Cómo cada mañana, las dos amigas antes de entrar en sus respectivos puestos de trabajo se tomaban un café juntas. Hasta ahí todo normal, entraban en la cafetería de moda en el barrio. El dueño, un señor muy agradable y que preparaba unos cafés de vicio... y ahora es cuando viene el problema, siempre y cuando los preparase el dueño, los cafés estaban muy ricos.
Las dos amigas se sentaban normalmente en un rincón apartado de oídos curiosos, se explicaban sus "secretos de alcoba" una de ellas estaba separada y la otra mal casada que decía ella. solían echar unas risas de buena mañana y aquello les daba energía positiva para todo el día.
-¿Alguna novedad? -preguntaba Pili, la mayor de las dos.
-Bueno, al final lo he bloqueado del Whatsapp, ya no aguanto más al capullo ese -se quejaba Lola de su casi-si-pero-no pareja.
-No es por incordiar, pero ya te dije que esa relación no te iba a llevar a ningún sitio.
-Lo sé, lo sé, pero ya sabes que nadie escarmienta por nadie... y ayer me mandó un mensaje -confesó Lola.
-Eso es que ya le pica -reía Pili, diciéndole algo que ella ya sabía.
En ese momento les llevó el café la hija del dueño, las dos amigas se miraron y empezaron a reír. Matemático los cafés llegaban a la mesa sin el mini croasan que el padre acostumbraba a obsequiar a sus clientes con cada café.
-Te lo dije -señaló Lola, que tenía a la chica un poco cruzada.
-La verdad es que el café cada día le sale peor -se quejaba Pili-, Y eso que según ella es la única que hizo el curso de preparación de café.
-Pues le ha servido de poco -apostilló entre risas Lola- cada vez lo hace peor.
-Creo que nos odia -confirmaba Pili- somos demasiado monas para su ego.
-Por eso solo atiende a las marujas, el próximo día se lo digo.
-Yo creo que nos ve gordas, por eso lo pone aguado y no nos pone el croasan jajaja.
-Ni que yo me entere, he dejado al innombrable porque me llamaba mi gordi, lo que me faltaba -reía Lola recordando a su si-pero-no ex pareja.
-Pues yo quiero un café como tiene que ser; negro como el demonio, caliente como el infierno, puro como un ángel y dulce como el amor. -Citó Pili a Talleyrand.
-Esa frase no es tuya, no empieces con tus filosofadas, ya sé que eres muy culta, para lo que te ha servido jajaja -reía Lola, y con razón, al fin y al cabo su amiga no pasaba de ser una simple dependienta.
-Yo lo que quiero así es un hombre, pero esos no existen y si los hay, están con otros hombres -volvían a reír de sus salidas de pata de banco.
-Bueno, cariño se me hace tarde, entonces ¿qué? le decimos algo a la niña o lo dejamos para otro día -se despedía Lola.
-Venga va, le damos una última oportunidad -concedió Pili magnánima.
-Pero prometido, si mañana es ella la que prepara el café se lo decimos.
-Prometido, se lo decimos -dijeron las dos amigas a dúo, como cada vez que era la joven la que les preparaba los cafés.
€ste espacio está dedicado a mis lecturas, mis escrituras y mis pensamientos, la madurez a veces nos hace llegar a sitios impensables, así que no es tan malo cumplir años si con ello se cumplen los sueños.
viernes, 19 de febrero de 2016
jueves, 14 de enero de 2016
Adiós, amor.
Querido amante:
Esta
carta es para decirte adiós, ya que no has tenido el valor de decírmelo a la
cara. Sabía que lo nuestro se acababa, pero esperaba que tuvieses la valentía
de hacérmelo saber mirándome a los ojos.
Ahora que todo
terminó puedo admitir que me enamoré, sí, me enamoré aunque luché con todas mis
fuerzas para no hacerlo, pero en el corazón no se manda. Tenías razón cuando
decías que no eras mi tipo, pero no me enamoré de tu físico, aunque con el paso
de los días tus ojos y sobre todo tu voz se me clavaron en el alma, lo que
realmente me enamoró fue tu mente, una mente brillante. Y creo que mi error fue
cuando empecé a halagarte, te empezaste a dar cuenta de mis sentimientos hacia
ti, nunca he sido buena escondiéndolos. Supongo que te asusté.
Te confesaré que
aquel primer beso que me dejé robar, removió cosas en mi interior que hacía
mucho tiempo, o quizá nunca, había sentido. Los pocos cafés que tomamos juntos
fueron momentos preciosos para mí. Aquella comida a la que me invitaste la
guardé en la memoria, sobre todo después de haber pasado por aquel hotelito sin
prisas, recreándonos en nuestros cuerpos, aunque supongo que no supe darte todo
lo que necesitabas, decir en mi descargo que no sabía lo que significaba tener
un amante y creo que tú tampoco, pero en eso igual me equivoco. Aunque supongo
que tampoco eras un amante al uso, solo buscabas donde aplacar tus calenturas.
Tranquilo, no pienso
hacerte ningún reclamo, me dejaste muy claro que no querías ningún tipo de
compromiso conmigo, pero mucho me equivocaría si no pensase que aquellos
abrazos que me dabas no eran precisamente de no sentir nada, todas aquellas
veces que me dijiste “lástima que no nos hubiésemos conocido antes ” creo que
no eran solo por las ganas de conquistarme, mujeres supongo que para echar un
polvo las hay a montones y creo que eras sincero al decir que querías cariño,
yo no sabía que lo necesitaba tanto como tú, (si es que era cierto) hasta que
me abrazaste la primera vez. Aquellos abrazos que duraban unos cuantos minutos
y que casi me rompían de fuertes que eran, aquellos besos al irte ya casi en la
puerta, mirando a la calle por si algún conocido pasaba por allí, aquello, lo
siento, pero creo que no era fingido, por eso no entiendo en qué fallé. Supongo
que pensabas que era una mujer inteligente y culta, bueno inculta no soy, pero
tengo mala memoria y me cuesta estar a la altura en según que conversaciones,
no retengo los datos suficientes para mantener mis argumentos aunque eso me
frustre, pero no lo puedo evitar, mi cabeza piensa dos mil cosas a la vez y al
final no se me quedan grabados los datos
suficientes.
De todos modos
atesoraré en mi corazón cada beso tuyo, cada caricia tuya, cada abrazo tuyo.
Guardaré en mi memoria tus manos acariciando mis pechos, el sabor de tu boca y
esa lengua saboreando mi sexo, al igual que el sabor dulce de tu miembro, tus
gemidos, las posturas imposibles. He de confesarte también que me hiciste
sentir casi bien dentro de mi cuerpo, que has sido la única persona con la que
no he tenido vergüenza de mostrar mi desnudez. Sabrás que cuando llegabas al
orgasmo me hacías feliz. Cada vez que
entrabas por aquella puerta me sentía viva, casi como una quinceañera y cuando
me explicabas cosas de tu trabajo, incluso de tu familia, o alguna de tus batallitas como tú las
llamas, adoraba el sonido de tu voz.
Una vez me dijiste
que contigo no tendría nunca ningún problema, que podía hablarte claro y que
dijese lo que me pasase por la cabeza, y así lo hice. No sé si fue lo correcto,
creo que me dejé llevar por mi lado más infantil, el juego me gustaba y ganarte
de vez en cuando en nuestras puyitas me hacía sentir incluso un poquito más
lista de lo que en realidad soy. Ahora soy yo la que te dice que te quedes
tranquilo, que no te voy a montar ningún sarao, aunque la verdad es que me
hubiese gustado que vinieses a decírmelo de frente, dando la cara y una mínima
explicación, creo que me la merezco. Me preguntaste una vez qué me decía mi
amiga y confidente de lo nuestro, ahora te lo puedo decir, me dijo que pasaría
esto precisamente, te confieso que es un poco bruja, que me harías sufrir,
sobre todo cuando empezaste a no tener tiempo para una visita por corta que
fuese, me decía que no me merecías, ¿cómo podía decir que eras tú quien no me
merecía? entonces yo le explicaba que tenías mucho trabajo, que tenías contratos
que asumir, su respuesta siempre fue la misma, el que quiere encuentra, no lo
justifiques. Pero yo seguía justificándote y lo seguiré haciendo toda la vida.
Creo que me
equivoqué el día que fui a aquel evento al que me invitaste, no teníamos que
llegar tarde pero los astros se aliaron en contra y todo salió mal, estuve a
punto de no ir, pero quería hacerlo, aunque fuese solo por hacer un poco de
bulto, ya que todos tus invitados te iban diciendo que no irían por una razón u
otra, yo tuve que remover Roma con Santiago y aunque un poco tarde, llegamos, y
me encantó verte en tu salsa, has nacido para la oratoria, aunque nunca lo
mencionaste, entonces supe que no debí ir, creo que te molestó y me hubiese
gustado saber el motivo por el que te sentiste tan incomodo.
A partir de aquel
día empezaste a retirarte, quizá fue casualidad, pero te fuiste alejando y ni
siquiera te apetecía el sexo virtual que alguna vez tuvimos, también me di
cuenta la última vez que empecé a jugar y me dijiste que a ti ya te estaba
bien, me quedé un poco descolocada y nunca más lo intenté.
¿Qué fue de tus
calenturas? Ya nunca más me dijiste que te “ponía” que “me tenías ganas”,
aquello me debió dar una pista de tu alejamiento, pero una persona enamorada no
piensa, siempre encuentra una justificación del porqué de tu falta de tiempo, o
del porqué ya no te interesaban mis provocaciones, tenías mucho trabajo, me
decías, tenías problemas de salud aunque no graves y yo seguía justificándote.
No quiero alargarme
más, solo te diré que en el corazón no se manda por mucho que nos empeñemos, él
se entrega a quien quiere por mucho que la razón intente impedírselo. Al final
creo que ambos hemos perdido, tú a quien más te ha querido, yo, yo solo he
perdido el tiempo. Podría decirte muchas cosas pero creo que ya me he
desangrado bastante, ahora toca empezar a vendar este corazón tan herido, que
va a necesitar muchas tiritas.
Esta desilusión
seguro que me servirá para abrir los ojos y endurecer el corazón. Que sepas que
no te deseo ningún mal, pero me voy a despedir con una frase de Chabela Vargas.
“Y no le pido yo al
cielo que te mande más castigo, que estés durmiendo con otra y sigas soñando
conmigo”.
lunes, 4 de enero de 2016
El último beso
El último beso es el más difícil, aunque parezca mentira es así.
Estuviste mucho tiempo diciendo que no te gustaba, que eras una mujer difícil, que a aquellas alturas de la vida no estabas para romances. Pero soy un hombre obstinado y seguí insistiendo, busqué información sobre tu horóscopo, me habías dicho en alguna ocasión que eras muy de tu signo, así que pensé: pues a ver cual es el punto débil de esta mujer, y creo que lo encontré.
Nada de agobiarte con edulcoradas palabras, una vez te dije guapa y casi me pegas, por ahí ya vi que no iba bien, aunque nadie me va a decir cómo tengo que verte y te veo guapa, lo quieras o no.
Empecé a cortejarte de forma distinta, sin hablar de amor, sin hablar de sentimientos, pero demostrándolos en cada palabra que te decía. Diciéndote que te cuidases, diciéndote que no corrieses con el coche, cosa que te gusta hacer y yo tanto temo.
Por eso me es tan difícil darte este último beso, que no sería mi último beso pero que sí es el tuyo, un último beso que no estoy dispuesto a dar de ninguna de las maneras.
Esta misiva es en respuesta a esas que me encuentro en internet y que sé que son para mí, así que usaré tus mismas armas, una carta, una carta en la que te expreso mi deseo de seguir como hasta ahora, crees que me estoy alejando de ti pero no es así, sencillamente te estaba dando tu espacio, según tu horóscopo necesitas sentirte libre y eso es lo que hacía.
Sé que te gusta una buena conversación y eso es lo que más me gusta de ti, aunque a veces me desesperes con tu forma de quitarte importancia, no te valoras y te ruborizas cuando lo hacen los demás. Cuántas veces te he dicho lo fantástica que eres y te has ruborizado de arriba abajo, dejando al descubierto ese punto infantil que tanto me agrada.
Hablando de juegos, ese es otro punto que adoro de ti, te va la marcha, o el juego, como quieras llamarlo y yo soy muy juguetón, me encanta buscar las pistas que me dejas en el correo, en twitter o en facebook, y que solo nosotros entendemos... y me dices que no eres inteligente, no señor, ese argumento no te lo compro, me ganas y pones a prueba muchas veces mi capacidad.
¿Cómo puedes decir que el de ayer fue nuestro último beso? Lo siento, no puedo darte ese beso que me pides. Quieres que sigamos como amigos, no, me niego, siempre quise algo más y si no puedo tenerlo todo no tendré nada, pero siempre quedará pendiente ese último beso.
Siempre tuyo.
Simón.
Teresa Mateo
Estuviste mucho tiempo diciendo que no te gustaba, que eras una mujer difícil, que a aquellas alturas de la vida no estabas para romances. Pero soy un hombre obstinado y seguí insistiendo, busqué información sobre tu horóscopo, me habías dicho en alguna ocasión que eras muy de tu signo, así que pensé: pues a ver cual es el punto débil de esta mujer, y creo que lo encontré.
Nada de agobiarte con edulcoradas palabras, una vez te dije guapa y casi me pegas, por ahí ya vi que no iba bien, aunque nadie me va a decir cómo tengo que verte y te veo guapa, lo quieras o no.
Empecé a cortejarte de forma distinta, sin hablar de amor, sin hablar de sentimientos, pero demostrándolos en cada palabra que te decía. Diciéndote que te cuidases, diciéndote que no corrieses con el coche, cosa que te gusta hacer y yo tanto temo.
Por eso me es tan difícil darte este último beso, que no sería mi último beso pero que sí es el tuyo, un último beso que no estoy dispuesto a dar de ninguna de las maneras.
Esta misiva es en respuesta a esas que me encuentro en internet y que sé que son para mí, así que usaré tus mismas armas, una carta, una carta en la que te expreso mi deseo de seguir como hasta ahora, crees que me estoy alejando de ti pero no es así, sencillamente te estaba dando tu espacio, según tu horóscopo necesitas sentirte libre y eso es lo que hacía.
Sé que te gusta una buena conversación y eso es lo que más me gusta de ti, aunque a veces me desesperes con tu forma de quitarte importancia, no te valoras y te ruborizas cuando lo hacen los demás. Cuántas veces te he dicho lo fantástica que eres y te has ruborizado de arriba abajo, dejando al descubierto ese punto infantil que tanto me agrada.
Hablando de juegos, ese es otro punto que adoro de ti, te va la marcha, o el juego, como quieras llamarlo y yo soy muy juguetón, me encanta buscar las pistas que me dejas en el correo, en twitter o en facebook, y que solo nosotros entendemos... y me dices que no eres inteligente, no señor, ese argumento no te lo compro, me ganas y pones a prueba muchas veces mi capacidad.
¿Cómo puedes decir que el de ayer fue nuestro último beso? Lo siento, no puedo darte ese beso que me pides. Quieres que sigamos como amigos, no, me niego, siempre quise algo más y si no puedo tenerlo todo no tendré nada, pero siempre quedará pendiente ese último beso.
Siempre tuyo.
Simón.
Teresa Mateo
domingo, 3 de enero de 2016
Icaria, o querer volar sin alas
Querido Cimón: Usted me dio alas, me alentó a levantar el vuelo. Mi nido no era perfecto, tenía hendiduras por todas partes, entraba el frío por las heridas de mi corazón. Entonces llegó usted y me dio alas, aunque usted sabía que no volaría conmigo.
Durante un tiempo así fue, durante un tiempo usted me hizo sentir única... pero y ahora es cuando viene el pero, usted esperaba algo diferente, supongo, ya que nunca me quedó claro qué era lo que esperaba de mí.
Supongo que no cubrí sus expectativas, supongo que mi intelecto so se pudo comparar al suyo, por eso pronto se cansó.
Durante un tiempo jugamos a querernos, durante un tiempo sus besos supieron clausurar mis labios y aquello bastó. Durante un tiempo fue usted el ángel, que cual demonio, habitaba en mi infierno. Durante un tiempo me bastó con un trozo de su cuerpo para ser feliz, tranquilo, no se sonría, ese pedacito suyo no es el que está pensando, me conformé con su cerebro, ya que el mío no se pone de acuerdo con el corazón y el suyo es capaz de separar esto nuestro a lo que nunca le pusimos nombre... bueno usted no se lo puso, yo me negaba a llamarlo por él. Fui lo suficientemente valiente para aceptar un sentimiento que tenía que morir en el anonimato. ¿Se sorprende? pues no lo haga, tuve que ahogarlo en el mismo momento en que en mí empezó a aflorar y en usted a morir.
Supongo que recuerda cuando me decía que entendía que no me gustase, que no era mi tipo, cuan equivocado estaba, no soy mujer que se enamore de un físico, me enamoré de la agitación con que provocaba mi mente, empecé a admirarlo y creo que ese fue mi mayor error, se lo hice saber. Le dije que lo idolatraba cuando empecé a saber más de usted, cuando empecé a conocerlo, cuando sus relatos, o "batallitas" como usted las llamaba, me hacían perder la noción del tiempo. Fue cuando empecé a expresar tímidamente mis sentimientos, aunque llegué a mentirle diciéndole que no se preocupase, que era una mujer fuerte y no me podía hacer daño, que estaba todo controlado, y usted, que nunca sintió lo mismo por mí, supongo que no me creyó y se empezó a alejar, empezó a tomar distancia.
Usted sabía de mis miedos a perder el control, soy animal de costumbres y me atemorizaba sobrepasar algunos límites, ya sé que eran límites impuestos por mí, pero eran mis seguridades ante la inseguridad de lo desconocido. Mi mayor miedo era perder la cordura, cosa que ya ha pasado y ahora estoy sumergida en una tempestad de sentimientos que me llevan a la deriva.
Usted siempre me dijo que no, que no debía dejar de expresarme a mi modo, que con usted no había problemas, que le encantaban mis comentarios un poco fuera de honda, mis pequeñas provocaciones, sensualmente hablando, pero quizá fui un poco lejos al confesar, aunque muy tímidamente, lo que guardaba tan celosamente en mi interior, me costó sacarlo, y creo que me equivoqué, en el arte de la seducción usted me gana por goleada y supo hacerme caer en sus redes, supongo que al principio pensó que para mí sería un juego, igual que para usted, lo intenté, de verdad que lo intenté, pero soy intensa por naturaleza y aunque me costó dejarme fluir, lo conseguí. Así que cuando por fin empecé a desplegar mis alas, las abrí demasiado y como Ícaro volé demasiado cerca del sol, yo no tuve un Dédalo que me advirtiese que la cera se podía derretir y que quien quería que volase a mi lado, sería quien me haría perder el poder de volar.
Suya por siempre Clío.
Un relato de Teresa Mateo
jueves, 24 de diciembre de 2015
Solitaria navidad
Estaba sola. Bueno no era exacta esa afirmación, en realidad tenía una familia, un marido, unos hijos, unos padres, unos suegros y así podía seguiría enumerando la enorme familia que eran, pero no por ello dejaba de sentirse sola.
Había llegado a un punto en que prefería la soledad que estar rodeada de tanta gente con la que, en la mayoría de los casos, no tenía nada en común, pasaría la nochebuena en casa de unos, la navidad en casa de otros, incluso un día le tocaría a ella preparar los fastos para toda aquella horda de personas ruidosas y a veces incluso un poquito ordinarias. Ya se sabía eran fechas de comer y beber y aunque suene a tópico es lo que se hace en dichas reuniones obligados por la tradición, como obligado por la tradición era muchas veces acabar con algún disgusto. Cuando se bebe demasiado cualquier inocente comentario puede encender la bombilla en el cerebro y hacer que las piezas de un puzzle encajen convenientemente o hacer saltar la chispa que enciende la mecha de una discusión, discusión que tarda un año en olvidarse, si, justo hasta la cena de la nochebuena siguiente.
Por eso a ella cada vez le disgustaban más aquellas reuniones, ella era la rara de la familia, la bohemia, la que era incapaz de incordiar a nadie con un mal comentario, por muy molesta que se sintiera, ella era así, aunque se estuviese rompiendo por dentro, nunca enojaría a nadie por sentir una inconveniencia.
Por eso se sentía tan sola, sabía que lo estaba perdiendo, sabía que otra ocupaba su corazón y sabía que aquellas navidades las pasarían juntos, como siempre, aunque a lo mejor sería la última, y nadie notaría nada, porque él sabía muy bien ocultar sus emociones, pero ella lo notaba, era otra persona la que convivía con ella. Aunque él para nada había cambiado sus hábitos, su horario era incluso más estricto que antes, pero ella era mujer y sabía que había otra.
Qué paradoja, de pronto se había vuelto más cariñoso con ella, volvía a casa en cuanto acababa la jornada, se mostraba más atento incluso que de costumbre y ella lo aceptaba, aceptaba las migajas de su amor compartido, aunque fuese en un día como aquel, aunque fuese en una bulliciosamente solitaria y triste navidad.
¿Por qué lo sabía? no, no había llamadas indiscretas, no había mensajes, ni cartas, es más, ni siquiera tenía un móvil de última generación, ¿su excusa? solo lo necesitaba para hablar, sabía muy bien que un Whatsapp podía ser una amenaza a su nueva relación, de ese modo no cabía indiscreción posible, así que no había nada de nada... pero lo sabía porque él, por primera vez en mucho tiempo, era feliz.
Teresa Mateo
Había llegado a un punto en que prefería la soledad que estar rodeada de tanta gente con la que, en la mayoría de los casos, no tenía nada en común, pasaría la nochebuena en casa de unos, la navidad en casa de otros, incluso un día le tocaría a ella preparar los fastos para toda aquella horda de personas ruidosas y a veces incluso un poquito ordinarias. Ya se sabía eran fechas de comer y beber y aunque suene a tópico es lo que se hace en dichas reuniones obligados por la tradición, como obligado por la tradición era muchas veces acabar con algún disgusto. Cuando se bebe demasiado cualquier inocente comentario puede encender la bombilla en el cerebro y hacer que las piezas de un puzzle encajen convenientemente o hacer saltar la chispa que enciende la mecha de una discusión, discusión que tarda un año en olvidarse, si, justo hasta la cena de la nochebuena siguiente.
Por eso a ella cada vez le disgustaban más aquellas reuniones, ella era la rara de la familia, la bohemia, la que era incapaz de incordiar a nadie con un mal comentario, por muy molesta que se sintiera, ella era así, aunque se estuviese rompiendo por dentro, nunca enojaría a nadie por sentir una inconveniencia.
Por eso se sentía tan sola, sabía que lo estaba perdiendo, sabía que otra ocupaba su corazón y sabía que aquellas navidades las pasarían juntos, como siempre, aunque a lo mejor sería la última, y nadie notaría nada, porque él sabía muy bien ocultar sus emociones, pero ella lo notaba, era otra persona la que convivía con ella. Aunque él para nada había cambiado sus hábitos, su horario era incluso más estricto que antes, pero ella era mujer y sabía que había otra.
Qué paradoja, de pronto se había vuelto más cariñoso con ella, volvía a casa en cuanto acababa la jornada, se mostraba más atento incluso que de costumbre y ella lo aceptaba, aceptaba las migajas de su amor compartido, aunque fuese en un día como aquel, aunque fuese en una bulliciosamente solitaria y triste navidad.
¿Por qué lo sabía? no, no había llamadas indiscretas, no había mensajes, ni cartas, es más, ni siquiera tenía un móvil de última generación, ¿su excusa? solo lo necesitaba para hablar, sabía muy bien que un Whatsapp podía ser una amenaza a su nueva relación, de ese modo no cabía indiscreción posible, así que no había nada de nada... pero lo sabía porque él, por primera vez en mucho tiempo, era feliz.
Teresa Mateo
jueves, 10 de diciembre de 2015
La llave
Al llegar a casa encontró un llave debajo del felpudo de la entrada. Al pronto se quedó extrañada, ¿quién habría dejado allí aquella llave?
No encontraba ningún sentido, lo único que se le ocurría era que alguien se había confundido y la había dejado por error. La cogió y la guardó, esperando comentarlo con alguna vecina por si la habían perdido y se la pusieron a ella por equivocación.
Petra siguió con su vida sin volver a pensar en aquel tonto incidente, hasta que a los dos días encontró en el buzón un pequeño sobre en que le decía alguien que, por favor, entregase la llave en una dirección concreta. "Tanto misterio por una tonta llave", pensó. Aunque no se quedó demasiado tranquila, si sabían que estaba allí la llave ¿por qué no se la pedían directamente y ya estaba? Con la de cosas que tenía ella que organizar y solo faltaban dos días para navidad.
Durante esos días estuvo acelerada a tope; compra de regalos; comida para la familia que se reunía en su casa el día de San Esteban, y, aunque estaba separada y sola, la tradición no la había perdido, ese día incluso su ex estaba invitado.
Después de casi tres años separados seguía tan enamorada como el primer día, y, tan extrañada como el día que él le dijo que se marchaba de casa, que aquello no funcionaba, todavía seguía sin entender el motivo. No era otra mujer, no era por que ella lo agobiase, sencillamente, le dijo que él no la quería como ella a él. Casi se resignó, pero solo casi.
El día veinticuatro, día en que tenía que entregar la llave en la extraña dirección, amaneció nevando copiosamente, le daba un palo tremendo tener que ir a la otra punta de la ciudad con aquella nevada y aquel frío. La carretera estaba colapsada y cada vez se ponía más nerviosa, en aquel momento se sentía insegura, no sabía si hacía bien yendo a un lugar desconocido. Hasta aquel momento no había pensado que pudiera ser una trampa o algo por el estilo, ¿y si era un maníaco?, ¿y si era un engaño para hacerle algún mal?
Ya que estaba llegando no iba a volver atrás, pensó, pero iría con cuidado, eso sí. Llamaría y le diría a quién fuese que bajase a buscarla o quizá la depositaría en el buzón. Sí, eso haría, la dejaría en el buzón y que bajasen a buscarla, se iba diciendo todo el camino.
Llegó a la dirección indicada y todo lo que había pensado se quedó en agua de borrajas, era un bloque antiguo que ni siquiera tenía interfono para avisar que estaba allí. ¡Se podía tener más mala suerte! ¡si ni siquiera había buzones! le tocaría subir y se maldecía por ser tan sumamente correcta, no podía dejar de hacer lo que le pedían por descabellado que fuese el encargo; que lo era.
Se encomendó a Dios y a todos los Santos y se dispuso a entregar la dichosa llave a su destinatario. Al llegar a la puerta indicada se llevó otra sorpresa, estaba abierta, tan solo entornada, pero sin ningún tipo de pestillo o cerradura. ¿Qué hacer? de nuevo el dilema, entrar sería un allanamiento, vamos lo que le faltaba, que encima la denunciasen por entrar en una casa que no era suya, su cabeza no paraba de elucubrar hipótesis.
-¿Hay alguien? -llamó con timidez.
Empujó un poquitín la puerta por si no la habían oído y volvió a llamar, esta vez un poco más fuerte. Nada, no parecía haber nadie. Aquello era el colmo. Hacerla ir hasta allí para eso, no había derecho.
Buscó un papel en el bolso, menos mal que era de costumbres anticuadas y le gustaban las agendas de papel, con una electrónica no habría podido, y escribió una nota.
Estaba a punto de dejar la llave envuelta en la nota cuando la puerta se abrió de golpe. Casi le da un infarto.
De pronto se encendió la luz de la entrada, una luz tenue y mortecina. Petra pensó que saldría alguien, pero no, en el suelo brilló una flecha que le indicaba que entrase con su nombre.
Entró con más miedo que vergüenza, a medida que avanzaba se iluminaban unas flechas en el suelo idénticas a la primera. Las siguió con paso inseguro y aterrada al mismo tiempo por su osadía, con lo cobarde que era, cómo era posible que estuviese haciendo aquello, pero la intriga estaba ganando al miedo y ella siguió caminando.
Al final de las flechas se encontró una puerta de vidrio cuyos tiradores estaban anudados con un lazo rojo. El corazón estaba a punto de estallarle, pero la curiosidad pudo con su escepticismo y su miedo. Deshizo la lazada y con temblor en las manos empujó las puertas. Jamás pensó encontrar lo que allí había.
El salón estaba decorado con todo lujo de detalles navideños y la mesa puesta para dos comensales. El árbol se encendió al momento justo que ella puso sus ojos encima. La chimenea prendió en aquel mismo instante y a la luz del fuego vio su regalo de navidad.
Una enorme caja envuelta con un vistoso papel dorado, con un enorme lazo y un letrero con su nombre que decía: ábreme.
Con mano temblorosa la abrió, dentro estaba su ex marido completamente desnudo y con otro lazo rojo envolviendo su miembro erecto y con un cartelito en las manos que decía: No puedo vivir sin ti, lo siento, me equivoqué.
Petra no podía creerlo, del ataque de risa casi se ahoga, pero se colgó de su cuello pensando que aquellas iban a ser las mejores navidades de su vida.
Teresa Mateo
No encontraba ningún sentido, lo único que se le ocurría era que alguien se había confundido y la había dejado por error. La cogió y la guardó, esperando comentarlo con alguna vecina por si la habían perdido y se la pusieron a ella por equivocación.
Petra siguió con su vida sin volver a pensar en aquel tonto incidente, hasta que a los dos días encontró en el buzón un pequeño sobre en que le decía alguien que, por favor, entregase la llave en una dirección concreta. "Tanto misterio por una tonta llave", pensó. Aunque no se quedó demasiado tranquila, si sabían que estaba allí la llave ¿por qué no se la pedían directamente y ya estaba? Con la de cosas que tenía ella que organizar y solo faltaban dos días para navidad.
Durante esos días estuvo acelerada a tope; compra de regalos; comida para la familia que se reunía en su casa el día de San Esteban, y, aunque estaba separada y sola, la tradición no la había perdido, ese día incluso su ex estaba invitado.
Después de casi tres años separados seguía tan enamorada como el primer día, y, tan extrañada como el día que él le dijo que se marchaba de casa, que aquello no funcionaba, todavía seguía sin entender el motivo. No era otra mujer, no era por que ella lo agobiase, sencillamente, le dijo que él no la quería como ella a él. Casi se resignó, pero solo casi.
El día veinticuatro, día en que tenía que entregar la llave en la extraña dirección, amaneció nevando copiosamente, le daba un palo tremendo tener que ir a la otra punta de la ciudad con aquella nevada y aquel frío. La carretera estaba colapsada y cada vez se ponía más nerviosa, en aquel momento se sentía insegura, no sabía si hacía bien yendo a un lugar desconocido. Hasta aquel momento no había pensado que pudiera ser una trampa o algo por el estilo, ¿y si era un maníaco?, ¿y si era un engaño para hacerle algún mal?
Ya que estaba llegando no iba a volver atrás, pensó, pero iría con cuidado, eso sí. Llamaría y le diría a quién fuese que bajase a buscarla o quizá la depositaría en el buzón. Sí, eso haría, la dejaría en el buzón y que bajasen a buscarla, se iba diciendo todo el camino.
Llegó a la dirección indicada y todo lo que había pensado se quedó en agua de borrajas, era un bloque antiguo que ni siquiera tenía interfono para avisar que estaba allí. ¡Se podía tener más mala suerte! ¡si ni siquiera había buzones! le tocaría subir y se maldecía por ser tan sumamente correcta, no podía dejar de hacer lo que le pedían por descabellado que fuese el encargo; que lo era.
Se encomendó a Dios y a todos los Santos y se dispuso a entregar la dichosa llave a su destinatario. Al llegar a la puerta indicada se llevó otra sorpresa, estaba abierta, tan solo entornada, pero sin ningún tipo de pestillo o cerradura. ¿Qué hacer? de nuevo el dilema, entrar sería un allanamiento, vamos lo que le faltaba, que encima la denunciasen por entrar en una casa que no era suya, su cabeza no paraba de elucubrar hipótesis.
-¿Hay alguien? -llamó con timidez.
Empujó un poquitín la puerta por si no la habían oído y volvió a llamar, esta vez un poco más fuerte. Nada, no parecía haber nadie. Aquello era el colmo. Hacerla ir hasta allí para eso, no había derecho.
Buscó un papel en el bolso, menos mal que era de costumbres anticuadas y le gustaban las agendas de papel, con una electrónica no habría podido, y escribió una nota.
Estaba a punto de dejar la llave envuelta en la nota cuando la puerta se abrió de golpe. Casi le da un infarto.
De pronto se encendió la luz de la entrada, una luz tenue y mortecina. Petra pensó que saldría alguien, pero no, en el suelo brilló una flecha que le indicaba que entrase con su nombre.
Entró con más miedo que vergüenza, a medida que avanzaba se iluminaban unas flechas en el suelo idénticas a la primera. Las siguió con paso inseguro y aterrada al mismo tiempo por su osadía, con lo cobarde que era, cómo era posible que estuviese haciendo aquello, pero la intriga estaba ganando al miedo y ella siguió caminando.
Al final de las flechas se encontró una puerta de vidrio cuyos tiradores estaban anudados con un lazo rojo. El corazón estaba a punto de estallarle, pero la curiosidad pudo con su escepticismo y su miedo. Deshizo la lazada y con temblor en las manos empujó las puertas. Jamás pensó encontrar lo que allí había.
El salón estaba decorado con todo lujo de detalles navideños y la mesa puesta para dos comensales. El árbol se encendió al momento justo que ella puso sus ojos encima. La chimenea prendió en aquel mismo instante y a la luz del fuego vio su regalo de navidad.
Una enorme caja envuelta con un vistoso papel dorado, con un enorme lazo y un letrero con su nombre que decía: ábreme.
Con mano temblorosa la abrió, dentro estaba su ex marido completamente desnudo y con otro lazo rojo envolviendo su miembro erecto y con un cartelito en las manos que decía: No puedo vivir sin ti, lo siento, me equivoqué.
Petra no podía creerlo, del ataque de risa casi se ahoga, pero se colgó de su cuello pensando que aquellas iban a ser las mejores navidades de su vida.
Teresa Mateo
jueves, 12 de noviembre de 2015
La maldición
Estaba finalizando el año, y no había sido un buen año. Estaba decepcionada, con el mundo, con la cruel realidad, con ella misma.
Necesitaba un cambio drástico en su vida, pero cada vez que lo intentaba había algo que lo impedía, era como una maldición que la obligaba a seguir igual. Cuando no era por falta de trabajo, era por exceso. Cuando tuvo amor no tenía tiempo, ahora que lo había perdido lo buscaba en todos los hombres que se le acercaban.
El problema llegaba cuando querían ir más allá, ella estaba dolida, y necesitaba tiempo. Un tiempo escaso y a la vez generoso. Estaba en esa edad en que no importa decir lo que se piensa y a veces no hace falta pensar mucho lo que se dice, más que nada, porque a lo mejor si piensas mucho las cosas, no las dices.
Llegados a este punto había conocido a alguien, no, no era el amor de su vida, estaba segura de ello, pero congeniaban tan bien que no le importaba involucrarse cada vez más en su vida. Una vida de mujer separada, ¡y con nietos!, pero que se sentía joven, muy joven interiormente, le gustaba su sesión de baile de los jueves, peluquería los viernes, estética una vez al mes, etc. Trabajar de comercial era lo que tenía, siempre había que estar "puesta" y aunque ahora aquello de presentarse ante los clientes en tejanos ya no estaba mal visto, ella seguía fiel a sus costumbres.
Siempre había sido muy activa, en todos los ámbitos de su vida, y el divorcio llegó precisamente por eso, ella seguía sintiéndose joven, con ilusiones renovadas cada día, pero su ex cada día parecía mayor, ejercía de señor mayor antes de serlo, habían ido divergiendo poco a poco hasta llegar a ser dos extraños.
Fue una separación traumática, dolorosa. Ella seguía amando a su marido pero él no era capaz de seguirla, prefirió perderla antes que buscar la manera de intentarlo por mucho que el consejero matrimonial al que habían acudido lo intentase.
Y ahora ella estaba saliendo con el consejero, y sabía que no iba a ser para siempre, pero bailaba como Jhon Travolta en Fiebre del sábado noche, la llevaba al cielo cada vez que hacían el amor. Antes de abrir la boca ya le había concedido su más mínimo deseo. Las mejores salas de baile, los mejores teatros, los mejores restaurantes eran como su segunda casa, pero no, no era el hombre de su vida, y lo sabía, pero parecía haber roto su "bendita" maldición.
Teresa Mateo
Necesitaba un cambio drástico en su vida, pero cada vez que lo intentaba había algo que lo impedía, era como una maldición que la obligaba a seguir igual. Cuando no era por falta de trabajo, era por exceso. Cuando tuvo amor no tenía tiempo, ahora que lo había perdido lo buscaba en todos los hombres que se le acercaban.
El problema llegaba cuando querían ir más allá, ella estaba dolida, y necesitaba tiempo. Un tiempo escaso y a la vez generoso. Estaba en esa edad en que no importa decir lo que se piensa y a veces no hace falta pensar mucho lo que se dice, más que nada, porque a lo mejor si piensas mucho las cosas, no las dices.
Llegados a este punto había conocido a alguien, no, no era el amor de su vida, estaba segura de ello, pero congeniaban tan bien que no le importaba involucrarse cada vez más en su vida. Una vida de mujer separada, ¡y con nietos!, pero que se sentía joven, muy joven interiormente, le gustaba su sesión de baile de los jueves, peluquería los viernes, estética una vez al mes, etc. Trabajar de comercial era lo que tenía, siempre había que estar "puesta" y aunque ahora aquello de presentarse ante los clientes en tejanos ya no estaba mal visto, ella seguía fiel a sus costumbres.
Siempre había sido muy activa, en todos los ámbitos de su vida, y el divorcio llegó precisamente por eso, ella seguía sintiéndose joven, con ilusiones renovadas cada día, pero su ex cada día parecía mayor, ejercía de señor mayor antes de serlo, habían ido divergiendo poco a poco hasta llegar a ser dos extraños.
Fue una separación traumática, dolorosa. Ella seguía amando a su marido pero él no era capaz de seguirla, prefirió perderla antes que buscar la manera de intentarlo por mucho que el consejero matrimonial al que habían acudido lo intentase.
Y ahora ella estaba saliendo con el consejero, y sabía que no iba a ser para siempre, pero bailaba como Jhon Travolta en Fiebre del sábado noche, la llevaba al cielo cada vez que hacían el amor. Antes de abrir la boca ya le había concedido su más mínimo deseo. Las mejores salas de baile, los mejores teatros, los mejores restaurantes eran como su segunda casa, pero no, no era el hombre de su vida, y lo sabía, pero parecía haber roto su "bendita" maldición.
Teresa Mateo
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