella y ella supo que había llegado la otra, ironías del destino, a la otra, la habían sustituido por otra.
Lo peor no fue eso, lo peor fue que él, el hombre por el que ella hubiese dado la vida le buscó un sustituto, ¿tan inepta la veía que necesitaba buscarle él un amante a ella? Lo reconoció en seguida, el mismo modus operandi, la misma intensidad al saludar, pero ella no era tonta, que siempre hubiese respetado el pacto de no reclamos, de no somos nada, de no nos debemos nada, no significaba que lo tuviese que sustituir y menos que se lo buscase él, cómo podía pensar que ella sería capaz de cambiarlo a él por su amigo.
Nunca le dejó entrever lo que realmente sentía, siempre le dejó llevar la iniciativa, incluso cuando mantenían relaciones le gustaba que él le dijese lo que le apetecía en cada momento, por eso se le hacía más duro aquel momento y más doloroso, no por el fin de una relación que ella sabía que tenía los días contados, pero ¿buscarle a otro? ¿Era necesario que la humillara de aquella manera? ¿Era ese su regalo de navidad?

Teresa Mateo