sábado, 29 de marzo de 2014

Machismo

Machismo
Articulo de Margarita Rosa de Francisco
Gran actriz y mejor persona



 Cada vez que oigo a una mujer diciendo esta frase me hierve la sangre. La última vez fue en el gimnasio hace pocos días, durante una charla entre dos clientes frecuentes del lugar.Foto: Tomada de instagram.com/margaritarosadefrancisco

Debo decir, y valga la cuña, que las mujeres que veo a diario en este sitio son especialmente guapas. Nuestro entrenador, Pacho Saavedra, es un gran profesional con amplio conocimiento de la forma como funciona nuestro cuerpo y se preocupa porque no solamente logremos tener una figura agradable a nuestra vista sino un bienestar permanente en todo sentido. Es así como sus programas de ejercicios y nutrición dan como resultado un ramillete insólito de hombres y mujeres de todas las edades con unos cuerpazos tremendos pero sobre todo saludables.
La mayoría de la clientela es femenina; el espacio es más bien pequeño pero bastante acogedor, y entre 9 y 11 de la mañana puede haber unas 10 mujeres esculturales haciendo diferentes ejercicios, ya sea con bandas elásticas, pesas, poleas, rampas, bolsas de arena, plataformas, etc., que desde un punto de vista panorámico parecerían las piezas de un reloj perfecto, cuyo mecanismo se encarga de poner en marcha nuestro querido Pacho con el tino y precisión del mejor relojero.
Yo suelo ir a lo mío y hablo muy poco o nada. Como no me gusta parar entre un ejercicio y otro, no entablo conversación con nadie durante la hora y media que dura mi rutina. Pero eso sí, me arrullan los diálogos que en el entretanto actúan como telón de fondo y que a veces sostienen estas bellezas a propósito de sus vidas cotidianas en medio de esa tácita hermandad que se propicia en los campos de tortura.
"Está hermoso ese top. ¡Qué tal como se te ven esos abdominales! - No, divina la faldita que tienes puesta, me fascinan esas falditas pero mi novio no me deja usarlas. - ¡El mío tampoco! Me toca salir tapada con sudadera hasta el cuello y cambiarme aquí. - ¿Verdad? Yo ni siquiera le puedo decir que acá también vienen hombres porque o si no me arma tronco de taller. Te imaginas donde me vea vestida así y con tipos entrenando? - El mío es un descarado. El pasado fin de semana nos fuimos para Girardot, con ese calor y no me dejó salir con camisetas ajustadas. Desde que se me empezaron a marcar las abdominales me dice que estoy seca y fea. - Es que a ellos no les gusta que uno se ponga bonito, el mío es igualito. Al principio les encanta, después no lo dejan a uno lucirse, tan pendejos. - ¡Claro! Y lo peor es que como me acostumbré a comer sano y ya no le hago la segunda con los chicharrones y las empanadas ¡si vieras como se me emberraca! ¡Está a punto de prohibirme hasta las ensaladas! - Uy, no. A mí me tocó empezar a venir aquí al escondido pero me pilló y tuve que traerlo para que me dejara seguir viniendo. ¿Pero sabes con qué me salió? Con que va a montar un gimnasio completo en la casa para que no tenga que volver".
No es la primera vez que atestiguo parrafadas de este estilo entre mujeres. Además su tono es bastante jovial, casi parecen sentirse halagadas por el hecho de ser objeto de tan frenética custodia, pues ese celo de la posesión les confiere un valor. Entre más se vigila al objeto, éste parece valer más, y se conforman con esa extraña medida a duras penas aplicable a las cosas y a los animales.
El hecho de sentirnos necesitadas de protección casi que por orden de la genética, produce la resolución deforme de ajustarnos a hombres misóginos que no están a la altura de nuestro intelecto ni de nuestra capacidad emocional. Tal es el miedo ancestral a quedarnos sin hombre; una mujer sin hombre da lástima, da vergüenza, mejor aguantarse alguno, así sea un idiota que crea que somos una cosa, pero al menos una cosa valiosa que aunque de la más torpe manera, va a "cuidar".
Una mujer que tiene la disciplina de levantarse todos los días a hacer ejercicio seriamente, ya de por sí tiene en su carácter una fuerza positiva y el temple para cuidarse a sí misma. Aunque sea por las razones más frívolas se necesita eso, carácter. Por eso me impactó el contenido de lo que hablaban aquellas dos hermosas mujeres, a quienes les sobraría temperamento para admirar lo capaces que son de poner en su sitio a ese par de peleles inseguros.

martes, 11 de marzo de 2014

El diamante, una lección de humildad


El diamante
Lección de humildad

eldiamante
Un monje había llegado a una pequeña ciudad pero, en lugar de entrar, como ya comenzaba a anochecer, decidió pasar la noche bajo un árbol, a la luz de las estrellas.
Cuando ya se estaba acomodando observó una sombra que se acercaba corriendo por un sendero, era un campesino.
Cuando éste llegó hasta él, comenzó a gritarle:
-¡La piedra, necesito la piedra! ¡Dámela!
-¿La piedra? ¿Qué piedra? -contestó el monje sorprendido- No sé de qué me estás hablando.
-Sí, la piedra, la piedra… esta noche soñé que alguien iba a acampar justamente en en este árbol y que me daría una piedra preciosa que me haría rico para siempre. ¡Necesito esa piedra!
De pronto, el monje asintió y, tranquilamente se levantó. Abrió una de las bolsas que llevaba y comenzó a buscar en su interior.
-Sí, creo que ésta es la piedra que buscas, la encontré ayer de camino a aquí -y se la entregó al campesino.
-¡Vaya! -exclamó- ¡Es un diamante, es un diamante! ¡Es el diamante más grande que he visto nunca! ¿De verdad puedo quedármelo?
-Sí, claro -le contestó el monje mientras volvía a sentarse de nuevo bajo el árbol.
-Gracias, ¡muchas gracias! -y se fue corriendo.
El campesino llegó a su casa y estuvo toda la noche dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño.
En cuanto amaneció, cogió la piedra preciosa y marchó hacia el árbol donde estaba el monje.
Al llegar a él, se acercó, alargó la mano y le tendió de nuevo el diamante.
-Toma, no lo quiero, no es esto lo que quiero, lo que realmente quiero es la otra riqueza.
-¿Qué otra riqueza? -le contestó el monje extrañado.
-La que te ha permitido desprenderte con tanta facilidad de este diamante.
Cuento original de Anthony de Mello
 

miércoles, 26 de febrero de 2014

Chismes...

No soy chismosa, lo juro, lo que pasa es que los chismes acuden a mí, yo no me intereso por nada que no tenga que ver con mi vida, pero hete aquí que a todo el mundo le da por explicarme sus cuentos y sus movidas.
Para entrar en situación les diré, que tengo un pequeño negocio, una estética para ser exactos, cuando los clientes están en plena sesión de belleza pues tienden a, digamos que, "dejarse ir" así me cuentan si tienen amantes, si tienen broncas con los vecinos, si los maridos pasan más tiempo en el bar que en casa, que las esposas están todo el día de compras, vamos, nimiedades que a mí realmente no me interesan, pero claro está, los clientes siempre tienen la razón y por todos es sabido que si no la tienen se les da. Pero juro que yo so soy chismosa.
El problema viene cuando el otro día me tocó hacer de celestina, yo no quería, pero claro cuando una clienta te lo pide pues ¿qué hacer? cómo negarse, así que no me quedó más remedio que organizar la cita.
Me explico, mi clienta es una chica joven, recién separada y un poquito casquivana, un día en la sala de espera conoció a un joven que para mi lo quisiera, de lo bueno que estaba, el problema del joven es que se lo creía y claro la prepotencia era enorme, tanto como sus bíceps, aunque fuese incapaz de entablar una conversación con una desconocida.
Maitechu, la joven en cuestión, siempre pedía hora dependiendo de si venía el joven o no, escogía sus días siempre coincidiendo con él, para entablar conversación en la sala de espera, ella llegaba antes solo por verlo entrar o salir, ya que la supuesta conversación no llegaba nunca.
Maitechu es una niña mal de casa bien, me explico, nunca a carecido de nada y eso se nota en su carácter, es decir lo quiero y automáticamente lo tengo, así que para ella era todo un reto que el joven Sebastián, aun no se hubiese fijado en ella. Y aquí me tienes a mí, concertando una cita, que en realidad no era tal, sencillamente tenía que tropezar con ella a ver si se fijaba y a ella, o se le quitaba la obsesión, o se lo llevaba a la cama.
Hice mis preparativos, no podía quedar mal con ella, me dejaba muy buenos ingresos y con la crisis que tenemos en el país no hay que desdeñar ninguna ganancia, por escuálida que esta sea.
Llegó el día y Maitechu estaba de los nervios, llegó como media hora antes de tiempo y claro, la espera la puso de los nervios, tanto que pensé que desgastaría el suelo de tanto como lo paseó.
A medida que se acercaba la hora, Maitechu intentaba parecer tranquila, cogía una revista, rápidamente la soltaba por falta de concentración, solo tenía ojos para la entrada a la recepción.
En un momento dado se levantó para ir al baño, los nervios ya se sabe, cuando saliendo se dio de bruces con el joven, Sebastián llevaba en las manos unas carpetas, venía directamente del trabajo, normalmente se hacía masajes, era ejecutivo y tendía a estresarse, así que el Ayurveda le ayudaba mucho.
Quedó todo esparcido por el suelo y en su timidez se puso rojo como un tomate, Maitechu siempre tan resuelta le dijo: tranquilo ha sido culpa mía, yo te las recojo.
 -No faltaba más... esto... no tiene importancia... total ya me iba... solo pasé porque Gisela me dijo... esto... que me había dejado olvidado algo importante aunque no recuerdo haber extraviado nada -esto último lo dijo de carrerilla, eran demasiadas palabras seguidas.
Estaba tan nervioso que le sudaban las manos, aquella jovencita era demasiado lanzada para él, se había fijado que casi siempre se encontraban en la sala de espera y ella lo miraba fijamente, le gustaba estaba seguro, pero no se atrevía a decirle nada, tenía un problema y la cercanía de las mujeres no era lo mejor para su control.
Se siente idiota, no sabe porque pero se está excitando, lo que le faltaba, cuando se levante del suelo está seguro que se notará su deseo, un deseo casi doloroso, casi no, del todo, ya que no le cabe en los pantalones, no, no, no, piensa, hoy no, se dará cuenta y jamás podre mirarla a la cara, lo está mirando, están solos en el pasillo, si se incorporaba se notaría su problema y no podía quedarse eternamente en el suelo.
El sudor pegaba la camisa a su cuerpo, un cuerpo diez, bronceado de músculos torneados y una mirada cegadora, Maitechu estaba disfrutando de su bochorno, ella era así, le gustaba poner en dificultades a los hombres, pero con este quería otra cosa, ¿tanto iba a tardar en recoger dos papeles? pensaba ella malévola, quería ver esa camisa traslucida ya de sudor, y se relamía pensando en quitársela y en lo que haría con él. Yo en aquello no tuve nada que ver, aunque las cosas le estuviesen saliendo como ella quería.
Sebastián se puso en pie de un salto, quería huir antes de que fuese evidente su problema, por eso no quería estar con mujeres, siempre era lo mismo, aun no había mirado a una mujer y zas, ya había terminado, había visitado a todos los médicos y ninguno daba con la solución al problema.
Maitechu, intentando que la cosa fuese a más, le entregó los papales que había recogido del suelo y rozó sus manos, vigorosas y fuertes, masculinas a más no poder.
Sebastián, tragó saliva y quiso evadirse, pero Maitechu lo cogió y lo obligó a mirarla a los ojos, se había arreglado para la ocasión, se había dejado la melena suelta, llevaba un traje sastre con la falda muy corta y un blazer sin nada debajo, solo un minúsculo tanga, en los pies unas sandalias dejando ver una pedicura perfecta, por si el joven fuese fetichista.
La respiración de Sebastián cada vez era más agitada.
 -Me gustas mucho, lo sabías ¿verdad? -dijo Maitechu a bocajarro.
 -Lo siento... no... no se de que me hablas.
 -Bésame.
 -Tengo prisa -le dijo mirándola con esos ojazos que no le cabían en la cara.
 -Pues vayamos por faena.
En ese momento para él ya había terminado todo, bajó la mirada hasta sus pantalones viendo la prueba evidente, para ella también.
 -Te gusto, lo sabía, pero no sabía que tanto.
Ella intentaba no reír, pero la situación  le pareció tan cómica que no pudo más y empezó a convulsionar los hombros de la risa contenida.
 -Invítame a comer y te digo que hacer para solucionar este problemilla que tienes.
 -¿No estás enfadada?
 -¿Solo porque te has corrido simplemente con mirarme? no, estoy más bien halagada.
 -¿Cómo puedes estar tan segura de que me gustas? 
 -Porque he notado como me mirabas cada vez que estábamos juntos y apartabas la vista cuando yo te miraba.
 -No me gustan las mujeres, me pongo nervioso, estoy acostumbrado a tratar con hombres, somos menos complicados.
 -En tu casa o en la mía.
 -No me has escuchado, soy como habrás observado eyaculador precoz y no tengo remedio.
 -¡Claro que tienes remedio! No has encontrado la doctora adecuada.
En esas se abalanzó sobre él y lo besó, aspiró su perfume y se embriagó con él, Sebastián se dejaba hacer, en realidad si lo lograba sería la primera vez en sus veintinueve años que estaría con una mujer... solo pensarlo y estaba a punto de correrse de nuevo.
Maitechu lo arrastró hasta una cabina y empezó a sacarle la ropa.
 -Que pretendes, puede venir alguien.
 -No te preocupes, no hay horas dadas, las cogí yo todas, estamos solos.
 -¿Pretendes volverme loco? ¿tenías todo esto planeado?
 -Bueno no todo, lo que menos esperaba era que fueses virgen -le decía mientras su lengua se infiltraba en su boca cual serpiente, saqueando su interior.
La camilla era demasiado pequeña, así que acabaron en el suelo, con el ardor de la pasión recorriendo su cuerpo ya desnudo del todo, Sebastián se dejaba hacer, la inexperiencia, dio paso a un verdadero guerrero, esta vez su erección está controlada, no sabía como pero había logrado aguantar las caricias expertas de Maitechu, que él empezó a corresponder.
Maldita sea, lo que me he estado perdiendo por tanto correr, pensó.
Como yo no soy chismosa, a partir de ahora me plantearé cambiar de negocio, a partir de ahora, cambiaré la estética por una agencia matrimonial.

Teresa Mateo