jueves, 14 de enero de 2016

Adiós, amor.

Querido amante:
Esta carta es para decirte adiós, ya que no has tenido el valor de decírmelo a la cara. Sabía que lo nuestro se acababa, pero esperaba que tuvieses la valentía de hacérmelo saber mirándome a los ojos.
Ahora que todo terminó puedo admitir que me enamoré, sí, me enamoré aunque luché con todas mis fuerzas para no hacerlo, pero en el corazón no se manda. Tenías razón cuando decías que no eras mi tipo, pero no me enamoré de tu físico, aunque con el paso de los días tus ojos y sobre todo tu voz se me clavaron en el alma, lo que realmente me enamoró fue tu mente, una mente brillante. Y creo que mi error fue cuando empecé a halagarte, te empezaste a dar cuenta de mis sentimientos hacia ti, nunca he sido buena escondiéndolos. Supongo que te asusté.
Te confesaré que aquel primer beso que me dejé robar, removió cosas en mi interior que hacía mucho tiempo, o quizá nunca, había sentido. Los pocos cafés que tomamos juntos fueron momentos preciosos para mí. Aquella comida a la que me invitaste la guardé en la memoria, sobre todo después de haber pasado por aquel hotelito sin prisas, recreándonos en nuestros cuerpos, aunque supongo que no supe darte todo lo que necesitabas, decir en mi descargo que no sabía lo que significaba tener un amante y creo que tú tampoco, pero en eso igual me equivoco. Aunque supongo que tampoco eras un amante al uso, solo buscabas donde aplacar tus calenturas.
Tranquilo, no pienso hacerte ningún reclamo, me dejaste muy claro que no querías ningún tipo de compromiso conmigo, pero mucho me equivocaría si no pensase que aquellos abrazos que me dabas no eran precisamente de no sentir nada, todas aquellas veces que me dijiste “lástima que no nos hubiésemos conocido antes ” creo que no eran solo por las ganas de conquistarme, mujeres supongo que para echar un polvo las hay a montones y creo que eras sincero al decir que querías cariño, yo no sabía que lo necesitaba tanto como tú, (si es que era cierto) hasta que me abrazaste la primera vez. Aquellos abrazos que duraban unos cuantos minutos y que casi me rompían de fuertes que eran, aquellos besos al irte ya casi en la puerta, mirando a la calle por si algún conocido pasaba por allí, aquello, lo siento, pero creo que no era fingido, por eso no entiendo en qué fallé. Supongo que pensabas que era una mujer inteligente y culta, bueno inculta no soy, pero tengo mala memoria y me cuesta estar a la altura en según que conversaciones, no retengo los datos suficientes para mantener mis argumentos aunque eso me frustre, pero no lo puedo evitar, mi cabeza piensa dos mil cosas a la vez y al final no se me  quedan grabados los datos suficientes.
De todos modos atesoraré en mi corazón cada beso tuyo, cada caricia tuya, cada abrazo tuyo. Guardaré en mi memoria tus manos acariciando mis pechos, el sabor de tu boca y esa lengua saboreando mi sexo, al igual que el sabor dulce de tu miembro, tus gemidos, las posturas imposibles. He de confesarte también que me hiciste sentir casi bien dentro de mi cuerpo, que has sido la única persona con la que no he tenido vergüenza de mostrar mi desnudez. Sabrás que cuando llegabas al orgasmo me hacías feliz.  Cada vez que entrabas por aquella puerta me sentía viva, casi como una quinceañera y cuando me explicabas cosas de tu trabajo, incluso de tu familia,  o alguna de tus batallitas como tú las llamas, adoraba el sonido de tu voz.
Una vez me dijiste que contigo no tendría nunca ningún problema, que podía hablarte claro y que dijese lo que me pasase por la cabeza, y así lo hice. No sé si fue lo correcto, creo que me dejé llevar por mi lado más infantil, el juego me gustaba y ganarte de vez en cuando en nuestras puyitas me hacía sentir incluso un poquito más lista de lo que en realidad soy. Ahora soy yo la que te dice que te quedes tranquilo, que no te voy a montar ningún sarao, aunque la verdad es que me hubiese gustado que vinieses a decírmelo de frente, dando la cara y una mínima explicación, creo que me la merezco. Me preguntaste una vez qué me decía mi amiga y confidente de lo nuestro, ahora te lo puedo decir, me dijo que pasaría esto precisamente, te confieso que es un poco bruja, que me harías sufrir, sobre todo cuando empezaste a no tener tiempo para una visita por corta que fuese, me decía que no me merecías, ¿cómo podía decir que eras tú quien no me merecía? entonces yo le explicaba que tenías mucho trabajo, que tenías contratos que asumir, su respuesta siempre fue la misma, el que quiere encuentra, no lo justifiques. Pero yo seguía justificándote y lo seguiré haciendo toda la vida.
Creo que me equivoqué el día que fui a aquel evento al que me invitaste, no teníamos que llegar tarde pero los astros se aliaron en contra y todo salió mal, estuve a punto de no ir, pero quería hacerlo, aunque fuese solo por hacer un poco de bulto, ya que todos tus invitados te iban diciendo que no irían por una razón u otra, yo tuve que remover Roma con Santiago y aunque un poco tarde, llegamos, y me encantó verte en tu salsa, has nacido para la oratoria, aunque nunca lo mencionaste, entonces supe que no debí ir, creo que te molestó y me hubiese gustado saber el motivo por el que te sentiste tan incomodo.
A partir de aquel día empezaste a retirarte, quizá fue casualidad, pero te fuiste alejando y ni siquiera te apetecía el sexo virtual que alguna vez tuvimos, también me di cuenta la última vez que empecé a jugar y me dijiste que a ti ya te estaba bien, me quedé un poco descolocada y nunca más lo intenté.
¿Qué fue de tus calenturas? Ya nunca más me dijiste que te “ponía” que “me tenías ganas”, aquello me debió dar una pista de tu alejamiento, pero una persona enamorada no piensa, siempre encuentra una justificación del porqué de tu falta de tiempo, o del porqué ya no te interesaban mis provocaciones, tenías mucho trabajo, me decías, tenías problemas de salud aunque no graves y yo seguía justificándote.
No quiero alargarme más, solo te diré que en el corazón no se manda por mucho que nos empeñemos, él se entrega a quien quiere por mucho que la razón intente impedírselo. Al final creo que ambos hemos perdido, tú a quien más te ha querido, yo, yo solo he perdido el tiempo. Podría decirte muchas cosas pero creo que ya me he desangrado bastante, ahora toca empezar a vendar este corazón tan herido, que va a necesitar muchas tiritas.
Esta desilusión seguro que me servirá para abrir los ojos y endurecer el corazón. Que sepas que no te deseo ningún mal, pero me voy a despedir con una frase de Chabela Vargas.

“Y no le pido yo al cielo que te mande más castigo, que estés durmiendo con otra y sigas soñando conmigo”.


lunes, 4 de enero de 2016

El último beso

El último beso es el más difícil, aunque parezca mentira es así.
Estuviste mucho tiempo diciendo que no te gustaba, que eras una mujer difícil, que a aquellas alturas de la vida no estabas para romances. Pero soy un hombre obstinado y seguí insistiendo, busqué información sobre tu horóscopo, me habías dicho en alguna ocasión que eras muy de tu signo, así que pensé: pues a ver cual es el punto débil de esta mujer, y creo que lo encontré.
Nada de agobiarte con edulcoradas palabras, una vez te dije guapa y casi me pegas, por ahí ya vi que no iba bien, aunque nadie me va a decir cómo tengo que verte y te veo guapa, lo quieras o no.
Empecé a cortejarte de forma distinta, sin hablar de amor, sin hablar de sentimientos, pero demostrándolos en cada palabra que te decía. Diciéndote que te cuidases, diciéndote que no corrieses con el coche, cosa que te gusta hacer y yo tanto temo.
Por eso me es tan difícil darte este último beso, que no sería mi último beso pero que sí es el tuyo, un último beso que no estoy dispuesto a dar de ninguna de las maneras.
Esta misiva es en respuesta a esas que me encuentro en internet y que sé que son para mí, así que usaré tus mismas armas, una carta, una carta en la que te expreso mi deseo de seguir como hasta ahora, crees que me estoy alejando de ti pero no es así, sencillamente te estaba dando tu espacio, según tu horóscopo necesitas sentirte libre y eso es lo que hacía.
Sé que te gusta una buena conversación y eso es lo que más me gusta de ti, aunque a veces me desesperes con tu forma de quitarte importancia, no te valoras y te ruborizas cuando lo hacen los demás. Cuántas veces te he dicho lo fantástica que eres y te has ruborizado de arriba abajo, dejando al descubierto ese punto infantil que tanto me agrada.
Hablando de juegos, ese es otro punto que adoro de ti, te va la marcha, o el juego, como quieras llamarlo y yo soy muy juguetón, me encanta buscar las pistas que me dejas en el correo, en twitter o en facebook, y que solo nosotros entendemos... y me dices que no eres inteligente, no señor, ese argumento no te lo compro, me ganas y pones a prueba muchas veces mi capacidad.
¿Cómo puedes decir que el de ayer fue nuestro último beso? Lo siento, no puedo darte ese beso que me pides. Quieres que sigamos como amigos, no, me niego, siempre quise algo más y si no puedo tenerlo todo no tendré nada, pero siempre quedará pendiente ese último beso.
Siempre tuyo.
Simón.




Teresa Mateo

domingo, 3 de enero de 2016

Icaria, o querer volar sin alas

Querido Cimón: Usted me dio alas, me alentó a levantar el vuelo. Mi nido no era perfecto, tenía hendiduras por todas partes, entraba el frío por las heridas de mi corazón. Entonces llegó usted y me dio alas, aunque usted sabía que no volaría conmigo.
Durante un tiempo así fue, durante un tiempo usted me hizo sentir única... pero y ahora es cuando viene el pero, usted esperaba algo diferente, supongo, ya que nunca me quedó claro qué era lo que esperaba de mí.
Supongo que no cubrí sus expectativas, supongo que mi intelecto so se pudo comparar al suyo, por eso pronto se cansó. 
Durante un tiempo jugamos a querernos, durante un tiempo sus besos supieron clausurar mis labios y aquello bastó. Durante un tiempo fue usted el ángel, que cual demonio, habitaba en mi infierno. Durante un tiempo me bastó con un trozo de su cuerpo para ser feliz, tranquilo, no se sonría, ese pedacito suyo no es el que está pensando, me conformé con su cerebro, ya que el mío no se pone de acuerdo con el corazón y el suyo es capaz de separar esto nuestro a lo que nunca le pusimos nombre... bueno usted no se lo puso, yo me negaba a llamarlo por él. Fui lo suficientemente valiente para aceptar un sentimiento que tenía que morir en el anonimato. ¿Se sorprende? pues no lo haga, tuve que ahogarlo en el mismo momento en que en mí empezó a aflorar y en usted a morir.
Supongo que recuerda cuando me decía que entendía que no me gustase, que no era mi tipo, cuan equivocado estaba, no soy mujer que se enamore de un físico, me enamoré de la agitación con que provocaba mi mente, empecé a admirarlo y creo que ese fue mi mayor error, se lo hice saber. Le dije que lo idolatraba cuando empecé a saber más de usted, cuando empecé a conocerlo, cuando sus relatos, o "batallitas" como usted las llamaba, me hacían perder la noción del tiempo.  Fue cuando empecé a expresar tímidamente mis sentimientos, aunque llegué a mentirle diciéndole que no se preocupase, que era una mujer fuerte y no me podía hacer daño, que estaba todo controlado, y usted, que nunca sintió lo mismo por mí, supongo que no me creyó y se empezó a alejar, empezó a tomar distancia.
Usted sabía de mis miedos a perder el control, soy animal de costumbres y me atemorizaba sobrepasar algunos límites, ya sé que eran límites impuestos por mí, pero eran mis seguridades ante la inseguridad de lo desconocido. Mi mayor miedo era perder la cordura, cosa que ya ha pasado y ahora estoy sumergida en una tempestad de sentimientos que me llevan a la deriva.
Usted siempre me dijo que no, que no debía dejar de expresarme a mi modo, que con usted no había problemas, que le encantaban mis comentarios un poco fuera de honda, mis pequeñas provocaciones, sensualmente hablando, pero quizá fui un poco lejos al confesar, aunque muy tímidamente, lo que guardaba tan celosamente en mi interior, me costó sacarlo, y creo que me equivoqué, en el arte de la seducción usted me gana por goleada y supo hacerme caer en sus redes, supongo que al principio pensó que para mí sería un juego, igual que para usted, lo intenté, de verdad que lo intenté, pero soy intensa por naturaleza y aunque me costó dejarme fluir, lo conseguí. Así que cuando por fin empecé a desplegar mis alas, las abrí demasiado y como Ícaro volé demasiado cerca del sol, yo no tuve un Dédalo que me advirtiese que la cera se podía derretir y que quien quería que volase a mi lado, sería quien me haría perder el poder de volar.
Suya por siempre Clío.


Un relato de Teresa Mateo



jueves, 24 de diciembre de 2015

Solitaria navidad

Estaba sola. Bueno no era exacta esa afirmación, en realidad tenía una familia, un marido, unos hijos, unos padres, unos suegros y así podía seguiría enumerando la enorme familia que eran, pero no por ello dejaba de sentirse sola.
Había llegado a un punto en que prefería la soledad que estar rodeada de tanta gente con la que, en la mayoría de los casos, no tenía nada en común, pasaría la nochebuena en casa de unos, la navidad en casa de otros, incluso un día le tocaría a ella preparar los fastos para toda aquella horda de personas ruidosas y a veces incluso un poquito ordinarias. Ya se sabía eran fechas de comer y beber y aunque suene a tópico es lo que se hace en dichas reuniones obligados por la tradición, como obligado por la tradición era muchas veces acabar con algún disgusto. Cuando se bebe demasiado cualquier inocente comentario puede encender la bombilla en el cerebro y hacer que las piezas de un puzzle encajen convenientemente o hacer saltar la chispa que enciende la mecha de una discusión, discusión que tarda un año en olvidarse, si, justo hasta la cena de la nochebuena siguiente.
Por eso a ella cada vez le disgustaban más aquellas reuniones, ella era la rara de la familia, la bohemia, la que era incapaz de incordiar a nadie con un mal comentario, por muy molesta que se sintiera, ella era así, aunque se estuviese rompiendo por dentro, nunca enojaría a nadie por sentir una inconveniencia.
Por eso se sentía tan sola, sabía que lo estaba perdiendo, sabía que otra ocupaba su corazón y sabía que aquellas navidades las pasarían juntos, como siempre, aunque a lo mejor sería la última, y nadie notaría nada, porque él sabía muy bien ocultar sus emociones, pero ella lo notaba, era otra persona la que convivía con ella. Aunque él para nada había cambiado sus hábitos, su horario era incluso más estricto que antes, pero ella era mujer y sabía que había otra. 
Qué paradoja, de pronto se había vuelto más cariñoso con ella, volvía a casa en cuanto acababa la jornada, se mostraba más atento incluso que de costumbre y ella lo aceptaba, aceptaba las migajas de su amor compartido, aunque fuese en un día como aquel, aunque fuese en una bulliciosamente solitaria y triste navidad.
¿Por qué lo sabía? no, no había llamadas indiscretas, no había mensajes, ni cartas, es más, ni siquiera tenía un móvil de última generación, ¿su excusa? solo lo necesitaba para hablar, sabía muy bien que un Whatsapp podía ser una amenaza a su nueva relación, de ese modo no cabía indiscreción posible, así que no había nada de nada... pero lo sabía porque él, por primera vez en mucho tiempo, era feliz.
Teresa Mateo




jueves, 10 de diciembre de 2015

La llave

Al llegar a casa encontró un llave debajo del felpudo de la entrada. Al pronto se quedó extrañada, ¿quién habría dejado allí aquella llave? 
No encontraba ningún sentido, lo único que se le ocurría era que alguien se había confundido y la había dejado por error. La cogió y la guardó, esperando comentarlo con alguna vecina por si la habían perdido y se la pusieron a ella por equivocación.
Petra siguió con su vida sin volver a pensar en aquel tonto incidente, hasta que a los dos días encontró en el buzón un pequeño sobre en que le decía alguien que, por favor, entregase la llave en una dirección concreta. "Tanto misterio por una tonta llave", pensó. Aunque no se quedó demasiado tranquila, si sabían que estaba allí la llave ¿por qué no se la pedían directamente y ya estaba? Con la de cosas que tenía ella que organizar y solo faltaban dos días para navidad.
Durante esos días estuvo acelerada a tope; compra de regalos; comida para la familia que se reunía en su casa el día de San Esteban, y, aunque estaba separada y sola, la tradición no la había perdido, ese día incluso su ex estaba invitado. 
Después de casi tres años separados seguía tan enamorada como el primer día, y, tan extrañada como el día que él le dijo que se marchaba de casa, que aquello no funcionaba, todavía seguía sin entender el motivo. No era otra mujer, no era por que ella lo agobiase, sencillamente, le dijo que él no la quería como ella a él. Casi se resignó, pero solo casi.
El día veinticuatro, día en que tenía que entregar la llave en la extraña dirección, amaneció nevando copiosamente, le daba un palo tremendo tener que ir a la otra punta de la ciudad con aquella nevada y aquel frío. La carretera estaba colapsada y cada vez se ponía más nerviosa, en aquel momento se sentía insegura, no sabía si hacía bien yendo a un lugar desconocido. Hasta aquel momento no había pensado que pudiera ser una trampa o algo por el estilo, ¿y si era un maníaco?, ¿y si era un engaño para hacerle algún mal? 
Ya que estaba llegando no iba a volver atrás, pensó, pero iría con cuidado, eso sí. Llamaría y le diría a quién fuese que bajase a buscarla o quizá la depositaría en el buzón. Sí, eso haría, la dejaría en el buzón y que bajasen a buscarla, se iba diciendo todo el camino.
Llegó a la dirección indicada y todo lo que había pensado se quedó en agua de borrajas, era un bloque antiguo que ni siquiera tenía interfono para avisar que estaba allí. ¡Se podía tener más mala suerte! ¡si ni siquiera había buzones! le tocaría subir y se maldecía por ser tan sumamente correcta, no podía dejar de hacer lo que le pedían por descabellado que fuese el encargo; que lo era.
Se encomendó a Dios y a todos los Santos y se dispuso a entregar la dichosa llave a su destinatario. Al llegar a la puerta indicada se llevó otra sorpresa, estaba abierta, tan solo entornada, pero sin ningún tipo de pestillo o cerradura. ¿Qué hacer? de nuevo el dilema, entrar sería un allanamiento, vamos lo que le faltaba, que encima la denunciasen por entrar en una casa que no era suya, su cabeza no paraba de elucubrar hipótesis.
  -¿Hay alguien? -llamó con timidez.
Empujó un poquitín la puerta por si no la habían oído y volvió a llamar, esta vez un poco más fuerte. Nada, no parecía haber nadie. Aquello era el colmo. Hacerla ir hasta allí para eso, no había derecho.
Buscó un papel en el bolso, menos mal que era de costumbres anticuadas y le gustaban las agendas de papel, con una electrónica no habría podido, y escribió una nota.
Estaba a punto de dejar la llave envuelta en la nota cuando la puerta se abrió de golpe. Casi le da un infarto.
De pronto se encendió la luz de la entrada, una luz tenue y mortecina. Petra pensó que saldría alguien, pero no, en el suelo brilló una flecha que le indicaba que entrase con su nombre.
Entró con más miedo que vergüenza, a medida que avanzaba se iluminaban unas flechas en el suelo idénticas a la primera. Las siguió con paso inseguro y aterrada al mismo tiempo por su osadía, con lo cobarde que era, cómo era posible que estuviese haciendo aquello, pero la intriga estaba ganando al miedo y ella siguió caminando.
Al final de las flechas se encontró una puerta de vidrio cuyos tiradores estaban anudados con un lazo rojo. El corazón estaba a punto de estallarle, pero la curiosidad pudo con su escepticismo y su miedo. Deshizo la lazada y con temblor en las manos empujó las puertas. Jamás pensó encontrar lo que allí había.
El salón estaba decorado con todo lujo de detalles navideños y la mesa puesta para dos comensales. El árbol se encendió al momento justo que ella puso sus ojos encima. La chimenea prendió en aquel mismo instante y a la luz del fuego vio su regalo de navidad.
Una enorme caja envuelta con un vistoso papel dorado, con un enorme lazo y un letrero con su nombre que decía: ábreme.
Con mano temblorosa la abrió, dentro estaba su ex marido completamente desnudo y con otro lazo rojo envolviendo su miembro erecto y con un cartelito en las manos que decía: No puedo vivir sin ti, lo siento, me equivoqué.
Petra no podía creerlo, del ataque de risa casi se ahoga, pero se colgó de su cuello pensando que aquellas iban a ser las mejores navidades de su vida.
Teresa Mateo





jueves, 12 de noviembre de 2015

La maldición

Estaba finalizando el año, y no había sido un buen año. Estaba decepcionada, con el mundo, con la cruel realidad, con ella misma.
Necesitaba un cambio drástico en su vida, pero cada vez que lo intentaba había algo que lo impedía, era como una maldición que la obligaba a seguir igual. Cuando no era por falta de trabajo, era por exceso. Cuando tuvo amor no tenía tiempo, ahora que lo había perdido lo buscaba en todos los hombres que se le acercaban.
El problema llegaba cuando querían ir más allá, ella estaba dolida, y necesitaba tiempo. Un tiempo escaso y a la vez generoso. Estaba en esa edad en que no importa decir lo que se piensa y a veces no hace falta pensar mucho lo que se dice, más que nada, porque a lo mejor si piensas mucho las cosas, no las dices.
Llegados a este punto había conocido a alguien, no, no era el amor de su vida, estaba segura de ello, pero congeniaban tan bien que no le importaba involucrarse cada vez más en su vida. Una vida de mujer separada, ¡y con nietos!, pero que se sentía joven, muy joven interiormente, le gustaba su sesión de baile de los jueves, peluquería los viernes, estética una vez al mes, etc. Trabajar de comercial era lo que tenía, siempre había que estar "puesta" y aunque ahora aquello de presentarse ante los clientes en tejanos ya no estaba mal visto, ella seguía fiel a sus costumbres.
Siempre había sido muy activa, en todos los ámbitos de su vida, y el divorcio llegó precisamente por eso, ella seguía sintiéndose joven, con ilusiones renovadas cada día, pero su ex cada día parecía mayor, ejercía de señor mayor antes de serlo, habían ido divergiendo poco a poco hasta llegar a ser dos extraños.
Fue una separación traumática, dolorosa. Ella seguía amando a su marido pero él no era capaz de seguirla, prefirió perderla antes que buscar la manera de intentarlo por mucho que el consejero matrimonial al que habían acudido lo intentase. 
Y ahora ella estaba saliendo con el consejero, y sabía que no iba a ser para siempre, pero bailaba como Jhon Travolta en Fiebre del sábado noche, la llevaba al cielo cada vez que hacían el amor. Antes de abrir la boca ya le había concedido su más mínimo deseo. Las mejores salas de baile, los mejores teatros, los mejores restaurantes eran como su segunda casa, pero no, no era el hombre de su vida, y lo sabía, pero parecía haber roto su "bendita" maldición.
Teresa Mateo


martes, 3 de noviembre de 2015

El lápiz mágico

  -Nunca te he obligado a bajarte las bragas...
Con este mensaje se desayunó Clio cuando le dijo a Cimón que lo suyo no podía seguir así. 
Se habían conocido casi un año atrás en una web de contactos, al principio el feeling fue bestial. Aunque ella era reacia a esas webs lo cierto es que estaba cansada de estar sola y una buena amiga le dijo que no perdía nada por probar, solo hablar y si se terciaba, tomar un café o una copa. Había chateado con un par de tíos bastante divertidos pero no eran lo que ella buscaba, eran bastante jóvenes e inmaduros y querían lo que querían, ella sin embargo quería algo duradero, no un polvo de una noche. Ella quería un hombre, a poder ser culto y con una buena conversación, y en Cimón pareció encontrarlo.
Cimón apareció de pronto, y, aunque no era su tipo, a ella le gustaban los hombres de anuncio de gimnasio, Cimón no era demasiado alto y le empezaba a ralear el cabello pero lo compensaba con trajes que le sentaban como un guante y una elegancia bastante natural, así que pensó que le daría una oportunidad. Hablaron un par de veces y le pareció que colmaba sus expectativas, era separado, sin hijos, igual que ella, por lo tanto, no había el problema de los ex a la hora de te toca-me toca, por ahí empezaron a entenderse y sin pensarlo el primer día que se encontraron para conocerse mejor y tomar un café, acabaron en la cama. No era lo que ella tenía pensado pero, que caray, con sus treinta y nueve años cumplidos no tenía por qué dar explicaciones a nadie, era una mujer independiente y si le apetecía echar un polvo (y qué polvo) pues bien echado estaba.
Al principio todo iba como la seda, escapadas de fin de semana, cenas románticas. A él le gustaba alardear de su posición y Clio empezó a darse cuenta que lo que él buscaba era una chica mona y tonta que a todo dijese amén, y ella era mona, pero de tonta no tenía un pelo.
El problema vino después, cuando él se dio cuenta de que ella podía pensar por sí misma y que había veces en los que no estaba de acuerdo con sus comentarios que empezaban a ser groseros y machistas. Las últimas veces que habían quedado, siempre fue en casa de él. Cimón la llamaba y ella era la que tenía que ir donde él estuviese, las primeras veces pensó que estaba cansado del trabajo, aunque lo que hacía tampoco mataba. Cimón era director de una sucursal de banca dedicada exclusivamente a empresas. Llegaba, la desnudaba, le echaba el polvo y la mandaba para casa. Las primeras veces Clio pensó que era ella la que no se quedaba porque no se sentía cómoda en una cama que no era la suya, era la excusa que le daba su corazón, para no ver lo egoísta que estaba siendo con ella. La única vez que se quedó había pasado la noche sin rozarla siquiera y en vez de hacerle el amor pasó la velada viendo un partido de fútbol, supuso que sería importante, le dijo con sorna sin que él le prestase atención, Clio estaba segura que ni siquiera la oyó.
Poco a poco los encuentros fueron más esporádicos. Clio lo llamó un par de veces, y él, encantado dijo que sí, que tenía ganas de verla, que la echaba de menos.
  -Paso a recogerte a la salida del trabajo -le dijo una noche.
Llevaba más de media hora esperándolo cuando sonó el whatssap.
  -Culogordo, lo siento, me ha llamado mi madre con una urgencia y no puedo recogerte, mañana te digo algo.
  -Está bien, mañana nos vemos -contestó ella molesta consigo misma, como siempre, y no solo por el plantón, no soportaba que la llamara así, si algo tenía ella era tipo de modelo, ni le faltaba ni le sobraba nada. Empezaba a cuestionarse qué fue lo que le había gustado de aquel tipo, Bueno, al principio fueron sus batallitas, siempre tenía una anécdota divertida que contar, lo que le molestaba era que se sintiese tan superior, él era más inteligente que nadie, él ganaba más dinero que ninguno de sus compañeros, él, siempre él, su ego no la dejaba ni tan siquiera comentar algo que le hubiese pasado a ella, sencillamente lo suyo carecía de importancia.
Después de aquel desplante quedaron unas cuantas veces más, siempre cuando él quería, cuando era ella la que tenía ganas de quedar, él siempre tenía una excusa. Clio cada día estaba más desencantada de Cimón, máxime cuando había días que la dejaba marcharse a su casa, después del correspondiente polvo, a las tres de la madrugada, con viento, lluvia, frío o lo que fuese. 
Después de tantos meses esperando que mejorase la relación, ella creyó que había llegado el momento de hablar claro y que le dijese qué pensamientos tenía con ella, o se definía y daban un paso adelante en la relación, o aquello se acababa.
Él solía salirse por la tangente, todo excusas, y al final, malas palabras. Clio estaba decidida a acabar con aquella situación que la estaba intoxicando. Durante unos días dejó de mandarle los mensajes de buenos días que cada mañana le enviaba al Whatssap, ya que su frase favorita era: Hola, fea, o Buenos días, culogordo, sabiendo cuánto le molestaba a ella por mucho que él dijese que era en plan cariñoso.
Cimón notó que ella se estaba enfriado y empezó a ser él el primero en enviar los mensajitos. Clio no sabía cómo tomarse aquello. Cuando se mostraba cariñosa, él pasaba de ella. Cuando ella intentaba cortar la relación, él parecía tener más ganas que nunca de seguir.
Clio no podía más, aquello le estaba haciendo mucho daño, ella era una mujer joven, culta y con una buena profesión, no tenía que depender de ningún gilipollas para vivir y se sentía utilizada, peor aún, se sentía menospreciada. Ella que siempre había sabido valorarse, ahora estaba empezando a dejarse atrapar en su red. Sabía por su profesión (trabajaba en un centro médico) que era una relación tóxica, que debía terminar cuanto antes, pero le era imposible, en cuanto él chasqueaba los dedos, ella volvía a su lado, para llegar a su casa y maldecirse por no ser capaz de atajar una situación que se estaba convirtiendo en un problema para su estabilidad emocional. Estaba llegando al límite.
La última vez que estuvo en su casa se había dejado olvidada una chaqueta, iría a buscarla y le diría que aquello había terminado, pensó, le diría que ella no se sentía cómoda en aquella relación y que le gustaría que quedasen como amigos, ya que de ahí no parecía que fuesen a pasar.
  -Cimón, me he dejado una chaqueta en tu casa, pasaré a buscarla mañana por la mañana dime si vas a estar, gracias. -Fue el mensaje de whatssap que le envió.
  -Ven esta noche, mañana no voy a estar... y ahora mismo me está creciendo.
  -¿Qué te crece?, ¿el flequillo? -contestó ella a su grosería.
  -Ya sabes lo que me crece, la polla cuando me la besas.
  -Pues eso se acabó, eres un grosero, esta es la última que te aguanto.
  -¿Eres tonta? te digo que me pones un montón y me saltas con esas ¿es qué no sabes leer?
  -Tengo un grado superior, entiendo perfectamente y sé leer entre lineas.
Clio desconectó el móvil, aquello le pareció excesivo, ¿qué pretendía ahora? Se sentía tan mal, nunca debió llegar tan lejos con alguien así, se dijo, a la vez que se moría de ganas por estar entre sus brazos. De pronto se dio cuenta que ella sola no sería capaz de salir de aquella encrucijada, hablaría con una de las psicólogas del centro en el que trabajaba, necesitaba ayuda urgente, no podía seguir así.
Se fue a la cama y al levantarse encontró un mensaje y una llamada perdida.
De pronto le entró otro mensaje de él diciéndole que lo que él quería era una mujer dulce y sensible y que ella no lo era, aquello era el colmo, cuando ni siquiera una sola vez le había pedido que se quedase o le había ofrecido en su casa ni una triste copa. Clio estaba cada vez más cabreada, aquello no podía ser cierto.
  -¿Hablas de sensibilidad? -le mensajeó- cuando eres la persona más fría e insensible que conozco, cuando si yo no empezaba no eras capaz de darme ni un beso, siempre he tenido que empezar las caricias, ahora me doy cuenta que me has tenido de retén, creo que ni siquiera te gusto, ¿sabes cuantas veces me he ido llorando de tu casa? no hables de sensibilidad y menos de ternura cuando has sido despiadado conmigo.
   -Pensaba que solo éramos follamigos, creí que estaba claro -se despidió Cimón.
  -Perdona, tengo más clase que todo eso, no soy la follamiga de nadie y menos de nadie tan vulgar como tú. Te creí un caballero, pero en el fondo no eres más que un vulgar sabelotodo.
  -No es culpa mía si te relacionas con gentuza -fue el colofón de Cimón en respuesta a Clio.
  -Desde luego que no, es la primera vez que me encuentro con uno. A partir de ahora sabré distinguirlos.
Al momento de enviar los mensajes la llamó al móvil, hasta tres veces sin que ella descolgara.
Aquella mañana no pudo ir a trabajar, le dio un ataque de ansiedad, cuánto desperdicio de cariño en alguien que lo único que buscaba era tener donde meterla cuando le fallaba la de agenda, lección aprendida, Clio, se dijo a sí misma.
Cuánto hubiera dado Clio en aquel momento por tener un lápiz mágico y borrar ese año de su vida.
Teresa Mateo